MOISES SUPERESTRELLA: “ÉXODO: DIOSES Y REYES”

Ridley & Ripley: Scott y Sigourney Weaver, a años-luz de la diversión de "Alien".

Ridley & Ripley: Scott y Sigourney Weaver, a años-luz de la diversión de “Alien”.

Cada película cuenta dos historias: la de su trama, y la de la época que la concibe. En 1956, Cecil B. DeMille presentó una súper-producción que relataba con reverencia la historia de Moisés y el éxodo del pueblo hebreo hacia la tierra prometida. “Los 10 Mandamientos” ganó un Óscar por Mejores Efectos Especiales, y se convirtió en programación exigida para semana santa. Es puro kitsch piadoso, convertido por el paso del tiempo en artefacto de nostalgia. Nosotros veíamos una especie de catequismo glamouroso, pero el contexto era más complicado. El fascinante libro “An Army of Phantoms: American Movies and the Making of the Cold War”, del crítico de cine J. Hoberman, revela como la “épica bíblica” encaja en la política ultra-conservadora que regía a una industria abatida por el pánico anti-comunista. Huelga decir que DeMille, al igual que su estrella, Charlton Heston, estaban firmemente alineados con el McCarthysmo y la cacería de brujas que destruyó las carreras de innumerables profesionales del cine. Lea unas cuantas citas de DeMille. Es un milagro que el Tea Party no lo haya nombrado Santo Patrón. A la par de DeMille, otras figuras del conservatismo radical incluyen a Heston, John Wayne, el eventual presidente Ronald Reagan y – horror de horrores – Olivia de Havilland, la dulce Melanie de “Lo Que El Viento Se Llevó” (sólo por eso, de por vida quedo en el “Team Scarlett”).

Casi 6 décadas más tarde, llega una nueva versión fílmica de la historia bíblica. A pesar de los amagos de la Rusia de Vladimir Putin, la Guerra Fría es cosa del pasado. La globalización gobierna el planeta, imponiendo demandas inusitadas en Hollywood. Para empezar, no hay buenos directores ultra-conservadores en Estados Unidos. El agnóstico británico Ridley Scott es reclutado por su sentido del espectáculo. Los trucos ópticos y las maquetas ceden lugar a la animación digital. Otras cosas simplemente no cambian. Todavía necesitas a una estrella blanca para vender boletos. Christian Bale, mejor conocido por encarnar a Batman en la reciente trilogía de Christopher Nolan, asume la tarea de cargar la tablas de la ley de Dios. El australiano Joel Edgerton, es el faraón Ramsés.

La falacia de ver hombres blancos occidentales haciéndose pasar por egipcios y hebreos ya no pasa desapercibida. Egipto prohibió la proyección de la película, acusando sus “libertades históricas”. Scott respondió a las críticas asegurando que era poco probable que una producción de 140 millones de dólares recuperara el dinero con actores desconocidos en los papeles estelares. Bloquear el filme es un gesto político con poca tracción en la era del pirateo. Y Scott, a pesar de todo, tiene razón. Nadie va al cine en busca de “verdad histórica”. Los cristianos que acuden a “Éxodo” lo hace como un acto de fé que, incidentalmente, se cruza con el entretenimiento. Para buena parte de la base cristiana, audiencia meta de esta película, su interpretación de la Biblia ES la historia.

“Éxodo: Dioses y Reyes” es una experiencia anticuada y moderna a la vez. Es catecismo como cine-desastre, más convincente como película de acción que como narrativa bíblica. El director Scott, después del fracaso artístico de “Prometheus” (2012), dirige como contratado. Sólo se espabila en la recta final, cuando las plagas azotan a Egipto. El matiz “religioso” de la película, la idiosincracia de nuestro público y el celo comercial de los cines, se confabulan para que muchos padres de familia lleven a sus pequeños hijos a ver la película. Las semillas de una nueva generación de ateos está siendo plantada por la aterradora secuencia en que mueren todos los primogénitos de Egipcio. Si este “Éxodo…” tiene una agenda ideológica, es la de Mammon.

Lo más conmovedor tiene que ver con la vida real, y la esfera personal del director. El filme está dedicado a la memoria de su hermano menor, el director Tony Scott, quien falleciera quitándose la vida por su propia mano en el 2012. Es el primer crédito que aparece al final de la película.

Puede leer mi reseña de “ÉXODO: DIOSES Y REYES” en La Prensa.

ESTRENO: “Fin de Turno” – End of Watch (David Ayer, 2012)

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Comportamiento ejemplar: Gyllenhaal y Peña quieren llegar al “Fin de Turno”

Lo que mas me gustó de “Fin de Turno” fueron las actuaciones. Un amigo que me acompañó a verla estaba poco impresionado. “¿Cuales buenas actuaciones? ¡Ni siquiera estaban actuando!” – dijo. Y hay esta el detalle. En lugar de admirar una interpretación, Jake Gyllenhaal y Michael Peña fabrican la sensación de que estamos espiando la vida cotidiana de dos policías de Los Ángeles. Los actores son tan efectivos, que casi no nos damos cuenta que la película esta construida con las convenciones del género.

Estamos acostumbrados a identificar la buena actuación como aquella que llama la atención sobre sí misma, apoyada en momentos de gran dramatismo para el personaje. Esta puntualizada por esos momentos que suelen escogerse para los clips que ilustran el trabajo de los nominados al Óscar. Es “Actuación” con “A” mayúscula. También esta la que implica transformaciones físicas radicales apoyadas en grandes sacrificios personales. Véase a Christian Bale en “The Machinist” (Brad Anderson, 2004), bajando de peso de 173 a 110 libras, para interpretar a su famélico protagonista. También están las proezas de maquillaje y prótesis. Cuando la gente bonita se afea, todo el mundo lo nota. Es valentía en la era de la esclavitud de la imágen. Véase a Nicole Kidman, con nariz ganchuda y vestuario de vieja bohemia para encarnar a la escritora Virginia Woolf en “The Hours” (Stephen Daldry, 2002).

Eso nos lleva a otra señal de “buena actuación”: encarnar a un personaje real o histórico. No puede despreciarse además la adopción de acentos particulares. Meryl Streep es la campeona de esta disciplina. Entre sus 17 nominaciones al Óscar, ganadas o perdidas, colorea su inglés con polaco y alemán en “Sophie’s Choice” (Alan J. Pakula, 1982), danés en “Out of Africa” (Sydney Pollack, 1986), inglés australiano en “A Cry in the Dark” (Fred Schepisi, 1988) e italiano en “The Bridges of Madison County” (Clint Eastwood, 1996). También puede elevar la imitación a la categoría de arte. Recurra al YouTube para comparar sus esfuerzos con las voces originales de Julia Child en “Julie & Julia” (Nora Ephron, 2009) y Margareth Tatcher en “The Iron Lady” (Phillyda Lloyd, 2011).

En “End of Watch”, Jake Gyllenhaal y Michael Peña no interpretan a sus personajes, mas bien se comportan como ellos. El reparto de la película de David Ayer adopta un estilo naturalista, inserto en una narrativa llena de convenciones del género. Puede leer mi reseña de “End of Watch” aquí, en la revista DOMINGO del diario LA PRENSA.

No quiero decir que un estilo sea superior a otro. Diferentes personajes en diferentes películas demandan habilidades particulares. Todo depende del tono que el director quiera infundir, su estilo para dirigir y el aporte creativo del actor. Hay actuaciones que pasan a la historia por su cualidad hiperbólica y exagerada. Muchos las etiquetan de “malas”, pero en realidad son lo que el proyecto demanda, o lo que lo hacen especial. Faye Dunaway es sublime en “Bonnie and Clyde” (Arthur Penn, 1968), “Chinatown” (Roman Polanski, 1975) y “Network” (Sidney Lumet, 1976). No en balde la Academia le dió cariño por ese trio de películas. Sin embargo, uno de sus actuaciones mas recordadas es la cruel caricatura de Joan Crawford en “Mommie Dearest” (Frank Perry, 1981), consideraba un clásico del “camp”. Y hay un lugar para las “malas” actuaciones. Las películas de John Waters, por ejemplo, no serían lo que son si el directo apuntara a emular el estilo actoral que Woody Allen imprime en sus películas.

¿Ustedes prefieren un estilo sobre otro? La frontera entre lo malo y lo bueno está en el ojo del espectador.