Para leer después de ver “DUNKIRK” (Christopher Nolan, 2017)

Soldado sin nombre: el estoicismo heróico impera en “Dunkirk”

El director Christopher Nolan cultiva sus ambiciones artísticas con este espartano filme bélico que reproduce el asedio de las tropas aliadas en la bahía de Dunkerque en Francia, uno de los episodios más desconcertantes de la II Guerra Mundial. Tras una malograda ofesiva en la Francia ocupada, 400 mil ingleses y franceses se replegaron a la playa, esperando ser evacuados por una marina británica diezmada, mientras las tropas fascistas los cercaban.

“Dunkirk” inicia in media res. Tommy (Fionn Whitehead) es un soldado raso que recorre con un puñado de compañeros las calles del fantasmagórico pueblo abandonado. Las balas alemanas reducen al grupo. Solo él llega a la playa. Ahí, miles de soldados obsevan el horizonte. Pocos botes llegan. La evacuación puede tomar días. Un silencioso entendimiento con otro recluta (Anaeurin Bonnard) los convierte en cómplices en la difícil misión de sobrevivir. Asumen la posición de camilleros de un herido inconsciente para colarse en un navío a punto de zarpar, pero son expulsados sin mucha ceremonia. Se ocultan en las bases del muelle, pero las bombas hunden el barco. Salvan de una muerte segura a Alex (Harry Styles), quien se les une en sus desesperados intentos por huir. Sobre el muelle, el Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango, espera como cualquier otro soldado. No puede hacer más.

La playa es el escenario de “The Mole”, uno de tres capítulos que corren paralelos, repartiéndose el breve y eficiente metraje de apenas una hora y 42 minutos. Los otros son “The Sea”, protagonizado por los tripulantes de uno de cientos de botes civiles, requisados por el ejército para colaborar en la evacuación: el Sr. Dawson (Mark Rylance) dispone hacer él mismo el viaje, en lugar de simplemente entregar el barco a oficiales de la marina. Le acompañan su hijo adolescente, Peter (Tom Glynn-Carney), y un amigo de la escuela, George (Barry Keoghan). “The Air” sigue a los pilotos de tres aviones Spitfire, encomendados con la tarea de proteger a los hombres en tierra del fuego enemigo. Tom Hardy es un galante piloto, pero su cara permanece cubierta durante la mayor parte de su tiempo en pantalla, con una máscara que recuerda a Bane, el archivillano de “The Dark Night Rises” (Nolan, 2012). El poder de estrella se maneja al mínimo. La voz de Michael Caine (el mayordomo Alfred in su trilogía de “El Caballero de la Noche”) guía a los aviadores. Con eso tendrán que conformarse los fans de Batman.

Créanme, ¡debajo de esta máscara está Tom Hardy!

La carnicería se mantiene fuera de cámara. No verá el morboso fetichismo de la carne mancillada de “Hasta el Último Hombre” (Mel Gibson, 2016), donde la violencia se explota para reafirmar el sacrificio de los protagonistas. El estoicismo de los personajes se traduce a la puesta en escena. El director asume el carácter del británico flemático. Quieren acelerar tu pulso como si estuvieras a la par de los hombres, luchando por sobrevivir, a la par de ellos, pero sin convertir la experiencia en un espectáculo vulgar. Compare como se presenta el mismo episodio histórico en “Atonement” (Joe Wright, 2007). La novela original de Ian McEwan dedica un capítulo entero al paso del protagonista, el soldado Robbie Turner, a través del dantesco escenario. En la película de Wright, la dramatización del capítulo tiene como corazón una vistosa secuencia de una sola toma, con la cámara serpenteando a través de una multitud de actores y extras ejecutando una intrincada coreografía. Hay algo de exhibicionismo en su virtuosismo. “Dunkirk”puede verse como una refutación estilística a estas decisiones creativas. No verá tampoco el celo documental que Steven Spielberg desplegó en su dramatización del desembarco de Normandía en el inicio de “Saving Private Ryan” (1998).

Solo los veteranos de guerra pueden testiguar sobre la fidelidad de la visión a la experiencia real. Para todos los demás espectadores, nuestro referente son otras películas. Esa suerte de “realismo” suele ser mas apreciado que la estilización. Aquí, Nolan retrata la muerte como una especie de extinción cósmica. Una bomba cae sobre el muelle atestado de soldados. No vemos miembros cercenados, no escuchamos gritos. Simplemente, los hombres, y el pedazo de madero sobre el cual estaban, quedó borrado de la faz de la tierra. ¿Por qué la ausencia de sangre es rechazada? Puede encontrar en redes a muchas personas decepcionadas con este tratamiento. Quizás esperaban la cámara hiper kinética de los filmes de super héroes, aunada a violencia gráfica. Este es un caso claro de espectadores insatisfechos porque un artista decide desafiar las expectativas del público.

Harry Styles, en su estado natural, cantando con One Direction

Tome nota del uso que Nolan hace de Harry Styles. Si usted no sigue el mundo de la música pop contemporánea, tiene que saber que es miembro del grupo musical One Direction. Entre el 2010 y el 2016, fueron uno de los actos más populares alrededor del mundo, principalmente con el público adolescente. El casting de uno de sus miembros más carismáticos, en su debut como actor dramático, es visto como un golpe de suerte comercial. Sin embargo, Nolan se resiste a convertir su aparición en un evento. No hay floridos movimientos de cámaras en su introducción, ningún guiño estilístico que reconozca su status de celebridad. Con el pelo teñido de color oscuro, bien puede ser irreconocible incluso para sus fans más acerrimos. Es, simplemente, un soldado más.

Harry Styles, estilo soldado de “Dunkirk”.

El tratamiento va de la mano con la presentación de Tom Hardy, casi siempre cubierto con la máscara de aviador. Su único close-up glamoroso se presenta al final de la película. Es, incidentalmente, un momento triunfal con matices de derrota. Ha logrado aterrizar su avión sin gasolina. Siguiendo las reglas, lo quema para que el enemigo no lo recupere. Las llamas doradas, como un sol cenital, sirven de fondo cuando los alemanes – fuera de cámara – lo toman prisionero. La derrota jamás se había visto más gloriosa.

Estoy casi seguro que nunca vemos el rostro de un soldado alemán. En cada escena, el punto de vista se concentra insistentemente en los ingleses. En las escenas de combate aéreo, no cortamos al alemán en la cabina contrincante. El antagonista de “Dunkirk” es el héroe mismo. El miedo, y el afán de sobrevivir a cualquier precio, echa a pelear a los soldados del mismo bando. Tome nota de como los aliados se atrincheran en su nacionalidad si eso les da una ventaja. Soldados británicos le niegan espacio en los botes británicos a los franceses. Un sobreviviente traumatizado provoca un accidente fatal. Además de comprometerse con el momento histórico, Nolan logra insertar en este retrato coral sus preocupaciones éticas, que ya han figurado en otras películas. Cuando los soldados atrapados en un barco que debe liberar peso muerto debaten a quien tirar por la borda, la escena recuerda el diabólico desafío que el Guasón (Heath Ledger) impone sobre los pasajeros de un ferry en “The Dark Knight” (Nolan, 2008). Los desafíos éticos de la sobrevivencia nos conducen por el lado oscuro de una gesta heroica.

Nolan siempre ha gustado de alterar el tiempo lineal. El desconcierto es una arma más en su arsenal. El truco que activa en “Dunkirk” es modesto en comparación a la disrupción onírica de “Inception” (2010), la prestidigitación dramática de “The Prestige” (2006), y las narrativas invertidas de “Memento” (2000). Aquí, nos damos cuenta que “The Mole”, “The Sea” y “The Air” no son una narración paralela tradicional, cuando el soldado sin nombre interpretado por Cillian Murphy aparece por segunda vez. La primera vez, es rescatado por el Sr. Dawson cuando lo encuentran flotando sobre los restos de un naufragio. Unas escenas después, está a bordo de ese mismo bote, a millas de distancia, en la costa de Dunkerque. Queda claro que si el rescate de Dawson es “el presente”, la escena en la cual le niega a Tommy y sus amigos espacio en el bote, es “el pasado”. El episodio de aviación corre su propio cauce, y la misión habría iniciado apenas horas antes del desenlace. El asedio de Dunkeque duró casi una semana. La acción de la película puede desarrollarse en un par de días.

El truco puede justificarse como un intento por duplicar en el espectador el estado de desconcierto de los soldados traumatizados. En términos utilitarios, alínea el momentum de las historias y sus puntos de climax. Pero también tiene un efecto negativo: pone en evidencia el artificio detrás de una película que se precia por su pretendido “realismo” e inmediatez. Y puede ser una distracción que lo saque del espacio mental “usted esta aquí”. La experiencia pasa de visceral a cerebral. Armar el rompecabezas puede tener un efecto alienante de la acción en el teatro de operaciones.

Nolan: “OK, Ken…recita todos los números mirando para allá”

Así como no vemos alemanes, tampoco vemos a Churchill debatiendo el curso a seguir en Londres. El Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango en el lugar, representa al poder. Y está reducido a esperar como cualquier otro soldado. No puede hacer más. Su situación subraya el desempoderamiento de la tropa, pero también es el flanco más débil de la película. Peor aún, es el Basil Exposition – según la taxonomía de “Austin Powers”, es un personaje secundario convertido en herramienta para transmitir información de contexto que el espectador puede necesitar para entender que pasa, y porqué -. En el otro extremo tenemos a otra estrella del teatro inglés, Mark Rylance. Sus películas con Steven Spielberg – incluyendo “Puente de Espías” (2015), por la cual ganó un Óscar a Mejor Actor de reparto – lo han catapultado al reconocimiento internacional, mas allá del mundillo teatral. Su actuación es parca y concisa. No verá grandes despliegues emocionales, pero va al corazón de la agenda de Nolan: tomar medida del sacrificio, y seguir adelante.

Estrategia civil: Rylance comanda su bote rumbo a “Dunkirk”

“Dunkirk” no es un filme bélico tradicional, especialmente por la manera deliberada en que le baja el perfil al triunfalismo, o más bien, a la luz de la derrota, nos obliga a reformularlo. Los mismos soldados del bando aliado pueden matarse entre ellos, o privar a un colega de la oportunidad de sobrevivir. Los que llegan con vida al final de la película, van seguros de que serán recibidos como parias. El climax de la película, su modesta versión de final feliz, se presenta cuando dos de ellos caen en la cuenta que los civiles que golpean las ventanas de su tren no quieren insultarlos. Les pasan botellas de cerveza y les felicitan. La mera sobrevivencia es, por el momento, el único triunfo que necesitan. No verá las ceremonias de imposición de medallas de “Hasta el Último Hombre”; o la visita de sobrevivientes a la tumba de hombre que les salvo en “Saving Private Ryan”. No habrán grandes desfiles. No aún, por lo menos. Es puro estoicismo británico: sobrevivimos, la guerra sigue. Nos nos felicitemos mucho, todavía.

En espíritu y forma, “Dunkirk” tiene una deuda con “Overlord” (Stuart Cooper, 1975), película que seguía a un soldado en su rutina normal, en los días previos al desembarco en Normandía. La diferencia está en que Nolan no introduce material de archivo en su película, y concluye en esa nota celebratoria que lo acerca a los despligues emotivos de Spielberg en la conclusión de su “Saving Private Ryan” (1998). La guerra es un infierno, pero si sobrevives, quizás alguien agradezca tu sacrifico con una cerveza bien helada.

Episodio por episodio, la película funciona como una cadena de piezas de suspenso, apoyada en la adrenalina pura de la música de Hans Zimmer. Tenía buen rato de no quedarme en el borde del asiento, como en la secuencia temprana en la que Tommy y su colega tratan de usar al herido como su pasaporte a casa.

Nolan filmó “Dunkirk” en el antiguo formato de 65 mm, y cabildea por la proyección de copias en celuloide expandidas a 70 mm. De esta manera, se alínea con otros directores de alto calibre que en reacción a la digitalización, usan su capital para trabajar en el formato que Hollywood desechó. A este club exclusivo pertenecen también Quentin Tarantino con “The Hateful Eight” (2015), y Paul Thomas Anderson con “The Master” (2012). Es un poco tarde para ello. Los grandes estudios han triunfado en sus esfuerzos por imponer la trasición digital. “Dunkirk” se proyecta en los teatros que aún cuentan con los proyectores adecuados. Son pocos, y existen solo en ciudades grandes del mundo desarrollando. Lo que la resistencia del celuloide ha creado es un sistema de castas. Un puñado de ciudadanos del primer mundo tiene acceso a cines que proyectan en 70 mm. Mas abajo en el escalafón están los que tienen acceso a proyecciones en formato IMAX. Las masas – y los nicaragüenses – tendrán que conformarse con el estándar de proyección digital en DCP (digital cinema package). Quisiera atrincherarme con los puristas, pero los hombres de negocios han decidido por nosotros. Como los sobrevivientes de “Dunkirk”, fueron derrotados pero siguen peleando.

“ESTOCOLMO” (Rodrigo Sorogoyen, 2013)

Garrido y Pereira: embriagados por el romance de la noche.

Garrido y Pereira: embriagados por el romance de la noche.

Pocas veces llego a una película en completa ignorancia sobre sus antecedentes, su premisa o las vicisitudes de su creación. Pero ese estado de ignorancia – o gracia – es quizás la mejor manera de experimentar la película del joven director Rodrigo Sorogoyen. Entonces, estoy a punto de sabotear mi propio artículo. Si no ha visto la película, mejor no lo lea ahorita. Guardelo para después. Ya la voy? Muy bien, platiquemos sobre ella.

“Estocolmo”, el título, es sólo la primera pieza de indirección que nos espera. La acción arranca en una fiesta de gente joven, que se han tomado un edificio abandonado para hacer de las suyas. Es un “rave” bien montado, con juegos de luces, DJs y bandas en vivo. El escenario delinea el mundo de la película: esta habitado exclusivamente por jóvenes adultos. Nunca vemos a ningún adulto. Más adelante, alguien hablará con su madre por teléfono, pero ni siquiera escucharemos la voz de ella. Hay ago iconográfico en la manera en que la cámara retrata el ambiente y las personas. Comos si Sorogoyen quisiera decirnos, esto es sobre “como vivimos los jóvenes ahora”.

Dos amigos conversan sobre Laura, una muchacha que nunca vemos. Ella se ha marchado a Estocolmo detrás de un tipo. Uno de ellos pretende sorprenderla allá, en una elaborada charada para avergonzarla. Nunca sabremos si llega a hacerlo. De hecho, nunca volvemos a saber de Laura y su escapada escandinava. Uno de los chicos (Javier Pereira) abandona la fiesta y de salida, cruza la mirada con una desconocida (Aurora Garrido). Decide abordarla, confesándole que se ha enamorado instantáneamente de ella. El avance no funciona, ella huye con sus amigas. Pero él no se rinda facilmente. Con algunas maniobras desesperadas, consigue quedarse a solas con ella, caminando por las calles de la ciudad.

La película esta dividida claramente en partes de géneros y estilos que contrastan. Nunca sabemos los nombres de los personajes, aunque el muchacho sugiere en afán de broma que se llama “Bartolo”. En los créditos finales, están identificados como “El” y “Ella”. Esto le da a los personajes una cualidad genérica, deliberadamente no específica. Más que individuos pariculares, son el hombre y la mujer. Sus acciones y reacciones se extienden a todo el género, a un hombre o una mujer especifica. La carga simbólica se refirma con recursos visuales, como una imágen recurrente de ambos, de espaldas, lado a lado, contemplando estampas urbanas de esteticismo que no estaría fuera de lugar en un anuncio comercial.

La primera parte se desarrolla en la noche, y cubre un elaborado ritual de seducción. La pareja camina por la ciudad pululante de actividad nocturna. Un filtro azulado y las luces de neón que se refractan le da al ambiente un aura de ensueño. La música electrónica le da pulso a a acción. La gente de fiesta y los que trabajan para sostenerlos van y vienen. El tono es ligero y desenfadado, la conversación chispeante. Con cierta decepción, asumí que estaba viendo una versión española de “Before Sunrise” (Richard Linklater, 1995), 20 años demasiado tarde. En esta parte, “Estocolmo” funciona como encantadora comedia romántica, tan llena de amor que se enamora de sí misma. Los inminentes amantes son adorables, nunca más que cuando él accede a desnudarse y salir a la calle gritándo que está enamorado, después de que ella le impone ese desafio para probar la veracidad de sus sentimientos. Ella accede a subir a su apartamento para tomar una copa.

La conversación culmina con un paso en falso. Ella huye del apartamento baja corriendo las escaleras, mientras el la persigue descendiendo en el ascensor. El tono casual y realista es suplantado por estilización extrema. Los personajes se mueven en cámara lenta, mientras “La Gazza Ladra” de Gioachino Rossini resuena en la banda sonora. Parece un homenaje a Stanley Kubrick, siempre amante de las composiciones visuales implacables, y la yuxtapozición de acción contemporánea y música clásica. Él la detiene, ella sucumbe. Un fundido a negro parte la película en dos.

Garrido y Pereira: con la resaca del día siguiente, contemplando quienes son en realidad.

Garrido y Pereira: con la resaca del día siguiente, contemplando quienes son en realidad.

Los amantes han consumado el acto sexual fuera de cámara. Desde el punto de vista de ella, despertamos en una habitación oscura. Escuchamos como él se mueve por el apartamento, y el ruido de la calla. La ciudad también ha despertado. Cuando se re encuentra, el amante desaforado ha sido suplantando por un conocido, atento pero emocionalmente remoto, que no haya las horas de que ella se vaya. Ella, a su vez, ya no es la muchacha segura de si misma. Se siente estafada por el juego de seducción, y se niega a abandonar el apartamento. Las hostilidades escalan, hasta que un aparente acto de conciliación da paso a un pasmoso ejercicio de violencia.

Si la primera parte era un comedia romántica, la segunda es un drama misantrópico, con una visión deprimente de la naturaleza humana. Estilísticamente, Sorogoyen la convierte en el opuesto perfecto de su antecesora. No hay luces de neón ni filtros de colores, sólo luz natural es un apartamento de blancura antiséptica. Tampoco hay música, solo el rumor del tráfico en la calle, el aire acondicionado y los electrodomésticos que puntualizan la vida mundana. Aquí, el estilo recuerda al director austríaco Michael Haneke, implacable obsevador de la naturaleza humana en sus peores momentos.

Algunos podrían criticar a Sorogoyen por apropiarse sin sonrojo de los estilos de otros directores, pero la emulación es tan clara y directa, que más bien funciona como homenaje cinéfilo. “Estocolmo” juega con la expectativas de la audiencia, afinadas por casi un siglo de convenciones narrativas, para mimetizarnos con la agenda del personaje definido como protagonista. Por supuesto que el muchacho es encantador, si se presenta como tal y queremos creerle. Pero la segunda parte de la película nos obliga a confrontar su verdadera agenda. Que pasa si en efecto todo era una mentira, una especie de interpretación dramática para convencer a una desconocida a tener sexo? Ya no se ve tan adorable, verdad?

Alguno espectadores no aprecian que les revienten la burbuja del encantamiento. Otros denotan un complejo de superioridad adolescente en la actitud del cineasta, que quiere ponernos en evidencia como ilusos románticos. Creo que el juego de Sorogoyen funciona, precisamente por la disciplina de su construcción. El desconcierto que podemos experimentar ante el cambio de registro, de la comedia al drama, es la materia misma de la película. Tome nota de como siembre la atencipación con indicios que después alimentarán las acciones de los personajes. Él toma nota de como las amigas de ella la sobre-protegen. En la segunda parte, entendemos porqué. Vemos como ella carga pastillas en el bolso, y entendemos que miente flagrantemente cuando le asegura a su madre que se las ha tomado. Pero el momento más artero de anticipación puede pasar desapercibido. La secuencia de “La Gazza Ladra” sigue a los personajes mientras descienden, ella por las escaleras, él por el ascensor. La escena juguetona planta conocimiento en nuestro subconsciente sobre la verticalidad y altura del edificio. Ese conocimiento tendrá un efecto devastador en el desenlace.

Una maquinaria como esta se hace y deshace con los actores. Afortunadamente para Sorogoyen, encontró el talento ideal. El hecho de que Javier Pereira y Aura Garrido sean novatos, permite que los aceptemos con facilidad como un chico y una chica prototípica. La universalidad habría estado erosionada por una estrella que acarrea consigo el bagaje de una carrera y una personalidad definida. Aún si las manipulaciones de “Estocolmo” le colman la paciencia, puede reconocer en los actores un conexión pura con lo más ligero y lo más oscuro de la naturaleza humana.

“Estocolmo” se presentó en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España de Nicaragua, en colaboración con la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA). La próxima proyección, correspondiente a la película “Diamantes Negros” (Miguel Alcantud, 2013) tendrá lugar el lunes 21 de septiembre, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. La entrada es gratuita.

 

 

 

 

 

“LA HERIDA” (Fernando Franco, 2013)

Ana, bajo presión: Álvarez lucha por sobrevivir en "La Herida"

Ana, bajo presión: Álvarez lucha por sobrevivir en “La Herida”

Ana (Marian Álvarez) es una joven de veintitantos años. Trabaja como conductora de ambulancias, y vive con su madre en un pequeño apartamento. La primera vez que la vemos, fuma intensamente un cigarrillo fuera de su vehículo de trabajo, tirirando en el frío invernal. Un mar de emociones cruza su rostro atribulado. La cámara no corta. Hay algo invasivo en su atención. Ana recibe un mensaje de texto, pero el mensaje no satisface su ansiedad. Contesta con visible enfado. Su respiración se acelera, y empieza a caminar apresurada. Sin cortar la toma, la cámara la sigue hacia el interior del hospital. Hasta ese momento entendemos donde esta, y tenemos alguna pista de quien es y a que se dedica. Entra a un baño. No es sino hasta que entra al baño que encontramos un corte, recuperando la vista de la cámara dentro del baño. Adentro, Ana se sienta en el piso apoyada en las paredes metálicas de un retrete. Hiperventila y golpea su cabeza contra el metal. Recupera la posesión de sí misma, se echa agua en la cara. Segundo corte. Sale del baño, siempre con la cámara observándola, nos da la espalda y se acerca a la ambulancia donde la espera su compañero de ruta, tienen una breve discusión y ella toma el volante. Tercer corte. Ana maneja, sólo vemos su nuca. Cortamos al título sobre fondo negro, “La Herida”.

Esta breve secuencia, de casi cuatro minutos, establece el estilo visual y la estrategia narrativa de Franco. Su película esta construida con tomas largas que registran con insistencia el comportamiento de su protagonista. Sería un error sugerir que nos presenta el mundo desde el punto de vista de Ana. La cámara observa objetivamente, con el distanciamiento de un científico, o un psicólogo. Tome nota de como, a lo largo de la película, el director filme una imágen recurrente, Ana, caminando de espalda a nosotros. No vemos su rostro, sólo su cuello y cabeza. La seguimos a donde quiere ir. Solo hay un par de tomas en las cuales no la vemos, y son dos puntos de vista que registran paisajes banales. El primero, a mitad del metraje, cuando ella viaja a otra ciudad para participar en la boda de su padre. El segundo en el acto final, cuando visita un paradero de montaña en busca de catársis emocional. Son dos tomas breves. Cualquier información, tenemos que deducirla de la acciones de Ana, sin la mediación de un narrador omnipresente. Lo más cercano que tenemos a diálogos expositivos, son las conversaciones que tiene via chatroom con un suicida incipiente que sólo conocemos por su pseudónimo cibernético, “Absurd_Man_75”. Conversan, con inquietante desenfado, sobre quitarse la vida. Son los momentos menos sutiles de la película.

En términos formales, Franco emula el estilo de los hermanos Luc y Jean Pierre Dardenne, incansables cronistas de la clase trabajadora belga. A lo largo de una extensa filmografía, los Dardennes han retratado la silenciosa desesperación de la clase trabajadora en una sociedad indiferente. Quizás sus protagonistas viven absortos en sus dramas personales, ignorantes de las fuerzas que moldean sus destinos, pero las películas son sociológicamente astutas, y claras en su ideología. Es aquí donde Franco se separa de ellos. Su visión es menos sofisticada, y eminentemente personalista. Ana pertenece a la clase media, pero su foco de conflicto es interno: su salud mental, o más bien, la falta de la misma.

La película se inclina por el melodrama al revelar el foco de stress de Ana: una relación amorosa que se desmorona bajo el peso de su patológica atención. La fuente del ataque de ansiedad inicial se revela en una conversación telefónica posterior. Nunca escuchamos al hombre al otro lado del móvil, de acuerdo a la concentración de la película en Ana. La llamada culmina cuando Ana, frustrada y furiosa, lanza su teléfono contra la pared. A la mañana siguiente, aprovecha el baño para cortarse y echar jugo de limón en sus heridas. Quiere que el cuerpo sienta lo que siente la mente.

La acumulación de información que se nos presenta mediante acción y comportamiento nos permite, eventualmente, entender que Ana padece un desorden emocional. Inusualmente, vi la película en blanco, sin conocer ningún detalle sobre su trama. Es un ejercicio interesante, que nos permite descubrir genuinamente las intenciones de la narrativa, sin la mediación de las herramientas promocionales. También infunde un curioso sentido de suspenso. En la escena inicial, pensé que reaccionaba al diagnóstico de una enfermedad terminal. Cada escena subsiguiente te obliga a re evaluar lo que has visto. Nadie dice “síndrome de personalidad límite” durante el metraje de “La Herida”, pero esa patología es la que padece su protagonista. Una búsqueda en internet, posterior a la vista de la película, me reveló que el director originalmente planeaba producir un documental sobre personas aquejadas por ese mal, pero finalmente se decidió por usar su investigación para nutrir una pieza de ficción, pues era muy difícil retratar con naturalidad a las personas que padecen este mal. No tenemos que ponerle nombre a la enfermedad. Para los efectos de la película, basta observar.

Álvarez cuida de Ramón Berea. Es el mejor momento de su día.

Álvarez cuida de Ramón Berea. Es el mejor momento de su día.

Franco se preocupa por presentar a Ana como una persona completa, con algunos remansos de vida funcional. Es claro que le gusta su trabajo. Un par de escenas en las cuales interactua con pacientes la delata como una persona compasiva, capaz de salirse de sí misma para conectar emocionalmente con otros, al menos por poco tiempo y en términos controlados. Compare esos momentos con la cariñosa pero remota relación con su madre, o la catastrófica visita que hace a su padre para participar en su boda. Poco a poco, se hace patente que la enfermedad complica todas las relaciones personales de Ana.

El climax de la película la reune con Alex, el novio que la ha dejado. Esto reafirma la relación amorosa como columna vertebral de la narrativa. El doble opuesto de Alex es el amigo virtual, Absurd_Man_75, quien ominosamente deja de contestar los mensajes de Ana. La joven esta atrapada entre esos dos polos imposible: por un lado, la extinción del ser que ofrece el suicida. Por otro, una relación romántica imposibilitada por su enfermedad. Es encomiable que Franco no pinte a Alex como un villano, y que tampoco ofrezca soluciones fáciles.

Ana construye castillos en el aire sobre las condiciones que traeran a Alex de vuelta a su vida. Se aferra a la idea de tener pareja como si fuera un salvavidas. Compra un auto, le ofrece viajar a un restaurante de montaña que le gustaba. Pero él ya dejó la relación atrás. La película la deja suspendida en el escenario ideal de la conciliación que nunca llegará. Es emocionalmente devastadora.

Escrutinio clínico: Álvarez nunca escapa de la cámara.

Escrutinio clínico: Álvarez nunca escapa de la cámara.

¿Por qué ver una película tan dura? Pues, porque hay algo gratificante en observar a un artista lidiar con un tema tan difícil como este. También se disfruta de la capacidad histriónica de la actriz. Marián Álvarez es una revelación en el papel protagónico, y logra imprimir una inquietante naturalidad en los momentos más extremos. Finalmente, “La Herida” puede servir para cultivar comprensión y compasión hacia las personas que conviven con este tipo de problemas. Y Fernando Franco, veterano editor de decenas de películas, es también un director a seguir.

“La Herida” se presentó en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España de Nicaragua, en colaboración con la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA). La próxima proyección, correspondiente a la película “Estocolmo” (Rodrigo Sorogoyen, 2013) tendrá lugar el lunes 7 de septiembre, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. La entrada es gratuita. “Estocolmo” ganó el Premio Goya 2014 en la categoría de Mejor Actor Revelación (Javier Pereira), y además fue nominada a Mejor Actriz Revelación (Aura Garrido) y Mejor Director Novel (Rodrigo Sorogoyen).  Inédita en Nicaragua. Puede ver las escenas promocionales aquí:

 

“15 AÑOS Y UN DIA” (Gracia Querejeta, 2013)

Madre coraje, al sol: Verdú y Piper en "15 Años y 1 Día"

Madre coraje, al sol: Verdú y Piper en “15 Años y 1 Día”

La directora Gracia Querejeta se reune con Maribel Verdú, su estrella de “Siete Mesas de Billar Francés” (2007), para llevar a la pantalla otro melodrama familiar de discordia y conciliación. Pensé que estaba frente a un vehículo para la excelente actriz, pero me sorprende ante un expansivo melodrama coral. La película con una idealizada estampa de truhanería juvenil: Jon (Arón Piper) ejecuta un peligroso truco con su bicicleta, apoyado por un grupo de amigos. El talento de Jon para amasar la complicidad de sus coetáneos, así como su cuestionable buen juicio, serán los catalizadores que muevan la trama. Sin embargo, la juguetona música de Pablo Salinas nos aclara que en el fondo, es un buen chico.

Después de los créditos, la Verdú aparece en pantalla mirándonos directamente y presentándose. Ella es Margo, una actriz pasando entrevista para aspirar a un papel en una telenovela. Lo que vemos es la grabación que registran el productor y el director de casting. No le va bien en la audición. Es una contrariedad más en una crisis que sube como la espuma, culminando con desastres gemelos: Jon es expulsado de la escuela, y envenena al perro de un contencioso vecino, en distorsionado afán por defender a su madre de la hostilidad de su dueño. Así, Margo decide enviar a Jon a pasar un tiempo con su abuelo, Max (Tito Valverde), un ex militar que vive su retiro en ostracismo familiar, después de decidir abandonar a su esposa de décadas (Susi Sanchez).

Usted, como yo, creería que ya a visto esta película: abuelo y nieto se imparten mutuamente lecciones de vida y aprenden a ser mejores seres humanos. Pues, si y no. Hay algo de aprendizaje emocional para los protagonistas, pero Querejeta y su co-guionista, Santos Mercero, llegan a esa meta a través de un camino inesperado. Jon entabla una tensa amistad con una pandilla liderada por Nelson (Pau Poch), un inmigrante ecuatoriano de tendencias delincuenciales. El acoso a Toni (Boris Cucalón), el tutor académico de Jon, culmina con un cuerpo sin vida en la playa y Jon en estado de coma. El trágico evento reúne a la familia fraccionada, y plantea un misterio que sólo la detective Aledo (Belén López) puede resolver.

El misterio no es muy misterioso, pero uno casi no se da cuenta por el cuidado que la directora prodiga a sus actores. La película es generosa, atendiendo incluso a los personajes más marginales. Tome nota de como Querejeta registra el rencor de la Abuela sin condenarla, a pesar que derrama una luz poco halagadora sobre Max, el protagonista putativo. Nelson, el joven delincuente, también es un personaje redondo. Y Aledo sorprende como una especie de doble del personaje de Verdú, con su propia vena de madre dolorosa. Es encomiable también el trabajo de la joven Sfia Mohamed, como la muchacha que divide su afecto entre Nelson y Jon (ese no es un error de ortografía, la muchacha se llama “Sfía”).

Querejeta organiza la narrativa en una serie de capítulos separados por disolvencias a blanco. La curiosa decisión estética se justifica cuando llegamos al flashback que dramatiza los eventos de la playa. Entramos y salimos de esa secuencia con disolvencias a rojo, el color de la sangre y la violencia. Otro destello de falta de sutileza se encuentra durante las someras investigaciones de Max. Rastrea a una testigo en una playa soleada. Después de conversar con ella, y constatar la posible culpabilidad de su nieto, pasea bajo un cielo repentinamente nublado, con todo y truenos generados por computadora.

El melodrama trafica en emociones exaltadas, y puede salirse con la suya a la hora de recurrir a efectos que podrían sentirse muy obvios en películas que operan en otra frecuencia dramática. Estos momentos se balancean con aciertos, como la puesta en escena de la escena culminante de Verdú. Las circunstancias alrededor de la muerte del padre de Jon, y la reticencia de la madre para compartirlas con el muchacho, definen la relación entre ellos. Después de que Aledo le aconseja hablarle al joven inconsciente, Margo finalmente revela todo sobre su padre. Querejeta filma la escena en una sola toma. Arranca acercándose a la actriz desde la espalda, girada a tres cuartos, rodeándola poco a poco mientras se acerca al muchacho, aconstándose a su lado cuando todo esta dicho. La cámara se abre mostrando a Verdú y Piper acostados, lado a lado, juntos en un sólo encuadre. Es una secuencia sutil y hermosa, bellamente actuada. Es un climax prematuro, pero las sólidas actuaciones del extenso reparto lo mantendrán absorto hasta el final.

Si algo podemos criticarle a la película es cierta desatención hacia los antagonistas designados. El vecino contencioso en el acto inicial es una caricatura de gay amargado. Y dos de los tres jóvenes delincuentes son inmigrantes sudamericanos. Algo de atención a sus vidas, más allá de su papel como malas influencias para Jon, habría limado la aspereza de la xenofobia.

“15 Años y un Día” conquistó siete nominaciones al Premio Goya en las categorías de Mejor Película, Mejor Actor (Tito Valverde), Mejor Actriz de Reparto (Maribel Verdú), Mejor Actriz Revelación (Belén Lopez), Mejor Dirección (Gracia Querejeta), Mejor Fotografía (Juan Carlos Gómez) y Mejor Canción Original.

15 Años y Un Día” se presentó en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España de Nicaragua, en colaboración con la Universidad Centroamericana de Nicaragua (UCA). La próxima proyección, correspondiente a la película “La Herida” (Fernando Franco, 2014) tendrá lugar el lunes 24 de agosto, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. La entrada es gratuita. “La Herida” recibió seis nominaciones a los Premios Goya, incluyendo Mejor Película. Triunfó en las categorías de Mejor Actriz (Marian Álvarez) y Mejor Director Novel (Fernando Franco). Inédita en Nicaragua. Puede ver las escenas promocionales aquí:

https://www.youtube.com/watch?v=rVCDevSugyE

“CRIMEN FERPECTO” (Alex de la Iglesia, 2004)

Rafael (Alejandro Toledo): Macho Alfa en el paraiso de las compras

La etiqueta “película de culto” es una curiosa medalla de (des)honor, que en realidad, sólo puede ganarse después del acto de hacer la película. En las películas de culto se cruzan factores creativos, culturales y comerciales, eminentemente impredecibles. En su acepción más sencilla, la película de culto es un filme que fracasa a la hora de encontrar un público masivo, pero eventualmente, logra llegar a una masa crítica de fanáticos que evangelizan sobre sus cualidades. La calidad del filme no viene al caso. Puede ser una buena película con mala suerte. Puede ser una mala película, tan única en su mediocridad que se destaca. Y en ese sentido, la relación del público con el filme puede ser sincero o irónica. El “cine de culto” absorve géneros como el “grindhouse” (películas amarillistas, llenas de sexo y violencia, distribuidas en cines baratos de EEUU durante los 60s y 70s), el “blaxploitation” (películas de acción y suspenso para público negro en los 70s), los “kaijus” (películas japonesas de monstruos). Pueden ser joyas incomprendidas de directores bien establecidos – “The Big Lebowski” (Joel y Ethan Coen, 1998) -, o debuts pasionarios de novatos que trabajan con mucha pasión y poco talento – “The Room” (Tommy Wiseau, 2003).
  En este espectro tan amplio, el “cine de culto” se ha destilado en una actitud. Puede ser una especie de refutación al “mainstream”, el discurso común y popular. Suele ser estílisticamente atrevido, chocante, violento y desenfadado. Pero ya no es únicamente terreno de cineastas marginales. Alex de la Iglesia esta bien inserto en la industria española, al extremo que llegó a ser presidente de su Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (2009-2011). Sus películas tienen presupuestos saludables, triunfan en taquilla y compiten por premios Goyas. Es un “cineasta de culto” porque ha adoptado la mística y la actitud de este movimiento.

 “Crimen Ferpecto” es una sátira social que no deja títere sin cabeza. El director arranca con un prólogo eminentemente teatral. Dos puertas se abren a un escenario blanco, donde no hay más utilería que un perchero cargado de ropa. Dos hombres empiezan a discutir, uno es un vendedor, el otro un cliente. El cliente es verbalmente violento y humilla al vendedor, hasta que un “entrenador” rompe el momente e irrumpe en el espacio. Estamos en una sesión de entrenamieto, con alumnos observando la escena desde un auditorio – de la misma manera que nosotros, como audiencia, observamos el violento encuentro -. El entrenador reprocha al vendedor pusilánime. Interrogado sobre si alguien ha aprobado el curso con notas perfectas. El hombre empieza a recordar a el maestro de los vendedores, Rafael González (Guillermo Toledo). Rafael es el verdadero protagonista de la película, y a partir de este momento, toma las riendas. Nunca volveremos a ver al entrenador, ni regresaremos a este espacio abstracto. El recurso le da carácter de fábula a la historia que arranca.

 Bajo los créditos iniciales, la cámara recorre un apartamento vació, en aparente construcción. En un colchón en el piso yace una bella mujer dormida, como posando para una sesión de fotos eróticas. El hombre se levanta y va al baño. Reflejado en el espejo, nos mira directamente y empieza a hablarnos. Es Rafael. Con una seguridad desarmante, comparte con nosotros las convicciones que rigen su vida. Básicamente, Rafael es un materialista, que formado su credo a través de “revistas para caballeros” como Maxim. La búsqueda del éxito, los últimos bienes de consumos, y la reducción de la mujer a objetos de placer forman el credo por el cual rige su vida. Todo estos ejes confluyen, como tormenta perfecta, en su trabajo. 

Rafael trabaja en el almacén por departamentos Yeyo’s. El edificio es introducido al final del monólgo inicial, como una especie de meca. Adentro, Rafel comanda el departamento de señoras y, aparentemente, a todas las bellas depedientes. Las introduce una a una, mientras posan para la cámara como modelos en un comercial de shampoo. De la Iglesia, adopta el lenguaje visual del spot comercial de TV para remarcar el punto de vista del protagonista. Para Rafael, cada mujer es un objeto. Al menos, las bonitas. Lourdes (Mónica Cervera) aparece someramente como ejemplo de lo que Rafael no quiere. 

La extensa introducción finaliza con el planteamiento del conflicto inicial: los gerentes han abierto una competencia para un puesto gerencial que representaría la culminación de la carrera de Rafael. El problema está en que debe competir con Don Antonio Fraguas (Luis Varela). Él es la antítesis de Rafael: un hombre maduro, que concibe la venta como un trabajo y no una actividad religiosa, y de remate, puede ser homosexual – nunca vemos nada que lo justifique, pero Rafael blande las palabras como un arma -. Estamos en el último día del mes de competencia. Una venta magistral le da el triunfo a Rafael, pero al día siguiente, todo cambia. La clienta seducida por el vendedor estrella pagó un caro abrigo con un cheque sin fondos. Frustrado, Rafael confronta a Don Antonio en los camerinos. La discusión escala a pelea física, y Rafael termina matando accidentalmente a su contrincante. Para mala suerte suya, hay alguien en el camerino continuo.

Con esa nota macabra, cerramos el primer acto y procedemos a entrar en una comedia negra donde Rafael debe ocultar su crimen. La única manera de hacerlo es incinerar el cadáver en la caldera del sótano, pero varias complicaciones se levanta: primero, el testigo que sólo puede identificar por los zapatos. Segundo, el cadáver desaparece. El macho alfa que hablaba con seguridad a la cámara, ahora se pierde en un monólogo interno y desesperado, el cual tenemos el privilegio de escuchar. Pronto, las incognitas se resuelve. Lourdes, la vendedora fea que adora a Rafael desde la distancia, es la testigo. Y la que ha escondido el cadáver. Y ahora ofrece su ayuda, identificándose como su “ángel guardián”. 

Cervera y Toledo: uno para el otro

 

En este punto de inflexión, De La Iglesia muestra sus verdaderos colores, como satirista implacable. Una película convencional habría producido una narrativa aleccionadora, en la cual Lourdes, con secillez y bondad, re educaría al macho desalmado para mostrarle el error de su filosofia. Pero Lourdes es tan inescrupulosa como Rafael. Descuartiza el cadaver con gozosa eficiencia – “trabajé en una carnicería”, explica – y procede a chantajear a Rafael para sostener una relación romántica. Humillado, Rafael sucume ante cada una de sus peticiones. Y ella resulta tan buena vendedora como él. Son perfectos, el uno para el otro.

 

Noche en familia: el purgatorio de la clase media

 
El reinado de Lourdes culmina con una visita a sus padres, ritual de la vida en pareja que marca el inexorable paso al matrimonio. La familia de Lourdes es una grotesca caricatura de la clase media. El padre permanece catatónico, en la cabecera del comedor. La madre es una arpía pasiva agresiva. La hermana menor, una niña precoz que asegura tener SIDA y haber sido violada por un profesor. Todos se entretienen viendo un reality show donde mujeres vestidas de novia emboscan a sus parejas en lugares públicos para obligarlos a casarse frente a las cámaras. En esta secuencia, De la Iglesia canaliza el espíritu de John Waters, padre de la comedia chocante norteamericana.

Varela y Toledo: me haces perder la cabeza

 La desesperación de Rafael se manifiesta sobrenaturalmente, con el fantasma de Don Antonio. La visualización del personaje es irónica, y estudiadamente precaria. Los efectos especiales están concebidos y ejecutados para que parezca un espectro de una película de los años 50s. El fantasma lo inspira a planear un crimen que le permita liberarse de Lourdes. Infructuosamente, trata de tirarla de una Rueda de Chicago. Busca inspiración en películas. Comprando algunas en el almacen, encontramos la justificación del error ortográfico en el título. Al comprar “Un Crimen Perfecto”, la máquina registradora dice “Un Crimen Ferpecto”. El equívoco, desestimado por la vendedora porque no altera el precio, es una ofensa primordial para Rafael.

 No revelaré los giros de la trama, pero si puedo decirles que De la Iglesia extiende el alcance de sátira para cubrir a toda la sociedad. El almacen celestial del inicio se convierte en en un legítimo infierno, donde los compradores que corren por su vida no dudan en hacerse de algunos bienes en el camino a la salvación. El único reducto de decencia humana reside en el Comisario Campoy (Enrique Villen), irremediablemente inútil a la hora de prevenir la maldad. Creo que el epílogo que cierra el filme es innecesario, sólo hecha sal en las heridas del protagonista, elevando el escarmiento a un nivel cósmico.

 Sin embargo, sería una necedad criticar a esta película por falta de sutileza. La exageración es su arma primordial. De la Iglesia exagera los peores aspectos de la naturaleza humana, como quien extiende un espejo distorsionador frente a nosotros. Se ve terrible, pero es reconocible. 
“Crimen Ferpecto” se presentó en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España en Nicaragua y la Universidad Centramericana de Nicaragua (UCA). La próxima presentación tendrá lugar el día lunes 17 de agosto del 2015, a las 3:00 pm, en el Aula Roberto Terán de la UCA. Presentaremos la película “15 Años y Un Día”, de la directora Gracia Querejeta. 

 

“¡VÁMONOS CON PANCHO VILLA!” (FERNANDO DE FUENTES, 1936): EL PRECIO DE LA REVOLUCIÓN

El tren de la revolución llega al pueblo: "¡Vámonos con Pancho Villa!"

El tren de la revolución llega al pueblo: “¡Vámonos con Pancho Villa!”

El director pionero Fernando de Fuentes es responsable de una doble proeza: “¡Vámonos con Pancho Villa!” es la primera gran película del cine mexicano, pero también el primer film maudit (filme maldito) de su larga e ilustre historia. No debía ser así. La película, basada en la celebrada novela de Rafael Muñoz, estaba supuesta a ser un éxito de taquilla y crítica. De Fuentes traía un record impecable detrás de cámara. La productora Cinematográfica Latinoamericana S.A. (CLASA) destino al proyecto un presupuesto de 1 millón de pesos, convirtiéndolo en la película más cara del cine mexicano, al menos para 1936. Cada peso se ve y se escucha. La película tiene un alcance épico, con centenares de extras en escenas de batallas y desfiles marciales. Las innovaciones técnicas tampoco deben haber sido baratas: es la primera película del cine mexicano producida con sonido sincronizado, filme revelado en curva gamma, y musicalización. La fotografía es autoría del norteamericano Jack Draper, trabajando a la par de Gabriel Figueroa, quien se convertiría en una leyenda por derecho propio.

Pero las esperanzas se pudrieron en la rama. La película se dió de topes con la censura, fracasó ante el público y la crítica, y apenas estuvo una semana en cartelera. Esto es particularmente ignomioso, considerando que en esa época, un filme de éxito podía pasar meses – o años – en cartelera. CLASA se declarón en quiebra, y el gobierno, empeñado en proteger la incipiente industria del cine, le concedió un subsidio equivalente al presupuesto del filme. En ese entonces, México era el principal proveedor de películas para toda hispanamérica. La carrera de De Fuentes se salvó porque en el mismo año de su peor fracaso comercial, resultó responsible de la película más taquillera de la época: “Allá en el Rancho Grande” (1936) batió records de taquilla, inició el lucrativo género de la “comedia ranchera”.

Cartel gráfico del título

Cartel gráfico del título

¿Que demonios pasó con “¡Vámonos con Pancho Villa!”? Pues, el discurso público alrededor de la Revolución Mexicana cambió entre la preproducción y el estreno. Con los acontecimientos frescos en la memoria, la película toma distancia crítica del mito revolucionario, tomando medida del costo humano del conflicto, temperando el triunfalismo que lima todas las asperezas de la historia. Sin embargo, para cuando se acerca su estreno, se ha afincado en el discurso público el culto a la revolución como fuerte elemento identitario del mexicano. En este clima, cualquier duda sobre la pureza del proceso era vista con suspicacia. De Fuentes fue obligado a cambiar el final de la película, y plantar un texto al inicio, aclarando que la película a continuación es un “homenaje a la lealtad y el valor de Francisco Villa”. Continúa: “…De la crueldad de algunas escenas no debe culparse ni a un bando ni a un pueblo, pues recuerda una época trágica que lo mismo ensangrentó las montañas de México que los los campos de Flandes y los valles pacíficos de Francia”.

La apología tiene doble filo. Supongo que la intención era salvar la cara ante posibles acusaciones de enlodar la reputación de Villa, pero también toma medida del carácter de todas las revoluciones que deben recurrir a la violencia para generar cambios sociales. La propaganda suele diluir la sangre para convertirla en una abstracción. Crímenes y abusos se disculpan, como el precio a pagar por el triunfo. Lástima por los que tiene que saldar esa cuenta. Sólo les queda el título de martir.

“¡Vámonos con Pancho Villa!” se pone del lado de la carne de cañón. De Fuentes construye un arco narrativo episódico, que nos lleva desde la euforia de la identificación con el líder revolucionario, hasta el desencanto que implica reconocer en él las debilidades comunes al ser humano.

 

Miguel Ángel del Toro: joven e inocente

Miguel Ángel del Toro: joven e inocente

PRESENTANDO A LOS LEONES

La película arranca en la estación de tren del pueblo de San Pablo. El jefe militar de la localidad investiga la muerte se un centila, por las balas de un certero francotirador, simpatizante de los villistas. Su instinto lo lleva hacia Miguel Ángel del Toro (Ramón Vallarino). Así se introduce al primero de los “Leones de San Pablo”, un grupo de amigos que sueñan con unirse a las filas de la revolución.

La primera vez que vemos a Miguel Ángel, es presentado como un ideal de masculinidad. Corta leña sin camisa, con el torso expuesto. Mientras el militar se acerca, trata de ocultar su rifle con los pedazos de madera. Él es, realmente, el letal francotirador. De Fuentes construye efectivamente el suspenso de la secuencia, marcando la pauta de un filme que funciona como crítica histórica y pieza de entretenimiento. El joven acomete el improvisado interrogatorio con temple, definiendo su carácter heróico, frente al antagonismo del huertista. Miguel Ángel reduce físicamente al interrogador y huye, pero ya puesto en evidencia, no tiene más camino que cumplir su sueño de unirse a las tropas revolucionarias.

Don Tiburcio: Mañana, hijo mío, todo será distinto.

Don Tiburcio: Mañana, hijo mío, todo será distinto. Quizás.

LOS LEONES DE SAN PABLO

Los “leones de San Pablo” se reunen en la casa de Tiburcio Maya (Antonio R. Frausto). Él es el verdadero protagonista. A través de sus ojos, vivímos los aconteciemientos de la trama. Su pelo entrecano lo delata como el mayor del grupo, con toda la autoridad que eso implica. Es el único al cual le conocemos familia. El entusiasmo de los cinco houmbres contrasta con los recelos de la esposa de Tiburcio. Ante la llamada de la revolución, ella antepone el bienestar de sus dos hijos y la integridad del núcleo familiar. Tiburcio tiene, entonces, más que sacrificar. Además de su propia vida, el bienestar de su familia. La escena es puramente expositiva. Los amigos toman medida de la efervescencia revolucionaria y comparten sus deseos por formar parte del proceso, con Pancho Villa como principal referente. La llegada de Miguel Ángel representa la señal que esperaban. Es la hora de tomar el rifle y luchar.

Los leones en la leonera: "¡Vámonos con Pancho Villa!"

Los leones en la leonera: “¡Vámonos con Pancho Villa!”

CONOCIENDO A PANCHO VILLA

Los seis leones de San Pablo alcanzan el tren la tropa de Villa. De Fuentes introduce al héroe en pleno ejercicio de caudillismo popular, repartiendo maíz entre los aldeanos azotados por el hambre. Interpretado por Domingo Soler, Villa es bonachón y simpático. Como los Leones de San Pablo, estamos listos para seguirlo hasta el final.

Clientelismo circa 1914

Clientelismo circa 1914

¡Llegó el jefe!

¡Llegó el jefe!

¡Vengan por su "máiz"!

¡Vengan por su “máiz”!

Tome nota de como De Fuentes y su editor, Joseph Noriega, arman la secuencia en que los Leones se presentan ante Villa. Es una sucesión de close-ups. Cada personaje se cuadra y dice su nombre. Villa mismo recibe un close-up similar, estableciendo una igualdad simbólica entre el General y sus subalternos. La escena culmina en una nota ligera, cuando Villa bautiza a Miguel Ángel, el más joven del grupo, como “Becerrillo”. La escena establece un carácter democrático e igualitario entre los Leones y Villa. Aunque uno sea el jefe, todos tienen la misma importancia, todos son iguales. Se ven como iguales. El ideal revolucionario se manifiesta en la puesta en escena. La escena es precedida por un operativo militar exitoso para los revolucionarios. Es una especie de celebración de su ímpetu idealista. Será la primera y última victoria inmaculada de su carreta.

Tiburcio Maya (AntonioR. Frausto)

Tiburcio Maya (AntonioR. Frausto)

Rodrigo (Carlos López)

Rodrigo (Carlos López)

Máximo Perea (Raúl de Anda)

Máximo Perea (Raúl de Anda)

 

Martín (Rafael F. Muñoz)

Martín (Rafael F. Muñoz)

 

Melitón (Manuel Tamés)

Melitón (Manuel Tamés)

"Becerrillo" (Ramón Vallarino)

“Becerrillo” (Ramón Vallarino)

En una nota ligera, cuando Villa bautiza a Miguel Ángel, el más joven del grupo, como “Becerrillo”. La escena establece un carácter democrático e igualitario entre los Leones y Villa. Aunque uno sea el jefe, todos tienen la misma importancia, todos son iguales. Se ven como iguales. El ideal revolucionario se manifiesta en la puesta en escena. La escena es precedida por un operativo militar exitoso para los revolucionarios. Es una especie de celebración de su ímpetu idealista. Será la primera y última victoria inmaculada de su carreta.

La aclimatazación de los Leones en la tropa villista incluye la definición del personaje de Melitón Botello como alivió cómico. Su mala puntería se vuelve el chiste recurrente de la película, a través de su infructuoso empeño en acertarle con una bala a una tuna. Arteramente, estas características del personaje tendrán un repunte poético y trágico en la resolución de su particular arco dramático. Esa noche, los Leones contemplan la posibilidad de morir. El miedo y la pesadumbre esta temperado por la convicción revolucionaria. “Becerrillo” anhela un entierro de gala, con toda la pompa y el boato que su sacrificio demandaría.

Los leones sueñan con una muerte gloriosa

Los leones sueñan con una muerte gloriosa

A partir de este punto, De Fuentes y su co-guionista Xavier Villarutia establecen una estructura episódica. En los próximos cinco capítulos, claramente definidos por fundidos a negro, uno a uno, los Leones de San Pablo pagarán el máximo precio por sus ideales.

UNA METRALLETA POR UN HOMBRE

Una metralleta para recuperar

Una metralleta para recuperar

Huertistas y Villistas se enfrentan frente a frente, en un páramo abierto, cada bando debidamente atrincherado. Sin embargo, los huertistas aprovechan la ventaja que les prodiga una ametralladora. Villa le asigna la tarea de recuperar la ametralladora a los Leones. Máximo se va de avanzada mientras los demás lo cubren. Bajo una lluvia de balas, logra enlazar el arma y arrastrarla detrás de si, hasta entregarsela a Villa. Con una sonrisa congelada se cuadra ante el General, sólo para desplomarse momentos después, muerto sobre el arma. Villa le da una palmada en la espalda y dirige su atención al campo de batalla.

¡Misión cumplida!

¡Misión cumplida!

Muerto sobre su trofeo de guerra

Muerto sobre su trofeo de guerra

La cámara, desde lo alto, recorre la trinchera llena de muertos. Es la primera vez que se hace manifiesto el saldo mortal de la revolución. No está demás decir que a ametralladora no es utilizada por los villistas. El cuerpo de Máximo permanece sobre ella, de bruces. Los huertistas se repliegan a un fuerte.

Trinchera de cadáveres

Trinchera de cadáveres

QUE UNA MATA DE AGAVE SEA MI TUMBA

Esa noche, los villistas asedian el fuerte, pero la altura de la edificación y sus grandes reflectores prodigan ventaja a los huertistas. Martín se arrastra entre los muertos que rodean la edificación, tratando de acercarse lo suficiente para lanzar una bomba que empareje la pelea. No es fácil. Tiene que evadir el haz de luz que recorre el campo, y hacerse el muerto cuando esto no es posible. Logra cumplir su cometido, pero las balas del enemigo lo alcanzan. La última vez que lo vemos, su cuerpo sin vida yace contorsionado sobre una mata de agave, con los ojos abiertos. La estampa grotesca es como un reflejo de a oscuras de la muerte de Máximo.

Martín se acerca...

Martín se acerca…

...y paga con su vida.

…y paga con su vida.

Mirando a la eternidad

Mirando a la eternidad

COMO NO NEGOCIAR CON EL ENEMIGO

Tres de los cuatro leones que quedan con vida son enviados por Villa a negocia una tregua con un general huertista: Tiburcio, Melitón y Rodrigo. En realidad, es una táctica dilatoria, pero las cosas se complican cuando el general los toma como prisioneros. Los leones cierran filas asumiendo el papel de rehénes, mientras los otros dos miembros de la misión, anónimos para nosotros, regresan a su campamento con la noticia. Los 3 son condenados a muerte, destinados a la horca cerca de la línea de fuego, para que sus cuerpos sirvan de advertencia a sus correligionarios. La tensa escena al pie de la horca toma un inesperado giro cómico, aprovechando la obesidad de Melitón. La cuerda no sostiene su peso y cae al suelo, mientras sus compañeros se acercan al salvarlo. Tome nota de como Tiburcio registra el cuerpo sin vida del joven militar huertista que comandaba la ejecición. El muchacho los había tratado con altanería, pero en edad no podría ser muy diferente al “Becerrillo”. Y la mirada de Tiburcio no registra triunfalismo sino horror de ver una vida joven cegada. Es la primera vez que la película humaniza al bando antagonista. Y él no es el único herido de muerte. Las balas del fuego amigo también han alcanzado a Rodrigo. Su agonía es larga y dolorosa. Toma nota de la trágica ironía de su destino, y atina a heredarle a “Becerrillo” una hermosa pistola que había recuperado en el primer combate. El actor Carlos López le romperá el corazón. Muere en brazos de Tiburcio, dignificado por un close up similar al de sus otros compañeros caidos. Ante la muerte, todos son iguales.

Máximo muere por fuego amigo

Máximo muere por fuego amigo

APUESTA A LA HOMBRÍA

Los 3 leones sobrevivientes se reunen con Villa en un pueblo que celebra la llegada de los revolucionaros con un fastuoso desfiel. La breve secuencia de establecimeinto, con centenares de extras, nos recuerda que la magnitud del conflicto convierte el sacrificio de nuestros protagonistas en una gota de agua en el mar. Villa los asciende a miembros de su guardia personal. Para celebrar, se trasladan a la cantina local, repleta de soldados celebrando con mucho alcohol su tiempo en este remanso de paz. La extensa secuencia no estaría fuera de lugar en una película de John Ford. De Fuentes desarma al espectador con un guiños cómicos: el pianista que tiene sobre su instrumento un rótulo implorándole a los parroquianos que no le disparen, un soldado de baja estatura que al no poder llamar la atención del cantinero, recurre a una caja de madera para compensar. Todo esto, abonando la alegre disposición de los Leones, uniéndose a una mesa de compañeros de armas.

Uno de ellos remarca que las condiciones para la fatalidad están dadas. Son trece personas sentadas en la mesa, y por eso, una de ellas va a morir antes del mediodía. Siguiendo la lógica del borracho, disponen una apuesta para corregir el problema: apagarán las luces y tirarán la pistola al aire. El más cobarde morirá, resolviendo la incertidumbre para los otros doce al satisfacer a superstición. El tono es tan jocoso, que no esperamos una tragedia. Incluso, Tiburcio, la voz de la razón, apenas negocia para que el muerto no sea etiquetado de cobarde. Él mismo lanza la pistola al aire, y su bala perdida termina alcanzando a Melitón en el estómago. Incluso este giro parece un chiste, basado en el uso cómico de su sobrepeso. Así, nos pega más duro lo que viene a continuación. Sabiéndo que nadie se recupera de un balazo en el estómago en esas condiciones, Melitón le arrebata la pistola a Tiburcio y se pega un balazo en la sien.

¡Hagan un círculo!

¡Hagan un círculo!

El primero en morir es un valiente

El primero en morir es un valiente

"El más valiente de todos"

“El más valiente de todos”

Es difícil clasificar el calibre trágico de las muertes de los Leones, pero la de Melitón duele en particular por varios factores: primero, era el alivio cómico de la película. Segundo, es quizás la muerte más futil y evitable de la película. Tercero, no sólo muere, sino que también es obligado por la circunstancias a extinguirse a sí mismo. De esta manera, De Fuentes nos obliga a reflexionar sobre el machismo ímplicito en el culto al valor y el martirio revolucionario. En este caso, es llevado a un extremo tan inútil como trágico. Y es más duro aún, por lo inesperado. De Fuentes nos engaña con el tono cómico de la escena, e incluso con el suspenso que construye hasta el fatal desenlace. Primero es tan divertido, y de un sólo golpe, se vuelve tan terrible.

LA NATURALEZA SIGUE SU CURSO

"Becerrillo": Paciente Cero

“Becerrillo”: Paciente Cero

Tiburcio contempla el final

Tiburcio contempla el final

Sólo quedan dos Leones: Tiburcio y “Becerrillo”. En la recta final al ataque a Zacatecas, los sobrevivientes, como Guardia de Honor de Villa, tienen un asiento de primera para uno de los episodios más importantes de la revolución. Pero no lo verán. “Becerrillo” es el “paciente cero” de una epidemia de viruela que puede decimar a toda la tropa. Postrado en desvaríos febriles, es depositado en el último vagón, separado simbólicamente del tren de la revolución, mientras los jefes deciden que hacer. No hay tiempo ni medicinas. “Becerrillo” debe morir. Nadie se quedará a cuidarlo, ante la remota posibilidad de que sobreviva. Ni siquiera quieren gastar una bala en sacarlo de su miseria. El horror de Tiburcio, al realizar que sus superiores están dispuestos a quemarlo aún vivo, es devastador.

La entrada...

La entrada…

...y la salida de "Becerrillo".

…y la salida de “Becerrillo”.

El último adiós de Tiburcio

El último adiós de Tiburcio

Tiburcio toma el asunto en sus propias manos, y ejecuta fuera de cámara a su amigo. Procede a quemar el cuerpo junto a sus pertenencias. El ritual contrasta con la fantasía que “Becerrillo” compartió con sus amigos, aspirando a un glorioso funeral militar. Otro terrible contraste emerge cuando recordamos su introducción en la película, joven, valiente y varonil. La guerra lo ha reducido a esto. Leña para el fuego, en una triste pira funeral, atendida por un único deudo. Y un único trompetista le da un saludo final desde la distancia. Al cuadrarse ante el cuerpo en llamas de “Becerrillo”, Tiburcio mira de frente al público, interpelándonos directamente. Quizás, acusándonos de se cómplicas en su vana ilusión.

Villa retrocede ante la viruela

Villa retrocede ante la viruela

Villa se acerca para verificar el proceder de sus lugartenientes. Aún después de todo, Tiburcio se enciende en admiración. Después de todo, el líder no puede saber todo los que hacen sus subalternos. No es responsable de todas las bajezas, los abusos y las tropelías. Pero Villa, pensando en su salud y la de sus tropas, retrocede horrorizado ante el acercamiento de Tiburcio. La puesta en escena, y el lenguaje físico de los actores, es como sal en la herida, y demuele cualquier ilusión sobre el carácter mítico del héroe revolucionario. Villa es, después de todo, humano. Teme por su vida, le interesa más su tropa y su revolución que este triste subalterno. “¡Aquí te quedas hasta que te mande yo a buscar!”, le dice Villa a Tiburcio, retrocediendo espantado ante la posibilidad de contagio. “Esta bien, mi General!”, contesta mansamente Tiburcio. Pero cuando Villa y sus lugartenientes se van, musita “Esta bien, hasta aquí llegamos”. Saca sus cosas del tren, y se marcha perdiéndose en la oscuridad de la noche, dándole la espalda a la cámara, a la audiencia, al sueño revolucionario, y al culto a la personalidad del caudillo.

Adios a las armas

Adios a las armas

EL PRECIO DE LA REVOLUCIÓN

El pecado de De Fuentes esta en reconocer las debilidades humanas de una figura histórica, y explorar las areas grises del mito revolucionario. Su Villa no es un villano, es un ídolo con pies de barro, un líder que compartimentariza la muerte de los que le rodean para seguir adelante, y no está por encima de temerle a la viruela. Y a la muerte. Pero esas señas de humanidad eran vistas como insultos lanzados contra la leyenda de un héroe nacional. De ahí, la inclusión de la advertencia inicia, y el descarte de un epílogo que ponía a Villa en una luz aún más desfavorable. Pueden verlo aquí.

Creo que el descarte de ese desenlace funcionó a favor de la película. El martirio de “Becerrillo” le confiere simetría a la narrativa. La confrontación entre Tiburcio y Villa nos dice todo lo que debemos saber sobre la relación entre ellos. Y la imagen final, con Tiburcio perdiéndose en la oscuridad de la noche, dándonos la espalda, es lapidaria. El epílogo original lanzaría la película hacia el terreno de la hipérbole.

Frente al poder...

Frente al poder…

...enemigo.

…enemigo.

La provocación más irreverente y reveladora de De Fuentes bien puede pasar desapercibida. Villa y el general huertista, héroe y villano, son equiparados con movimientos de cámara congruentes, en secuencias que funcionan como reflejo, la una de la otra. En el capítulo correspondiente a la toma de rehenes, vemos como Tiburcio es conducido a encontrarse con el general huertista. Camina por un pasillo y la introducirse en el salón, cortamos a un plano que presenta a los cinco hombres y sus escoltas caminando de frente hacia la cámara que retrocede. Cortamos al punto de vista de Tiburcio; acercándose al general huertista y sus lugartenientes. En 1936 no existía el steadycam que conocemos ahora, pero los directores de fotografía consiguen crear un acercamiento estable y fluido.

Frente al amigo

Mejor humor

El mismo poder

El mismo poder

La misma secuencia de planos se repite más adelante, cuando después de la escaramuza que cobra la vida de Rodrigo; Tiburcio, Melitón y Becerrillo se reunen con Villa. La exacta duplicación de los planos y movimientos de cámara supone que el huertista y Villa son figuras equivalentes. O al menos, la relación de poder que tienen con sus respectivos subalternos se rigen por los mismos parámetros. Son piezas en un ajedrez mortal, que pueden sacrificarse sin pensarlo dos veces.

Los historiadores pueden tomar medida del saldo mortal de las revoluciones, las contradicciones y trágicas ironías. Pero el cine, como entretenimiento de masas, es más vulnerable a las demandas de los aparatos de propaganda. Pero aún bajo un clima adverso, “¡Vamonos con Pancho Villa!” logró estrenarse. Su fracaso en la taquilla puede interpretarse como una señal de cuán poderosos son los mitos revolucionarios a la hora de capturar la imaginación de la gente. Nada que empañe el “final feliz” es bienvenido. Y los muertos deben invocarse sólo en la medida en que justifican el poder del que prevalece al final. Esta dinámica no es exclusiva del caso de la revolución mexicana. Nicaragua misma lleva un proceso similar. Eventualmente, “¡Vámonos con Pancho Villa!” fue re-evauada por la crítica, y adquirió su merecedio lugar como una de las mejores películas de cine mexicano. Quizás, la mejor. Puedo asegurarles que es una de las mejores películas que he visto en mi vida.

“¡Vámonos con Pancho Villa!” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España en Nicaragua (CCEN), en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Crimen Ferpecto” (Alex de La Iglesia, 2004) tendrá lugar el lunes 3 de agosto, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.

“LA ARDILLA ROJA” (Julio Medem, 1993): CARTA DE AMOR A MI NOVIA AMNÉSICA

Nancho Novo y Emma Suárez, llevando la guerra de los sexos a "La Ardilla Roja".

Nancho Novo y Emma Suárez, llevando la guerra de los sexos a “La Ardilla Roja”.

Apenas un año después de “Vacas” (1992), su impactante largometraje debut, el joven director vasco Julio Medem sorprendió una vez más con “La Ardilla Roja”, una extraña comedia romántica de oscurísimo humor negro. La trama: Jota (Nancho Novo), un músico deprimido por el abandono de su novia, contempla la posibilidad de suicidarse lanzándose por un acantilado al mar. Un acto de intervención divina lo distrae. O más bien, un accidente. Una motocicleta resbala sobre la carretera, choca contra la baranda. El conductor se desploma aparatosamente sobre la arena, como ángel que cae del cielo. Jota corre a socorrerlo. Al abrir la visera del casco, descubre que se trata de una muchacha (Emma Suárez). Ella recupera el conocimiento, pero dice no recordar nada. Ni siquiera su nombre. Entre la llegada de los socorristas y el arribo al hospital, Jota construye una elaborada mentira: le concede a la extraña el nombre de Lisa – el mismo de la novia que le ha dejado – y se identifica como su pareja. Cuando la charada se vuelve difícil de sostener en el hospital, se la lleva a un campamento veraniego. Pero la verdadera vida de “Lisa”, encarnada por un hombre llamado Félix (Carmelo Gómez) cierra el cerco alrededor de la nueva pareja.

La premisa bien podría funcionar para una película de horror. Al engañar a una amnésica haciéndole creer que se su pareja, y dejando que la relación llegue hasta el extremo del sexo, Jota estaría cometiendo una especie de violación. Es testamento a la habilidad del director y los actores que esta interpretación no capture la mente del espectador y la película entera. De hecho, la agenda de Medem es eminentemente feminista. Su película supone una crítica al machismo, y los peligros del afán de control que los hombres ejercen sobre las mujeres.

CUATRO HOMBRES, UN CAMINO

“Lisa” escoge el campamento de “La Ardilla Roja”. Al trasladarse ahí, la película presenta un interesante retrato de la europea costumbre de hacer “camping” en las vacaciones de verano. La pareja tiene como vecinos a una familia nuclear a bordo de un trailer, símbolo rodante de la clase media alrededor del mundo. El marido, Antón (Karra Elejalde) es el típico macho. Trabaja como taxista y mantiene a su esposa a raya en el hogar. Carmen (María Barranco) vive resignada como ama de casa, y no pierde ocasión de atraer a Jota y “Lisa”, tratando de convertirlos en una extensión de su familia. Sus pequeños hijos, Cristina (Ane Sánchez)  y Alberto (Eneko Irizar), extienden la pantomima de concordia marital jugando a que son esposos. Incluso tienen una “hija”, Ana (Sarai Noceda), una niña aún más pequeña que pernocta con ellos, porque su madre, Begoña (Elena Irureta) esta dedicada tiempo completo a engatusar a un turista alemán para convertirlo en su próximo marido.

Las dinámicas entre estos personajes son como advertencias para la pareja “nueva” formada por Jota y la bella amnésica. A medida que la trama avanza, se hacen más patentes las grietas bajo el barniz de amabilidad. Antón no está por encima de ejercer violencia doméstica. Cuando Félix arrecia su campaña en busca de “Lisa”, el afán protector de Antón, pura pose de macho alfa, oculta cobardía e interés personal. El adolescente Alberto sigue al pie de la letra las lecciones de papá. Infantilmente trata de afirmar su pretendida superioridad masculina retando a quien se le pone enfrente a correr o nadar. En otra escena, le da una palmada en el trasero a “Lisa” – la reacción de ésta representa uno de los momentos mas divertidos e incómodos de la película.

Las mujeres que rodean a “Lisa” también funcionan como referentes de lo que le puede pasar a una mujer que se somete a la estructura de poder tradicional. Carmen se sofoca bajo los confines del rol de ama de casa. Begoña es presentada como una figura tragicómica en su afán por suplantar a su marido muerto, un alemán, por otro de la misma nacionalidad. El contrapunto de estas figuras son dos enigmáticas muchachas que trabajan en el camping, una recepcionista y la otra mesera. Visten casi uniformadas, usan el mismo corte de pelo – solo que de diferente color – y evidencian la naturaleza de su relación en un repunte de comedia física de tono subido. Son tan inquietantes y provocativas, que podrían protagonizar su propia película.

MI NOVIA AMNÉSICA

El personaje de “Lisa” supone una construcción magistral de la actriz Emma Suárez. Su disposición reta la idea de que es una mujer desvalida, a pesar que todos los hombres pretenden tratarla como tal. También le lima las asperezas a las facetas más siniestras del plan de Jota. Ella siempre esta en control de la situación, de tal manera que nuestra simpatía con el protagonista nunca se ve menoscaba. Jota, como todos los hombres que se cruzan con ella, esta siendo educado sobre como tratar a un mujer. Simplemente no se da cuenta de ello. Poco a poco, el director y la actriz construyen la convicción de que “Lisa” sabe más de lo que los demás suponen, sentando las bases para un giro final que nos obliga a re evaluar todo lo que hemos visto.

¡Ay, Carmelo!: Gómez lleva el sadismo machista a extremos auto destructivos

UN MONSTRUO LLAMADO FÉLIX

El carácter alegórico de los personajes es más evidente en Félix. Él representa el extremo de la patología machista. Al haber perdido a Lisa, se dedica a buscarla por las autopistas cercanas a Barcelona, atropellando a la cuanta pareja encuentra. Entre un hombre envilecido por el afán de control, y un asesino en serie, sólo hay un paso. Su capacidad de violencia es exhibicionista y teatral, y no duda en cortarse un mejilla para mostrar hasta donde sería capaz de llegar por recuperar a “Lisa”.

Felix es como el gemelo malvado de Jota, una advertencia. Puede convertirse en esto si no entiende que “Lisa” es su igual, y debe aceptarla como es. No existe para que el la amolde en su ideal imposible, en la novia que lo abandonó. El dispositivo narrativo de la amnesia permite convertir a “Lisa” en una enfermiza fantasía masculina: la mujer como tabula rasa, un ser que el hombre puede moldear a su placer. La equivalencia entre Jota y Félix se refuerza con trucos visuales y narrativos. En diferentes momentos, Medem planta escenas en las cuales “Lisa” les dice “lo que me gusta que me haga” a la hora de tener relaciones. Ambos pelean en una secuencia de sueño que culmina con un chiste surrealista magistral. Y la rivalidad/hermandad Jota-Félix se resuelve en un simbólico acto de auto destrucción con matices bautismales. El vencedor emerge de la aguas convertido en un hombre mejor.

UNA INTELIGENCIA SUPERIOR

En su debut, “Vacas”, Medem retrata la vida de una familia del campo durante décadas de convulsa historia vasca, desde el punto de vista de las vacas. Se que suena extraño, pero tiene que verlo para entenderlo. Aquí recurre a un truco similar, tomando a la ardilla roja como motivo recurrente, que llega al extremo de secuestrar el punto de vista de la cámara en algunas ocasiones. La “ardilla” resulta ser una especie de extensión de lo femenino, y esta conectada con “Lisa” y su verdadero yo. No sólo esta en el nombre del “camping”. También inunda los sueños de Jota, cuando este despierta una mañana y un documental sobre el animal emana desde su televisor.

Medem recurre a la casualidad como agente dramático. Y con su puesta en escena, convierte al espectador en una especie de inteligencia superior que trasciende a los límites de la realidad concreta que habitan sus personajes. Menem nos mete en los sueños, las pesadillas y la imaginación de sus personajes. Tome nota de como bien temprano, visualizamos las intenciones de Jota cuando en un sueño inspirado en una foto de la pareja disuelta, suplanta a la Lisa original con la amnésica que cayó del cielo. Tenemos un flashback enigmático y recurrente a la filmación de un videoclip de la banda en la que Jota y Lisa tocaban, que en su recurrencia se revela como una de las coincidencias que tejían el inevitable encuentro con “Lisa”: la filmación se interrumpe por el ruido de un avión que pasa volando…dentro de él, viajan “Lisa” y Félix, años antes del accidente. Entonces. “Lisa” tuvo tiempos felices con Félix”, y eso refuerza la idea de que Jota corre el peligro de repetir el patrón de conducta. Simplemente, su estilo de machismo es más pasivo e indirecto, menos agresivo que el de Félix.

La visión de Medem es secular, y socarronamente, identifica a la inteligencia superior con animales. Véase el ejemplo de “Vacas”, o las escenas en las cuales la cámara adopta el punto de vista de una ardilla que no vemos físicamente. Esta estocada cómica supone que los seres humanos no son tan diferentes a los animales. Sin embargo, creo que la identificación de “Lisa” con el animal, apunta que es ella, el intelecto femenino, la inteligencia superior que gobierna la trama. La posición de la cámara en la escena final encuentra la forma de que visualmente, Jota y “Lisa” registren como iguales. Es un truco de perspectiva simple pero elocuente. El final feliz de “La Ardilla Roja” consiste en la admisión de igualdad entre hombres y mujeres.

“La Ardilla Roja” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España en Nicaragua (CCEN), en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Crimen Ferpecto” (Alex de La Iglesia, 2004) tendrá lugar el lunes 3 de agosto, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.

“EL VIAJE A NINGUNA PARTE” (Fernando Fernán Gomez, 1986): MENTIRAS DE ACTORES

Fernán Gómez, Diego y Sacristán: el ocaso de una dinastía actoral

Fernán Gómez, Diego y Sacristán: el ocaso de una dinastía actoral

Fernando Fernán Gómez es una de las figurac cumbres de la actuación en Españoa. Al morir en el 2007, a los 86 años de edad, había acreditado 212 apariciones en cine y televisión. Pero más allá de la cantidad, logró crear trabajos distintivos con los mejores directores españoles del siglo XX. Desde Berlanga hasta Erice, Fernán Gómez se convirtió en un doble del español promedio, un genuino referente identitario nacional. Pero además de actuar, incursionó detrás de las cámaras como director. En esta faceta, su película más celebrada fue “El Viaje a Ninguna Parte”, homenaje a las modestas tropas de actores que viajaban por los pueblos de la España profunda, que además le sirvió para meditar sobre la naturaleza del oficio actoral.

Los “cómicos de la legua” era un referente en la vida cultural provinciana. Eran pequeñas compañías de teatro que viajaban de pueblo en pueblo es una gira permanente. La película dramatiza los últimos días de una tropa encabezada por Carlos Galván (José Sacristán). La tropa incluye a su mujer de hecho, Juanita (Laura del So), la veterana Julia (María Luisa Ponte), y el actor y administrador Sergio Maldonado (Juan Diego). La compañía es un negocio familiar, fundado por su padre, Arturo (Fernán Gomez). El evento iniciador de la película es la llegada de Carlos (Gabino Diego), un hijo “perdido” de Carlos, quien ya mayor de edad, es enviado por su madre para que el padre desentendido se ocupe en darle un oficio. En teoría veremos a través de sus ojos la vida del grupo, pero este es sólo una de varias pistas falsas que el director planta bajo nuestros pies.

La trama se desarrolla en tres tiempos. La primera imagen que vemos es a Carlos, envejecido, conversando con un interlocutor invisible sobre su carrera. Mira directamente a la cámara, hacia la audiencia. Nos habla a nosotros. Esta decisión directorial enmarca toda la película como una “pieza de memoria”. El espectador, desarmado por este amago de inclusión, puede olvidar el truco narrativo del “narrador de poco fiar”. La compañía de Galván vive un genuino viacrucis, a través de las provincias decimadas por la guerra civil. Actuan en fondas y casas comunales virtualmente vacías. A veces, ni siquiera tienen que comer. Y además de la pobreza, tienen que lidiar con la competencia que acarrea el avance tecnológico del cine. Un proyeccionista ambulante, dotado de un proyector, películas y una camioneta, sigue el mismo circuito, en franca competencia por los exiguos centavos de los aldeanos.

Las desventuras del grupo varían en tono, de patético a picaresco. Pero en la hora más aciaga, nos tiran una tabla salvavidas. Carlos, el narrador, nos cuenta de su eventual triunfo en el mundo del cine. El primer destello de ese futuro halagueño es una entrega de premios, en el lujoso salón de un hotel art deco. A veces, la película parece desafiar nuestras expectativas. La llegada del hijo perdido promete continuidad en el linaje de la compañía teatral. Que el joven Carlos siga el camino de su padre y su abuelo supondría un gesto poético de reconciliación generacional. Pero al chico no se le da la actuación. Tan pronto como puede, pone los pies en polvosora. La compañía se disuelve, y Carlos se encamina hacia su triunfo en la emergente industria del cine.

Fernán Gomez divide nuestra atención en tres bandas temporales. Carlos el narrador hablándonos desde el futuro (los años setentas, quizás); Carlos el cómico de la legua, sufriendo en las provincias (los cuarentas); que desemboca en Carlos el actor de teatro y cine, escalando hasta la cima de la industria en Madrid (cincuenta a setentas). El espectador acepta la melancolía implícita en el fin de la era de los actores ambulantes porque nos extienden la panacea del eventual triunfo del protagonista. Estamos condicionados a esperar que el talento triunfe, que nuestros héroes escalen hasta lo más alto del negocio del espectáculo. “El Viaje a Ninguna Parte” parece seguir ese camino, hasta que Fernán Gomez hala la alfombra debajo de nuestro pies con un giro inesperado: el Carlos envejecido que le habla a la cámara, el narrador de la historia, no llegó a triunfar en el mundo del cine. No le habla a un peridista, interesado en documentar el meteórico ascenso de su carrera. Le habla al psicólogo de un asilo de beneficiencia. La revelación no es una sorpresa gratuita, porque llega al corazón del oficio actoral. En el nivel más primario, el actor miente para nuestro beneficio. Miente para distraernos, para persuadirnos de una ficción en la cual él es una pieza crucial. Y lo hace con nuestra complicidad. ¿Podemos renegar de Carlos y sus mentiras, si nosotros mismos estamos tan ávidos de creerlas?

Mutis por el foro: cuando llueve, es a cántaros

Mutis por el foro: cuando llueve, es a cántaros

“El Viaje a Ninguna Parte” esta bellamente producida. La fotografía de Jose Luis Alcaine, el diseño de sets y vestuario de Julio Esteban, y la edición de Pablo del Amo, conspiran para crear una visión casi antropológica del ocaso de la era de los cómicos de la legua. En tono y forma, la película recuerda a las “piezas de memoria” de Woody Allen, que conectaban la memoria personal con la era dorada de grandes industrias del entretenimiento: la era dorada de Hollywood en “La Rosa Púrpura del Cairo” (1985); y la época en que la radio reinaba en todos los hogares con “Radio Days” (1987).

Pero nada funcionaría si no fuera por José Sacristán. El actor presenta una exquisita actuación. No sólo la mejor de su carrera, sino una de las mejores del cine español. Invoca casi cuatro décadas de una vida, en varios planos de realidad, y es persuasivo hasta el momento de la muerte. Fernán Gomez lo despide con un minuto de silencio a lo largo de los lugares que le sirvieron de escenario, reales e imaginarios – o más bien, todos imaginarios, porque sabemos que estamos viendo una construcción cinematográfica. Pero el impacto emocional es innegable, especialmente cuando la cámara repasa el legendario Cafe Gijón, lleno de veteranos, aspirantes, diletantes y soñadores. En el fondo, todos queremos creer en lo imposible. Esta carte de amor a los actores toma medida del sueño y la pesadilla, convencida de que pase lo que pase, la lucha vale la pena. La película ganó tres premios Goyas: Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Guión Adaptado.

“El Viaje a Ninguna Parte” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España, en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Vámonos con Pancho Villa” (Fernando de Fuentes, 1936) tendrá lugar el lunes 27 de julio, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.

“EL VERDUGO” de Luis García Berlanga: ¡Todos al cadalso!

Mafredi, Penella e Isbert, alcanzados por los deberes de "El Verdugo"

Mafredi, Penella e Isbert, alcanzados por los deberes de “El Verdugo”

Luis García Berlanga fue, a la par de Luis Buñuel y Juan Antonio Bardem, una de las tres “B” que definían el cine español. Los tres cineastas que compartían inicial coincidieron en los 60s y 70s, imponiendo una tradición de calidad que sería complementada con Carlos Saura. Durante buena parte de sus vidas productivas, cada una de sus películas era un evento.

Aunque Buñuel y Bardem hacían, a su manera, gala de un perverso sentido del humor, Berlinga es el único que se especializaba en la comedia sin tapujos. Sus sátiras poniendo a todos los estratos de la sociedad española a caminar sobre carbones encendidos. Era un burlador de todo propósito, que no tomaba rehenes ni extendía inmunidad.“El verdugo” (1963) llega en plena madurez de su talento, y supone su segunda colaboración con el guionista Rafael Azcona, con quien llegaría a trabajar en seis ocasiones.

A diferencia de sus populosas comedias corales, como “Bienvenido, Mr. Marshall” (1953) y “Plácido” (1961). “El verdugo” se concentra en un sólo protagonista y inminente núcleo familiar. El joven enterrador José Luis (Nino Manfredi), conoce un buen día a Amadeo (José Isbert), un veterano verdugo. Al llevarle el maletín de herramientas que ha olvidado en su coche, conoce a Carmen (Emma Penella), su hija. El enamoramiento casual se convierte en compromiso, y José Luis se ve convertido en heredero por partido doble: no sólo se casará con Carmen, embarazada. También asumirá el cargo de verdugo que su suegro debe dejar vacante por llegar a la edad de retiro. Esto va en contra de sus vagos planes de ir a estudiar mecánica a Alemania. El problema está en que para acceder al apartamento del plan de vivienda estatal, el cabeza de familia debe trabajar para el estado.

La tensión cómica de la película viene del empeño de José Luis en resistirse a lo inexorable. Primero, deja que su suegro lo arrastre a través del engorroso proceso de aplicación. Después, sigue paso a paso las noticias, anticipando nerviosamente el crimen que llevará a un condenado a su debut con el garrote vil. José Luis es artífice de su propia desgracia, pues sucumbe ante los chantajes emocionales de Carmen y su suegro. Pero él mismo es débil, y tampoco ofrece ninguna opción para salvar la dignidad de su familia.

En el largo camino de Jose Luís, desde su fortuito encuentro con el verdugo hasta el momento en que toma su papel, Berlanga aprovecha para burlarse de todas las instituciones sociales que tienen vela en el entierro. Empecemos por la familia nuclear. Un cineasta menor habría pintado a Amadeo, Carmen y José Luis como almas sencillas, víctimas de un sistema perverso. Aunque la simpatía de berlinga reside con ellos, el cineasta no esta por encima de mostrar como ellos son, además de víctimas del sistema, engranajes del mismo, y agentes de su propia subyugación. Tome nota de como Carmen recurre constantemente a recordar el bienestar de su bebé, cada vez que José Luis intima la posibilidad de renunciar al puesto de verdugo, y por ende, al apartamento que constituye pasaje seguro de estos proletarios a la clase media.

Amadeo también es un maestro del chantaje emocional, y astuto navegador de la burocracia oficial. Tome nota de como conduce a José Luis a través del laberinto burocrático, garantizando su enrolamiento como empleado público. En una de las secuencias más divertidas de la película, le sonsaca una recomendación a un intelectual que ni siquiera los conoce, un escritor tratando de vender libros en una feria callejera. La iglesia, uno de los blancos favoritos de Berlanga, recibe lo propio en la hilarante secuencia del matrimonio. Los pobres se meten en la iglesia inmediatamente después de una boda de ricos, aprovechando las flores y los cirios de los acaudalados. Los sacerdotes no disimulan su molestia, y los despachan con una ceremonia relámpago, que tiene lugar mientras recogen la alfombra roja y apagan las velas. Es un inspirado repunte de comedia física, la pequeña corte nupcial se repliega en sus asientos gradualmente para mantenerse en la luz, mientras un monaguillo apaga las velas de los candelabros.

La boda de descuento: los monaguillos recogen la alfombra bajo los pies de la novia

La boda de descuento: los monaguillos recogen la alfombra bajo los pies de la novia

Prácticamente cada personaje, incluso los más marginales, son mezquinos y egoístas, listos para sacrificar a quien sea por su propio beneficio. Durante un día de campo familiar, en pleno cortejo, José Luis y Carmen bailan abrazados al ritmo de la música del radio de unos viajeros cercanos. Al darse cuenta, la pareja apaga el aparato y se marcha molesta, reprimiéndoles para que se busquen su propia música. La sociedad que Berlanga retrata vive en estado permanente de “sálvese quien pueda”.

La misantropía llega a su punto más álgido en el acto final. Finalmente, las cortes han condenado a muerte a un hombre en la islas Canarias. Hacia allá parte toda la familia, aprovechando la siniestra ocasión para tomar unas vacaciones. Jose Luís, blandiendo el poder de la negación, cree que un milagro de última hora lo salvara de su destino: un indulto, una enfermedad fulminante, lo que sea. Lo ineludible llega a pasar. En uno de los mejores y más crueles chistes visuales de la historia del cine, dos grupos de personas llevan por el patio de la cárcel a los protagonistas de la ejecución. Uno lleva al condenado, el otro al ejecutor renuente, virtualmente a rastras.

Dos al cadalso

Dos al cadalso

Cuando Jose Luís se reúne con su familia, van a bordo del ferry que los lleva de regreso a casa. Todos han perdido la inocencia, y no pueden verse a los ojos. Han descubierto hasta que punto pueden llegar  en el sistema clientelar del franquismo para asegurarse su comodidad. El sol del día cae sobre las aguas, pero un automóvil se apresura al muelle. Un grupo de burgueses vestidos de noche saltan a un yate y bailan una canción moderna. El ritmo de su tonada domina la banda sonora, dándole fin a esta devastadora crítica social, más vigente ahora que nunca.

“El Verdugo” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España, en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Vámonos con Pancho Villa” (Fernando de Fuentes, 1936) tendrá lugar el lunes 27 d julio, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.

 

“EL ESPÍRITU DE LA COLMENA”: EL LUMINOSO TRAUMA DE LA GUERRA

Ana Torrent invoca "El Espíritu de la Colmena" (Víctor Erice, 1973)

Ana Torrent invoca “El Espíritu de la Colmena” (Víctor Erice, 1973)

Si tuviéramos que encontrar un equivalente de Víctor Erice, el referente más cercano sería el norteamericano Terrence Malick. Ambos directores favorecen un estilo lírico y elíptico. Sus películas se sienten reducidas hasta la esencia. Son ricas en atmósfera. Olvide diálogos expositivos que aclaren motivos y justifiquen acciones. Dejan que sus ideas más intrigantes emerjan de las imágenes. El espectador debe armar la trama en su cabeza y deducir que pasa. Tengo la teoría de que los que se quejan por el ritmo parsimonioso de la acción, simplemente han perdido entrenamiento. Demasiadas películas sin imaginación nos han convertido en receptores pasivos del contenido audiovisual.

Erice también se parece a Malick en lo exiguo de su obra – en términos numéricos, no sustanciales. El norteamericano cuenta con siete largometrajes en más de cuatro décadas de trabajo. 20 años separan a “Days of Heaven” (1978) de “The Thin Red Line” (1998). La leyenda de Erice se construye sobre dos películas, “El Espíritu…” y “El Sur” (1983). Su filmografía se completa con el largometraje documental “El Sol del Membrillo” (1992) y un puñado de cortometrajes. El ritmo de trabajo es probablemente producto de una mezcla de factores, entre el talento mercurial de los cineastas y las demandas de una industria que favorece producto sobre artesanía. Sin embargo, cada una de sus películas son experiencias inolvidables.

Torrent y Tellería, absortan viendo "Frankenstein" (James Whale, 1932)

Torrent y Tellería, absortas viendo “Frankenstein” (James Whale, 1932)

ESCAPISMO Y REALIDAD

Erice arranca con audaces ejercicios de apropiación. Un secuencia de créditos ilustrada con dibujos infantiles que emulan la trama por venir, culmina con las palabras “Erase una vez…”. Cortamos a la imagen foto-realista de un camión que se acerca al pueblo, y texto en pantalla que completa la frase: “Un lugar de la meseta castellana  hacia 1940”. La cita infunde carácter de fábula a toda la película, y recuerda incluso al Quijote de Miguel de Cervantes. El carácter voluble de las interpretaciones que pueden hacerse de la realidad es una de las preocupaciones subterráneas de Erice, que no pierde ocasión para invocar. Tome nota del uso de la canción tradicional infantil “Vamos a Contar Mentiras” como leitmotif musical. La referencia temporal nos ubica en la posguerra civil.

Un proyeccionista ambulante arriba al pueblo de Hoyuelos, anunciado por el voceador. Los niños y algunas mujeres acuden a la presentación, montada en un salón comunal. La película es “Frankenstein” (James Whale, 1932). Entre los asistentes se encuentran Ana (Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería), dos pequeñas hermanas. No pueden tener más de siete u ocho años. Puede ser que concederle a los personajes los mismos nombres de las actrices fuera una movida estratégica para dirigir a dos interpretes infantiles, actores por instinto y no entrenamiento. Sin embargo, ese detalle va a tono con la cualidad porosa que funde realidad e imaginación a lo largo de toda la película.

Al filmar a los niños y las matronas viendo la película, el director crea un atajo para que el espectador se vea reflejado – o más bien, encarnado – en los pequeños aldeanos. Nosotros también estamos viendo una película, justo como ellas. Con un puñado de tomas, crea una poderosa identificación. Erice reproduce en su totalidad el prólogo de “Frankenstein”, en el cual el actor Edward van Sloan, caracterizado como su personaje, el Dr. Waldman, némesis del Dr. Frankenstein (Colin Clive) y su criatura (Boris Karloff), se dirige directamente a la audiencia – ellos y nosotros -, alertándole sobre la naturaleza de la pieza de entretenimiento que están a punto de ver. El actor rompe la cuarta pared, hablándole directamente al público – es decir, a los aldeanos de La Mancha -, pero también al espectador de la España de 1973, y al que ve la película en algún momento del futuro. Sus advertencias tienen eco en la trama misma de la película, y como la experimentan sus protagonistas. En lugar de fundir a ‘Frankenstein”, Erice funde a un close up del actor Fernando Fernán Gómez, vestido con la ropa de seguridad de un apicultor. La transición lo convierte simbólicamente en un doble de Frankenstein, e introduce el motivo narrativo y visual de las abejas. Eventualmente, Erice regresa a la proyección, mostrando completa la escena climática entre el monstruo y una niña, sentando las bases para el clímax de “El Espíritu de la Colmena”.

El pequeño pueblo, y la familia misma, están en shock por la guerra civil, aunque nadie lo verbaliza. El padre, Fernando (Fernando Fernán Gómez), parece un intelectual exiliado en el campo, dividiendo su tiempo entre la apicultura, la crianza de sus hijas, y la escucha escamoteada de una radio de onda corta. La madre, Teresa (Teresa Gimpera), se ve más remota. Erice la introduce escribiendo una carta a un hombre desconocido. Su voz en off lee el contenido. Después descubrimos, por una somera vista al destinatario en el sobre, que es un residente en un campamento de refugiados en Francia. La naturaleza de la relación entre ellos nunca es aclarada – ¿es un amante? ¿un hermano? – Lo más probable es lo primero, pues la relación marital es remota. Fernando y Teresa casi nunca se dirigen la palabra, aún cuando comparte una escena. Sin embargo, no esta completamente desprovista de calidez. En una escena, Teresa finge dormir cuando Fernando se acuesta después de una noche de desvelo.

El dueño de la colmena: Fernán Gomez, en su monstruosa introducción.

El dueño de la colmena: Fernán Gomez, en su monstruosa introducción.

RETRATOS DE TENSIÓN FAMILIAR

Ni Fernando ni Teresa verbalizan declaración alguna sobre la causa del distanciamiento. Lo deducimos gracias a la puesta en escena del director. Tome nota de como los actores nunca se dirigen la palabra. Y como nunca comparten un fotograma, excepto en un momento fugaz, en el cual Fernando abandona la casa sin sombrero. Teresa sale al balcón ubicado sobre la puerta de salida, y se lo deja caer. Observamos la escena desde lejos, en un plano abierto que nos impide registrar sus rostros. En todas las demás escenas que comparten, no hay conexión directa: cuando ella finge dormir para no hablarle, o cuando ello lo cobija en la oficina. Erice posiciona la cámara o edita de tal manera que nunca más comparten fotograma, aún cuando están en la misma estancia. Tome nota de la extensa escena del desayuno. Cada actor es encuadrado individualmente. Ni siquiera cruzan miradas. Y Erice no recurre a la convención de iniciar la secuencia con toma abierta que ubique espacialmente a los actores. El perceptivo ensayo de Paul Thomas Smith, Profesor de Español de la Universidad de Cambridge, incluido en la edición de DVD de Criterion Collection, elabora más sobre esta estrategia del director.

Los padres son benignos pero remotos. Ana e Isabel parecen estar criándose a sí mismas. Una extensa conversación sobre como reconocer setas venenosas define la relación entre Fernando y las niñas. Es paciente y amoroso, pero la escena también sirve para abonar a la idea de la inevitabilidad de la muerte. Este es un elegante ejemplo de como dispensar diálogo expositivo. La descripción de una seta venenosa le servirá al espectador para descodificar las intenciones de un personaje en el acto final de la película.

Isabel protagoniza una de las estampas más perturbadoras de la película, cuando jugando con un gato, trata de estrangularlo. Al tratar de liberarse, el animal le hiere un dedo. Ella usa la gota de sangre que emana de la herida para colorearse los labios. Este inesperado gesto apunta al despertar de la vanidad, y una incipiente sexualidad. También rima con la obsesión del filme con la muerte.

Juegos de vida y muerte: la broma cruel de Isabel

Juegos de vida y muerte: la broma cruel de Isabel

“YO VOY A CAER EN DONDE / NUNCA EL QUE CAE SE LEVANTA”

Casi a la mitad exacta de la película, Erice muestra una escena en la escuela en la cual una niña lee en vos alta un poema de Rosalía de Castro. Es una clara invocación de la muerte, que culmina con la alumna mirando directamente al frente, como interpelándonos al otro lado de la pantalla. Este fascinante blog de La Escuela de los Domingos habla más sobre el poema, su significado, y como llegó de manera fortuita a manos de Erice.

La muerte, como extensión de la guerra, empapa a toda la película. Su invocación más poderosa tiene lugar en una extensa y ambigua secuencia, donde el juego de las niñas toma un giro siniestro. Absorta escribiendo en el estudio de su padre, Ana escucha a Isabel gritar, y el estruendo de una aparatosa caída. Curiosa, sale a buscarla a través de la casa. La encuentra tirada en el piso, inmóvil a la par de una maceta rota y una silla mecedora aún en movimiento. Ana la trata de convencer de levantarse, pero ella no responde. Ni se mueve. La convicción de que ha muerto producto del golpe se apodera de Ana – y del público.

La charada se extiende hasta un límite desgarrador. Isabel finalmente “revive” riendo socarronamente, pero la crueldad de la broma sigue flotando en el ambiente, y coloreando todas las acciones de los personajes. Momentos después, varias niñas juegan en patio de la casa. Isabel salga sobre las llamas de una fogata que las criadas han encendido para quemas hojas secas, mientras Ana observa impasible. Nuestra sensibilidad contemporánea no hace alarmarnos ante el juego, pero Ana la observa impasible, aún resentida. La secuencia termina cuando Erice congela la imagen de Isabel a medio salto, su silueta negra a contra luz del cielo oscureciendo en el atardecer.

Algunos interpretan esta decisión editorial como un indicio de que Isabel realmente ha muerto al caer de la silla, y todas sus interacciones posteriores están en la cabeza de Ana, empeñada en mantener a su hermana viva a punta de pensamiento mágico. La idea es provocativa, pero creo que la eventual escena del desayuno niega esa posibilidad.

El fugitivo en el granero (Juan Margallo)

El fugitivo en el granero (Juan Margallo)

EL HOMBRE, UN MONSTRUO

Impactadas por “Frankenstein”, y demasiado pequeñas como para entender la separación entre la ficción y la realidad, las niñas especulan sobre presencia de la criatura del Dr. Frankenstein en su pueblo. Se debaten entre el terror y la fascinación. Un granero en el medio de un páramo se convierte en el foco de su atención. Isabel, con el sadismo que sólo un hermano mayor puede tener, convence a Ana de que el monstruo aparece ahí de noche. La ficción infantil se convierte simbólicamente en realidad cuando un guerrillero fugitivo llega al pueblo, oculto como polizón en los vagones del tren. Erice define visualmente la identificación de Ana con el fugitivo, cuando disuelve de una toma de la niña durmiendo, al hombre dormido en el granero donde encuentra refugio. La niña lo descubre e decide instintivamente decide protegerlo, llevándole ropa y comida. Ana guarda el secreto.

Esa misma noche, la policía descubre al fugitivo y le quita la vida en un tiroteo. La puesta en escena del evento es tremendamente económica. En la oscuridad de la noche, vemos a lo lejos el granero. Los destellos de las armas de fue disparando rompen la oscuridad. Sólo escuchamos las detonaciones y vemos los destellos de luz que emanan de los cañones. Al día siguiente, los policías mandan a llamar a Fernando. En el abrigo que el fugitivo portaba, encontraron un reloj de bolsillo que lo convierte en sospechoso de proteger a un criminal. La policía le muestra el cadaver en una morgue improvisada, en el mismo salón donde se proyectó “Frankenstein”. El horror imaginario no puede superar a la realidad.

La muerte ante la pantalla: cine y morgue improvisada

La muerte ante la pantalla: cine y morgue improvisada

CONFRONTACIÓN AL AMANECER

Así llegamos a la escena del desayuno que mencionamos previamente. Es la única en la cual los cuatro miembros de la familia se encuentran juntos, pero la idea de unidad es menoscabada por la puesta en escena, que deja a cada uno encerrado en su propio fotograma. En lugar de reproches verbales, Fernando saca el reloj del bolsillo, confrontando a Ana con la tonada que produce al abrirse. Camino a la escuela, Ana busca al fugitivo, pero sólo encuentra manchas de sangre en la tierra. Afuera, su padre la espera para confrontarla. Sabiéndose descubierta, la niña sale corriendo y huye.

Su escape unifica a la familia. Erice construye una breve secuencia en la cual cada miembro clama por ella en un lugar diferente. La noche cae. Como a Frankenstein, los aldeanos la buscan con perros – y linternas en vez de antorchas -.  Ana llega a la vera de un río. Contempla intenciones suicidas, porque extiende una mano para agarras una seta que sabemos venenosa, por al descripción provista previamente por Fernando. Erice usa una disolvencia, de la seta venenosa a la chimenea donde Teresa quema una carta dirigida al amante en el exilio. Deducimos que renuncia al amorío que envenena su matrimonio.

Ana no llevó a término su impuso suicida, y camina hacia la vera de un rio. Ensimismada viendo su reflejo, mientras el monstruo de Frankenstein. Literalmente. En la realidad de la película – o el sueño de Ana fugitiva – el clímax de la película se convierte en una virtual re construcción de la escena original de “Frankenstein”. Pero no hay palabras de por medio, y Erice disuelve cuando el monstruo estrecha los brazos para agarrar a Ana. Despierta al día siguiente, en un páramo despejado, rodeada por los buscadores.

Los créditos de la película identifican como la criatura un actor de nombre José Villasante como el monstruo. Yo habría jurado que era el mismo Fernán Gómez bajo el maquillaje. El parecido es innegable.

Ana le concede el don de mirar a "Don José"

Ana le concede el don de mirar a “Don José”

ANA Y LOS HOMBRES

Ana tiene un vínculo especial con la criatura, que surge como una extensión de los referentes masculinos en su vida. Una elipsis temprana equipara el aspecto del monstruo con el de su padre, vestido con los trajes de seguridad de un apicultor. Y el fugitivo que ella adopta también funciona como doble del monstruo. La otra encarnación de esta figura de masculinidad amenazante es “Don José”, el muñeco de madera que la profesora utiliza para enseñarle a los niños los órganos del cuerpo. El inocente ejercicio adquiere un matriz siniestro, con el énfasis que le dan al rostro sin ojos. Es Ana quien asume la tarea de pegarle la lámina con los dos ojos. La acción de “mirar” nos devuelve al papel de la niña como espectadora, y a la idea de adquirir conocimiento sobre la vida – y la muerte -. También ella decide “adoptar al fugitivo”. Y durante una escena en la que las hermanas juegan, Ana se afeita una barba imaginaria con la espuma de su padre.

Al igual que el monstruo, Ana es incomprendida, y perseguida por los aldeanos. La encuentran al amanecer, dormida. La visita del monstruo puede ser una alucinación, un sueño o una pesadilla, o una sugerencia simbólica de como el poder de la imaginación puede salvarnos en nuestra hora más oscura. Erice no nos dice como interpretar su película.

Traumatizada, Ana permanece inmóvil en su cama. No habla, no duerme. Isabel la visita en el cuarto, de donde han removido su colchón, dejando a Ana sola. Han sacado a Isabel del cuarto para darle espacio a la niña traumatizada? O es esta una señal de que Isabel, en efecto, murió, y quien visita a Ana es un espectro? Isabel llama a su hermana, pero ella no le contesta. Al caer la noche, Isabel lucha por conciliar el sueño, sólo en su cuarto. Su padre queda dormido sobre su escritorio. Las manos de Teresa lo cobijan, persuadiéndonos de que puede volver a conectar emocionalmente con su marido. Ana, como un trance, despierta. Toma agua, y sale a contemplar la luz de la luna a través de la ventana con celdas de colmena. Su voz en off invoca a la criatura. A lo lejos, escuchamos el silbato del tren que trae soldados y se lleva las cartas para los perdedores.

Teresa Gimpera: Madre cariñosa y remota

Teresa Gimpera: Madre cariñosa y remota

LA MUERTE LE SIENTA BIEN

Tres años más tarde, la pequeña actriz Ana Torrent protagonizaría “Cría Cuervos” (1976) bajo las órdenes de Carlos Saura, interpretando a una huérfana cuya obsesión con la muerte se extiende a creerse una asesina satisfecha de su poder. A todas luces, Saura se divierte con la asociación que Torrent acarrea consigo, y nos ofrece una especie de secuela simbólica que medita sobre los mismos temas, pero en un ambiente urbano, y con un mordaz sentido de humor. Llega al extremo de duplicar acciones: las madres peinando a las niñas, las hermanas vistiendo de adultas. Quizás son actos banales, comunes a todos los niños, pero no creo que sea una coincidencia. Es un ejercicio de identificación a través del tiempo, que enriquece la lectura de ambas películas. Puede leer mis impresiones sobre “Cría Cuervos” aquí. La escena de Teresa peinando a Ana funciona como la de Fernando y las setas, dejándonos saber que es una madre afectuosa, pero que las cosas que le han tocado vivir la separan inexorablemente de sus niñas inocentes -.

Chaplin y Torrent en "Cría Cuervos" (Saura, 1976)

Chaplin y Torrent en “Cría Cuervos” (Saura, 1976)

A pesar de su aparente concentración en la aprehensión del concepto de la muerte en un personaje infantil, la película esta también preocupada con el peso de la historia, y como lo político afecta la esfera personal. Fernando se identifica con la república derrotada, y discernimos como en el orden social regido por el franquismo, vive a la par de su familia bajo una especie de estado de sitio. Por eso, la escaramuza de Ana con el fugitivo implica un gran peligro para su seguridad y la de toda su familia. La correspondencia y el vínculo de Teresa con el exiliado también abona esta idea, y la resolución de su arco dramático arroja un poco de esperanza sobre la sobrevivencia de su núcleo familiar.

Invocando al espíritu

Torrent invocando al espíritu

LA LUZ A TRAVÉS DE LA COLMENA

La labor de apicultor de Fernando justifica temáticamente motivos visuales como las ventanas con rejillas en forma de celdas de colmena y la luz color miel que cruza los cristales para iluminar las travesuras de las niñas en casa. El director de fotografía Luis Cuadrado hace un trabajo ejemplar a la hora de traducir el concepto en un revelador juego de luces y sombras. Trágicamente, esta fue una de sus últimas películas. Durante el rodaje, empezó a perder la vista.

La narrativa elíptica de Erice sepulta la película bajo un velo de misterio. Pero es innegable que lo personal y lo político se funden en “El Espíritu de la Colmena”. El tono viene de la personalidad de su creador, pero también de las particularidades del ejercicio del arte en una sociedad controlada por un sistema político represivo, donde la censura se erige sobre las cabezas de los artistas como una espada de Damocles. Al adoptar el estilo de una fábula alegórica, tremendamente íntima, Erice se da el lujo de meditar sobre el impacto de la guerra, los traumas que acarrea, y el carácter atrofiante de la represión.

La película es tan rica que uno no puede hacer más que desear que Erice fuera más productivo. Pero quizás por eso es que es tan sustancial. Años de conocimiento y experiencia deben invertirse para alimentar un filme clásico de esta categoría.

“El Espíritu de la Colmena” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España, en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Vámonos con Pancho Villa” (Fernando de Fuentes, 1936) tendrá lugar el lunes 27 d julio, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.