“CRIMEN FERPECTO” (Alex de la Iglesia, 2004)

Rafael (Alejandro Toledo): Macho Alfa en el paraiso de las compras

La etiqueta “película de culto” es una curiosa medalla de (des)honor, que en realidad, sólo puede ganarse después del acto de hacer la película. En las películas de culto se cruzan factores creativos, culturales y comerciales, eminentemente impredecibles. En su acepción más sencilla, la película de culto es un filme que fracasa a la hora de encontrar un público masivo, pero eventualmente, logra llegar a una masa crítica de fanáticos que evangelizan sobre sus cualidades. La calidad del filme no viene al caso. Puede ser una buena película con mala suerte. Puede ser una mala película, tan única en su mediocridad que se destaca. Y en ese sentido, la relación del público con el filme puede ser sincero o irónica. El “cine de culto” absorve géneros como el “grindhouse” (películas amarillistas, llenas de sexo y violencia, distribuidas en cines baratos de EEUU durante los 60s y 70s), el “blaxploitation” (películas de acción y suspenso para público negro en los 70s), los “kaijus” (películas japonesas de monstruos). Pueden ser joyas incomprendidas de directores bien establecidos – “The Big Lebowski” (Joel y Ethan Coen, 1998) -, o debuts pasionarios de novatos que trabajan con mucha pasión y poco talento – “The Room” (Tommy Wiseau, 2003).
  En este espectro tan amplio, el “cine de culto” se ha destilado en una actitud. Puede ser una especie de refutación al “mainstream”, el discurso común y popular. Suele ser estílisticamente atrevido, chocante, violento y desenfadado. Pero ya no es únicamente terreno de cineastas marginales. Alex de la Iglesia esta bien inserto en la industria española, al extremo que llegó a ser presidente de su Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (2009-2011). Sus películas tienen presupuestos saludables, triunfan en taquilla y compiten por premios Goyas. Es un “cineasta de culto” porque ha adoptado la mística y la actitud de este movimiento.

 “Crimen Ferpecto” es una sátira social que no deja títere sin cabeza. El director arranca con un prólogo eminentemente teatral. Dos puertas se abren a un escenario blanco, donde no hay más utilería que un perchero cargado de ropa. Dos hombres empiezan a discutir, uno es un vendedor, el otro un cliente. El cliente es verbalmente violento y humilla al vendedor, hasta que un “entrenador” rompe el momente e irrumpe en el espacio. Estamos en una sesión de entrenamieto, con alumnos observando la escena desde un auditorio – de la misma manera que nosotros, como audiencia, observamos el violento encuentro -. El entrenador reprocha al vendedor pusilánime. Interrogado sobre si alguien ha aprobado el curso con notas perfectas. El hombre empieza a recordar a el maestro de los vendedores, Rafael González (Guillermo Toledo). Rafael es el verdadero protagonista de la película, y a partir de este momento, toma las riendas. Nunca volveremos a ver al entrenador, ni regresaremos a este espacio abstracto. El recurso le da carácter de fábula a la historia que arranca.

 Bajo los créditos iniciales, la cámara recorre un apartamento vació, en aparente construcción. En un colchón en el piso yace una bella mujer dormida, como posando para una sesión de fotos eróticas. El hombre se levanta y va al baño. Reflejado en el espejo, nos mira directamente y empieza a hablarnos. Es Rafael. Con una seguridad desarmante, comparte con nosotros las convicciones que rigen su vida. Básicamente, Rafael es un materialista, que formado su credo a través de “revistas para caballeros” como Maxim. La búsqueda del éxito, los últimos bienes de consumos, y la reducción de la mujer a objetos de placer forman el credo por el cual rige su vida. Todo estos ejes confluyen, como tormenta perfecta, en su trabajo. 

Rafael trabaja en el almacén por departamentos Yeyo’s. El edificio es introducido al final del monólgo inicial, como una especie de meca. Adentro, Rafel comanda el departamento de señoras y, aparentemente, a todas las bellas depedientes. Las introduce una a una, mientras posan para la cámara como modelos en un comercial de shampoo. De la Iglesia, adopta el lenguaje visual del spot comercial de TV para remarcar el punto de vista del protagonista. Para Rafael, cada mujer es un objeto. Al menos, las bonitas. Lourdes (Mónica Cervera) aparece someramente como ejemplo de lo que Rafael no quiere. 

La extensa introducción finaliza con el planteamiento del conflicto inicial: los gerentes han abierto una competencia para un puesto gerencial que representaría la culminación de la carrera de Rafael. El problema está en que debe competir con Don Antonio Fraguas (Luis Varela). Él es la antítesis de Rafael: un hombre maduro, que concibe la venta como un trabajo y no una actividad religiosa, y de remate, puede ser homosexual – nunca vemos nada que lo justifique, pero Rafael blande las palabras como un arma -. Estamos en el último día del mes de competencia. Una venta magistral le da el triunfo a Rafael, pero al día siguiente, todo cambia. La clienta seducida por el vendedor estrella pagó un caro abrigo con un cheque sin fondos. Frustrado, Rafael confronta a Don Antonio en los camerinos. La discusión escala a pelea física, y Rafael termina matando accidentalmente a su contrincante. Para mala suerte suya, hay alguien en el camerino continuo.

Con esa nota macabra, cerramos el primer acto y procedemos a entrar en una comedia negra donde Rafael debe ocultar su crimen. La única manera de hacerlo es incinerar el cadáver en la caldera del sótano, pero varias complicaciones se levanta: primero, el testigo que sólo puede identificar por los zapatos. Segundo, el cadáver desaparece. El macho alfa que hablaba con seguridad a la cámara, ahora se pierde en un monólogo interno y desesperado, el cual tenemos el privilegio de escuchar. Pronto, las incognitas se resuelve. Lourdes, la vendedora fea que adora a Rafael desde la distancia, es la testigo. Y la que ha escondido el cadáver. Y ahora ofrece su ayuda, identificándose como su “ángel guardián”. 

Cervera y Toledo: uno para el otro

 

En este punto de inflexión, De La Iglesia muestra sus verdaderos colores, como satirista implacable. Una película convencional habría producido una narrativa aleccionadora, en la cual Lourdes, con secillez y bondad, re educaría al macho desalmado para mostrarle el error de su filosofia. Pero Lourdes es tan inescrupulosa como Rafael. Descuartiza el cadaver con gozosa eficiencia – “trabajé en una carnicería”, explica – y procede a chantajear a Rafael para sostener una relación romántica. Humillado, Rafael sucume ante cada una de sus peticiones. Y ella resulta tan buena vendedora como él. Son perfectos, el uno para el otro.

 

Noche en familia: el purgatorio de la clase media

 
El reinado de Lourdes culmina con una visita a sus padres, ritual de la vida en pareja que marca el inexorable paso al matrimonio. La familia de Lourdes es una grotesca caricatura de la clase media. El padre permanece catatónico, en la cabecera del comedor. La madre es una arpía pasiva agresiva. La hermana menor, una niña precoz que asegura tener SIDA y haber sido violada por un profesor. Todos se entretienen viendo un reality show donde mujeres vestidas de novia emboscan a sus parejas en lugares públicos para obligarlos a casarse frente a las cámaras. En esta secuencia, De la Iglesia canaliza el espíritu de John Waters, padre de la comedia chocante norteamericana.

Varela y Toledo: me haces perder la cabeza

 La desesperación de Rafael se manifiesta sobrenaturalmente, con el fantasma de Don Antonio. La visualización del personaje es irónica, y estudiadamente precaria. Los efectos especiales están concebidos y ejecutados para que parezca un espectro de una película de los años 50s. El fantasma lo inspira a planear un crimen que le permita liberarse de Lourdes. Infructuosamente, trata de tirarla de una Rueda de Chicago. Busca inspiración en películas. Comprando algunas en el almacen, encontramos la justificación del error ortográfico en el título. Al comprar “Un Crimen Perfecto”, la máquina registradora dice “Un Crimen Ferpecto”. El equívoco, desestimado por la vendedora porque no altera el precio, es una ofensa primordial para Rafael.

 No revelaré los giros de la trama, pero si puedo decirles que De la Iglesia extiende el alcance de sátira para cubrir a toda la sociedad. El almacen celestial del inicio se convierte en en un legítimo infierno, donde los compradores que corren por su vida no dudan en hacerse de algunos bienes en el camino a la salvación. El único reducto de decencia humana reside en el Comisario Campoy (Enrique Villen), irremediablemente inútil a la hora de prevenir la maldad. Creo que el epílogo que cierra el filme es innecesario, sólo hecha sal en las heridas del protagonista, elevando el escarmiento a un nivel cósmico.

 Sin embargo, sería una necedad criticar a esta película por falta de sutileza. La exageración es su arma primordial. De la Iglesia exagera los peores aspectos de la naturaleza humana, como quien extiende un espejo distorsionador frente a nosotros. Se ve terrible, pero es reconocible. 
“Crimen Ferpecto” se presentó en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España en Nicaragua y la Universidad Centramericana de Nicaragua (UCA). La próxima presentación tendrá lugar el día lunes 17 de agosto del 2015, a las 3:00 pm, en el Aula Roberto Terán de la UCA. Presentaremos la película “15 Años y Un Día”, de la directora Gracia Querejeta. 

 

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