“EL ESPÍRITU DE LA COLMENA”: EL LUMINOSO TRAUMA DE LA GUERRA

Ana Torrent invoca "El Espíritu de la Colmena" (Víctor Erice, 1973)

Ana Torrent invoca “El Espíritu de la Colmena” (Víctor Erice, 1973)

Si tuviéramos que encontrar un equivalente de Víctor Erice, el referente más cercano sería el norteamericano Terrence Malick. Ambos directores favorecen un estilo lírico y elíptico. Sus películas se sienten reducidas hasta la esencia. Son ricas en atmósfera. Olvide diálogos expositivos que aclaren motivos y justifiquen acciones. Dejan que sus ideas más intrigantes emerjan de las imágenes. El espectador debe armar la trama en su cabeza y deducir que pasa. Tengo la teoría de que los que se quejan por el ritmo parsimonioso de la acción, simplemente han perdido entrenamiento. Demasiadas películas sin imaginación nos han convertido en receptores pasivos del contenido audiovisual.

Erice también se parece a Malick en lo exiguo de su obra – en términos numéricos, no sustanciales. El norteamericano cuenta con siete largometrajes en más de cuatro décadas de trabajo. 20 años separan a “Days of Heaven” (1978) de “The Thin Red Line” (1998). La leyenda de Erice se construye sobre dos películas, “El Espíritu…” y “El Sur” (1983). Su filmografía se completa con el largometraje documental “El Sol del Membrillo” (1992) y un puñado de cortometrajes. El ritmo de trabajo es probablemente producto de una mezcla de factores, entre el talento mercurial de los cineastas y las demandas de una industria que favorece producto sobre artesanía. Sin embargo, cada una de sus películas son experiencias inolvidables.

Torrent y Tellería, absortan viendo "Frankenstein" (James Whale, 1932)

Torrent y Tellería, absortas viendo “Frankenstein” (James Whale, 1932)

ESCAPISMO Y REALIDAD

Erice arranca con audaces ejercicios de apropiación. Un secuencia de créditos ilustrada con dibujos infantiles que emulan la trama por venir, culmina con las palabras “Erase una vez…”. Cortamos a la imagen foto-realista de un camión que se acerca al pueblo, y texto en pantalla que completa la frase: “Un lugar de la meseta castellana  hacia 1940”. La cita infunde carácter de fábula a toda la película, y recuerda incluso al Quijote de Miguel de Cervantes. El carácter voluble de las interpretaciones que pueden hacerse de la realidad es una de las preocupaciones subterráneas de Erice, que no pierde ocasión para invocar. Tome nota del uso de la canción tradicional infantil “Vamos a Contar Mentiras” como leitmotif musical. La referencia temporal nos ubica en la posguerra civil.

Un proyeccionista ambulante arriba al pueblo de Hoyuelos, anunciado por el voceador. Los niños y algunas mujeres acuden a la presentación, montada en un salón comunal. La película es “Frankenstein” (James Whale, 1932). Entre los asistentes se encuentran Ana (Ana Torrent) e Isabel (Isabel Tellería), dos pequeñas hermanas. No pueden tener más de siete u ocho años. Puede ser que concederle a los personajes los mismos nombres de las actrices fuera una movida estratégica para dirigir a dos interpretes infantiles, actores por instinto y no entrenamiento. Sin embargo, ese detalle va a tono con la cualidad porosa que funde realidad e imaginación a lo largo de toda la película.

Al filmar a los niños y las matronas viendo la película, el director crea un atajo para que el espectador se vea reflejado – o más bien, encarnado – en los pequeños aldeanos. Nosotros también estamos viendo una película, justo como ellas. Con un puñado de tomas, crea una poderosa identificación. Erice reproduce en su totalidad el prólogo de “Frankenstein”, en el cual el actor Edward van Sloan, caracterizado como su personaje, el Dr. Waldman, némesis del Dr. Frankenstein (Colin Clive) y su criatura (Boris Karloff), se dirige directamente a la audiencia – ellos y nosotros -, alertándole sobre la naturaleza de la pieza de entretenimiento que están a punto de ver. El actor rompe la cuarta pared, hablándole directamente al público – es decir, a los aldeanos de La Mancha -, pero también al espectador de la España de 1973, y al que ve la película en algún momento del futuro. Sus advertencias tienen eco en la trama misma de la película, y como la experimentan sus protagonistas. En lugar de fundir a ‘Frankenstein”, Erice funde a un close up del actor Fernando Fernán Gómez, vestido con la ropa de seguridad de un apicultor. La transición lo convierte simbólicamente en un doble de Frankenstein, e introduce el motivo narrativo y visual de las abejas. Eventualmente, Erice regresa a la proyección, mostrando completa la escena climática entre el monstruo y una niña, sentando las bases para el clímax de “El Espíritu de la Colmena”.

El pequeño pueblo, y la familia misma, están en shock por la guerra civil, aunque nadie lo verbaliza. El padre, Fernando (Fernando Fernán Gómez), parece un intelectual exiliado en el campo, dividiendo su tiempo entre la apicultura, la crianza de sus hijas, y la escucha escamoteada de una radio de onda corta. La madre, Teresa (Teresa Gimpera), se ve más remota. Erice la introduce escribiendo una carta a un hombre desconocido. Su voz en off lee el contenido. Después descubrimos, por una somera vista al destinatario en el sobre, que es un residente en un campamento de refugiados en Francia. La naturaleza de la relación entre ellos nunca es aclarada – ¿es un amante? ¿un hermano? – Lo más probable es lo primero, pues la relación marital es remota. Fernando y Teresa casi nunca se dirigen la palabra, aún cuando comparte una escena. Sin embargo, no esta completamente desprovista de calidez. En una escena, Teresa finge dormir cuando Fernando se acuesta después de una noche de desvelo.

El dueño de la colmena: Fernán Gomez, en su monstruosa introducción.

El dueño de la colmena: Fernán Gomez, en su monstruosa introducción.

RETRATOS DE TENSIÓN FAMILIAR

Ni Fernando ni Teresa verbalizan declaración alguna sobre la causa del distanciamiento. Lo deducimos gracias a la puesta en escena del director. Tome nota de como los actores nunca se dirigen la palabra. Y como nunca comparten un fotograma, excepto en un momento fugaz, en el cual Fernando abandona la casa sin sombrero. Teresa sale al balcón ubicado sobre la puerta de salida, y se lo deja caer. Observamos la escena desde lejos, en un plano abierto que nos impide registrar sus rostros. En todas las demás escenas que comparten, no hay conexión directa: cuando ella finge dormir para no hablarle, o cuando ello lo cobija en la oficina. Erice posiciona la cámara o edita de tal manera que nunca más comparten fotograma, aún cuando están en la misma estancia. Tome nota de la extensa escena del desayuno. Cada actor es encuadrado individualmente. Ni siquiera cruzan miradas. Y Erice no recurre a la convención de iniciar la secuencia con toma abierta que ubique espacialmente a los actores. El perceptivo ensayo de Paul Thomas Smith, Profesor de Español de la Universidad de Cambridge, incluido en la edición de DVD de Criterion Collection, elabora más sobre esta estrategia del director.

Los padres son benignos pero remotos. Ana e Isabel parecen estar criándose a sí mismas. Una extensa conversación sobre como reconocer setas venenosas define la relación entre Fernando y las niñas. Es paciente y amoroso, pero la escena también sirve para abonar a la idea de la inevitabilidad de la muerte. Este es un elegante ejemplo de como dispensar diálogo expositivo. La descripción de una seta venenosa le servirá al espectador para descodificar las intenciones de un personaje en el acto final de la película.

Isabel protagoniza una de las estampas más perturbadoras de la película, cuando jugando con un gato, trata de estrangularlo. Al tratar de liberarse, el animal le hiere un dedo. Ella usa la gota de sangre que emana de la herida para colorearse los labios. Este inesperado gesto apunta al despertar de la vanidad, y una incipiente sexualidad. También rima con la obsesión del filme con la muerte.

Juegos de vida y muerte: la broma cruel de Isabel

Juegos de vida y muerte: la broma cruel de Isabel

“YO VOY A CAER EN DONDE / NUNCA EL QUE CAE SE LEVANTA”

Casi a la mitad exacta de la película, Erice muestra una escena en la escuela en la cual una niña lee en vos alta un poema de Rosalía de Castro. Es una clara invocación de la muerte, que culmina con la alumna mirando directamente al frente, como interpelándonos al otro lado de la pantalla. Este fascinante blog de La Escuela de los Domingos habla más sobre el poema, su significado, y como llegó de manera fortuita a manos de Erice.

La muerte, como extensión de la guerra, empapa a toda la película. Su invocación más poderosa tiene lugar en una extensa y ambigua secuencia, donde el juego de las niñas toma un giro siniestro. Absorta escribiendo en el estudio de su padre, Ana escucha a Isabel gritar, y el estruendo de una aparatosa caída. Curiosa, sale a buscarla a través de la casa. La encuentra tirada en el piso, inmóvil a la par de una maceta rota y una silla mecedora aún en movimiento. Ana la trata de convencer de levantarse, pero ella no responde. Ni se mueve. La convicción de que ha muerto producto del golpe se apodera de Ana – y del público.

La charada se extiende hasta un límite desgarrador. Isabel finalmente “revive” riendo socarronamente, pero la crueldad de la broma sigue flotando en el ambiente, y coloreando todas las acciones de los personajes. Momentos después, varias niñas juegan en patio de la casa. Isabel salga sobre las llamas de una fogata que las criadas han encendido para quemas hojas secas, mientras Ana observa impasible. Nuestra sensibilidad contemporánea no hace alarmarnos ante el juego, pero Ana la observa impasible, aún resentida. La secuencia termina cuando Erice congela la imagen de Isabel a medio salto, su silueta negra a contra luz del cielo oscureciendo en el atardecer.

Algunos interpretan esta decisión editorial como un indicio de que Isabel realmente ha muerto al caer de la silla, y todas sus interacciones posteriores están en la cabeza de Ana, empeñada en mantener a su hermana viva a punta de pensamiento mágico. La idea es provocativa, pero creo que la eventual escena del desayuno niega esa posibilidad.

El fugitivo en el granero (Juan Margallo)

El fugitivo en el granero (Juan Margallo)

EL HOMBRE, UN MONSTRUO

Impactadas por “Frankenstein”, y demasiado pequeñas como para entender la separación entre la ficción y la realidad, las niñas especulan sobre presencia de la criatura del Dr. Frankenstein en su pueblo. Se debaten entre el terror y la fascinación. Un granero en el medio de un páramo se convierte en el foco de su atención. Isabel, con el sadismo que sólo un hermano mayor puede tener, convence a Ana de que el monstruo aparece ahí de noche. La ficción infantil se convierte simbólicamente en realidad cuando un guerrillero fugitivo llega al pueblo, oculto como polizón en los vagones del tren. Erice define visualmente la identificación de Ana con el fugitivo, cuando disuelve de una toma de la niña durmiendo, al hombre dormido en el granero donde encuentra refugio. La niña lo descubre e decide instintivamente decide protegerlo, llevándole ropa y comida. Ana guarda el secreto.

Esa misma noche, la policía descubre al fugitivo y le quita la vida en un tiroteo. La puesta en escena del evento es tremendamente económica. En la oscuridad de la noche, vemos a lo lejos el granero. Los destellos de las armas de fue disparando rompen la oscuridad. Sólo escuchamos las detonaciones y vemos los destellos de luz que emanan de los cañones. Al día siguiente, los policías mandan a llamar a Fernando. En el abrigo que el fugitivo portaba, encontraron un reloj de bolsillo que lo convierte en sospechoso de proteger a un criminal. La policía le muestra el cadaver en una morgue improvisada, en el mismo salón donde se proyectó “Frankenstein”. El horror imaginario no puede superar a la realidad.

La muerte ante la pantalla: cine y morgue improvisada

La muerte ante la pantalla: cine y morgue improvisada

CONFRONTACIÓN AL AMANECER

Así llegamos a la escena del desayuno que mencionamos previamente. Es la única en la cual los cuatro miembros de la familia se encuentran juntos, pero la idea de unidad es menoscabada por la puesta en escena, que deja a cada uno encerrado en su propio fotograma. En lugar de reproches verbales, Fernando saca el reloj del bolsillo, confrontando a Ana con la tonada que produce al abrirse. Camino a la escuela, Ana busca al fugitivo, pero sólo encuentra manchas de sangre en la tierra. Afuera, su padre la espera para confrontarla. Sabiéndose descubierta, la niña sale corriendo y huye.

Su escape unifica a la familia. Erice construye una breve secuencia en la cual cada miembro clama por ella en un lugar diferente. La noche cae. Como a Frankenstein, los aldeanos la buscan con perros – y linternas en vez de antorchas -.  Ana llega a la vera de un río. Contempla intenciones suicidas, porque extiende una mano para agarras una seta que sabemos venenosa, por al descripción provista previamente por Fernando. Erice usa una disolvencia, de la seta venenosa a la chimenea donde Teresa quema una carta dirigida al amante en el exilio. Deducimos que renuncia al amorío que envenena su matrimonio.

Ana no llevó a término su impuso suicida, y camina hacia la vera de un rio. Ensimismada viendo su reflejo, mientras el monstruo de Frankenstein. Literalmente. En la realidad de la película – o el sueño de Ana fugitiva – el clímax de la película se convierte en una virtual re construcción de la escena original de “Frankenstein”. Pero no hay palabras de por medio, y Erice disuelve cuando el monstruo estrecha los brazos para agarrar a Ana. Despierta al día siguiente, en un páramo despejado, rodeada por los buscadores.

Los créditos de la película identifican como la criatura un actor de nombre José Villasante como el monstruo. Yo habría jurado que era el mismo Fernán Gómez bajo el maquillaje. El parecido es innegable.

Ana le concede el don de mirar a "Don José"

Ana le concede el don de mirar a “Don José”

ANA Y LOS HOMBRES

Ana tiene un vínculo especial con la criatura, que surge como una extensión de los referentes masculinos en su vida. Una elipsis temprana equipara el aspecto del monstruo con el de su padre, vestido con los trajes de seguridad de un apicultor. Y el fugitivo que ella adopta también funciona como doble del monstruo. La otra encarnación de esta figura de masculinidad amenazante es “Don José”, el muñeco de madera que la profesora utiliza para enseñarle a los niños los órganos del cuerpo. El inocente ejercicio adquiere un matriz siniestro, con el énfasis que le dan al rostro sin ojos. Es Ana quien asume la tarea de pegarle la lámina con los dos ojos. La acción de “mirar” nos devuelve al papel de la niña como espectadora, y a la idea de adquirir conocimiento sobre la vida – y la muerte -. También ella decide “adoptar al fugitivo”. Y durante una escena en la que las hermanas juegan, Ana se afeita una barba imaginaria con la espuma de su padre.

Al igual que el monstruo, Ana es incomprendida, y perseguida por los aldeanos. La encuentran al amanecer, dormida. La visita del monstruo puede ser una alucinación, un sueño o una pesadilla, o una sugerencia simbólica de como el poder de la imaginación puede salvarnos en nuestra hora más oscura. Erice no nos dice como interpretar su película.

Traumatizada, Ana permanece inmóvil en su cama. No habla, no duerme. Isabel la visita en el cuarto, de donde han removido su colchón, dejando a Ana sola. Han sacado a Isabel del cuarto para darle espacio a la niña traumatizada? O es esta una señal de que Isabel, en efecto, murió, y quien visita a Ana es un espectro? Isabel llama a su hermana, pero ella no le contesta. Al caer la noche, Isabel lucha por conciliar el sueño, sólo en su cuarto. Su padre queda dormido sobre su escritorio. Las manos de Teresa lo cobijan, persuadiéndonos de que puede volver a conectar emocionalmente con su marido. Ana, como un trance, despierta. Toma agua, y sale a contemplar la luz de la luna a través de la ventana con celdas de colmena. Su voz en off invoca a la criatura. A lo lejos, escuchamos el silbato del tren que trae soldados y se lleva las cartas para los perdedores.

Teresa Gimpera: Madre cariñosa y remota

Teresa Gimpera: Madre cariñosa y remota

LA MUERTE LE SIENTA BIEN

Tres años más tarde, la pequeña actriz Ana Torrent protagonizaría “Cría Cuervos” (1976) bajo las órdenes de Carlos Saura, interpretando a una huérfana cuya obsesión con la muerte se extiende a creerse una asesina satisfecha de su poder. A todas luces, Saura se divierte con la asociación que Torrent acarrea consigo, y nos ofrece una especie de secuela simbólica que medita sobre los mismos temas, pero en un ambiente urbano, y con un mordaz sentido de humor. Llega al extremo de duplicar acciones: las madres peinando a las niñas, las hermanas vistiendo de adultas. Quizás son actos banales, comunes a todos los niños, pero no creo que sea una coincidencia. Es un ejercicio de identificación a través del tiempo, que enriquece la lectura de ambas películas. Puede leer mis impresiones sobre “Cría Cuervos” aquí. La escena de Teresa peinando a Ana funciona como la de Fernando y las setas, dejándonos saber que es una madre afectuosa, pero que las cosas que le han tocado vivir la separan inexorablemente de sus niñas inocentes -.

Chaplin y Torrent en "Cría Cuervos" (Saura, 1976)

Chaplin y Torrent en “Cría Cuervos” (Saura, 1976)

A pesar de su aparente concentración en la aprehensión del concepto de la muerte en un personaje infantil, la película esta también preocupada con el peso de la historia, y como lo político afecta la esfera personal. Fernando se identifica con la república derrotada, y discernimos como en el orden social regido por el franquismo, vive a la par de su familia bajo una especie de estado de sitio. Por eso, la escaramuza de Ana con el fugitivo implica un gran peligro para su seguridad y la de toda su familia. La correspondencia y el vínculo de Teresa con el exiliado también abona esta idea, y la resolución de su arco dramático arroja un poco de esperanza sobre la sobrevivencia de su núcleo familiar.

Invocando al espíritu

Torrent invocando al espíritu

LA LUZ A TRAVÉS DE LA COLMENA

La labor de apicultor de Fernando justifica temáticamente motivos visuales como las ventanas con rejillas en forma de celdas de colmena y la luz color miel que cruza los cristales para iluminar las travesuras de las niñas en casa. El director de fotografía Luis Cuadrado hace un trabajo ejemplar a la hora de traducir el concepto en un revelador juego de luces y sombras. Trágicamente, esta fue una de sus últimas películas. Durante el rodaje, empezó a perder la vista.

La narrativa elíptica de Erice sepulta la película bajo un velo de misterio. Pero es innegable que lo personal y lo político se funden en “El Espíritu de la Colmena”. El tono viene de la personalidad de su creador, pero también de las particularidades del ejercicio del arte en una sociedad controlada por un sistema político represivo, donde la censura se erige sobre las cabezas de los artistas como una espada de Damocles. Al adoptar el estilo de una fábula alegórica, tremendamente íntima, Erice se da el lujo de meditar sobre el impacto de la guerra, los traumas que acarrea, y el carácter atrofiante de la represión.

La película es tan rica que uno no puede hacer más que desear que Erice fuera más productivo. Pero quizás por eso es que es tan sustancial. Años de conocimiento y experiencia deben invertirse para alimentar un filme clásico de esta categoría.

“El Espíritu de la Colmena” se presento en el marco del Curso de Apreciación Cinematográfica del Centro Cultural de España, en la Universidad Centroamericana de Nicaragua. La próxima proyección, de “Vámonos con Pancho Villa” (Fernando de Fuentes, 1936) tendrá lugar el lunes 27 d julio, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán de la UCA. Entrada libre.

LA ADORABLE ASESINA: “CRIA CUERVOS” (Carlos Saura, 1976)

Madre e hija: Chaplin y Torrent, rompen la barrera de la muerte.

Madre e hija: Chaplin y Torrent, rompen la barrera de la muerte.

Este análisis surge del Curso de Apreciación Cinematográfica organizado por el Centro Cultural de España en Nicaragua y la Universidad Centroamericana de Nicaragua. Puede acompañarnos todos los lunes, a las 3:00 pm, en el Auditorio Roberto Terán. La entrada es libre. Este artículo discute en detalle la trama de “Cría Cuervos”. Si no la ha visto y le repelen los “spoilers”, lea a su propio riesgo. La próxima sesión del curso tendrá lugar el lunes 22 de junio, 2015, con “El Espíritu de la Colmena” (Víctor Erice, 1973).

Juan Carlos Ampié

Para cuando Carlos Saura acometió la tarea de dirigir “Cría Cuervos”, ya se había convertido en una figura insigne del cine español. Llevaba más de 10 años filmando películas contestatarias que volaban por debajo del radar de la censura franquista. En el verano de 1975, el dictador yacía en su lecho de muerte, dejando al país entero en la incertidumbre. “Cría Cuervos” es un fiel retrato de este momento, pero puede ser decodificada sin conocimiento de primera mano del momento histórico. Así de claros son sus símbolos, y así de universales sus preocupaciones. En esta etapa creativa del director, lo personal es político, y lo político es personal.

Los créditos iniciales se alternan con fotos de un albúm familiar. Tres niñas de diferente edad, un hombre y una mujer. Sabemos que él es un militar por su uniforme impecable. La película arranca con una secuencia impresionante. La camara recorre un salón oscuro. Los acordes de la melancólica pieza de piano se extingen, dando paso a los susurros y medias palabras de una pareja en los estertores de la pasión. No los vemos, sólo los escuchamos. Una niña en camisón baja por unas escaleras y se acerca a una puerta. Como ella, escuchamos. De repente, el tono de los suspiros cambia. La voz femenina suena alarmada. La luz se enciende y se derrama por la rendija inferior de la puerta, haciéndo retroceder a la niña como quien huye de un fuego. La puerta se abre abruptamente y una mujer hermosa sale huyendo. En su apremio, deja caer su bolso. Sus pertenencias se desparraman por el suelo. Prende la luz, y hasta entonces descubre a la pequeña testigo. Mientras recoge apresuradamente sus cosas, intercambia una mirada con la niña, llena de verguenza y pesar. Finalmente, sale sin decir palabra. La niña entra al cuarto, y confirma que el hombre desnudo que yace en la cama no respira. Curiosamente, toma un vaso de la mesa de noche y lo lleva a la cocina, donde lo lava con esmero. Después, lo pone en una bandeja con otros vasos, para finalmente mezclarlos entre sí, como si quisiera dificultar la identificación del último vaso que el muerto utilizó. Mientras toma hojas de lechuga del refrigerador, otra mujer aparece detrás de ella. Con jugetona severidad, la interpela sobre porque no está en la cama. Besos y abrazos rompen la tensión.

Si pusieron atención a las fotos iniciales, pueden inferir que la niña es la hija del hombre muerto y la mujer en la cocina. Pero hay más preguntas sin respuesta: ¿Por qué la niña no alerta sobre la muerte del padre?¿Por que la esposa se pasea tan serenamente por la casa mientras el esposo se acuesta con otra? ¿Quien es la mujer de la recámara? ¿Y por qué tanta atención en el vaso? Además de plantear innumerables inquietudes, la secuencia establece las preocupaciones de Saura y su estrategia para explorarlas. “Cría Cuervos” es muchas cosas a la vez, pero su foco pricipal tiene que ver con la muerte biológica de los seres humanos y muerte alegórica de un régimen militar. También sobre como la herencia de las generaciones pasadas se transfiere a su descendencia, aún cuando nadie esta poniendo atención.

“Cría Cuervos” refleja el momento específico que vivía la sociedad española. El gobierno militar, decadente y reaccionario, moría con Franco. La nueva generación negociaba la incertidumbre del momento, con la herencia ideológica que les habían dejado. Ana (Ana Torrent) y sus hermanas, Irene (Conchita Pérez) y Mayte (Mayte Sánchez) están atrapadas en una casa burguesa venida a menos, con un jardín que crece como jungla salvaje, y una piscina agrietada y vacía. Los adultos que quedan en su vida son tres mujeres: la tia Paulina (Mónica Randall), quien ha heredado la tutela de las niñas; la criada Rosa (Florinda Chico); y la abuela materna (Josefina Diaz), confinada a una silla de ruedas, muda y desmemoriada.

Podemos definir tres líneas argumentales. Las tres se resuelven, más o menos, en el curso de un langoroso verano. En la primera, la pequeña Ana descubre la finalidad de la muerte – su incapacidad para controlarla. En la segunda, se arma la historia del matrimonio de los padres, socavado por infidelidad y los roles tradicionales de género. En la tercera, la tia Paulina lucha por acomodarse como madre suplente, a la vez que se enfrasca en un romance con un hombre casado. Los contornos de estas corrientes narrativas son difusos, e inevitablemente se mezclan entre sí.

MUERTE PARA NIÑOS

No tenemos una referencia directa sobre la edad de las niñas. Torrent tenía 9 años cuando filmó la película. Pero las tres hermanas permiten cubrir todas las etapas de conciencia: Mayte, pequeña e inocente, es instintiva y pre-intelectual. En una escena cómica y conmovedora por partes iguales, trata que su hermana mayor le explique como funciona la muerte, tras la desaparición del cobayo Roni.

Mayte: “¿Que pasa cuando alguien se muere?”
Irene: “Dejame en paz, anda”
Mayte: “Anda, no seas así, yo otras veces a ti te he hecho un favor”
Irene: “No le pasa nada, ¡que se muere!”
Irene: “¿Que se muere? Es que yo no comprendo una cosa, que como se muere”
Irene: “¡Yo que se!”

Créanme. Es divertido. La creciente exasperación de Irene y el desconcierto de Mayte son genuinos. También emotivo, y un poco siniestro. Saura tiene un exquisito humor negro, que despliega a lo largo de toda la película. Su tratamiento de los personajes infantiles es sensible y respetuoso. Las niñas están alejadas del prototipo de actor infantil que ahora favorecemos. Esos monosabios en miniatura, que siempre tienen a mano un chascarrillo apropiado para poner en su lugar a los adultos que le rodean.

Irene está en la cúspide de la adolescencia. Durante los juegos infantiles se prueba un sostén de su tía, y le escribe cartas de amor a un niño que vive en el edificio de enfrente. O al menos, fantasea con hacerlo. Recorta fotos de artistas y vedettes en revistas de moda, para arman un album personal de feminidad idealizada. Para bien y para mal, esas fotos ofrecen un modelo a seguir.

Ana, desde el futuro: Chaplin también interpreta a Ana adulta.

Ana, desde el futuro: Chaplin también interpreta a Ana adulta.

El punto de vista de Ana gobierna la película. Ella esta presente en virtualmente todas las escenas. Aún no tiene esas preocupaciones con su cuerpo y su imagen. Y se encuentra en una etapa en la cual el entendimiento de la finalidad de la muerte no esta firme aún. A través de su punto de vista, Saura hace colapsar los límites entre realidad e imaginación; presente, pasado y futuro. Con Ana, nos movemos en un sólo plano de existencia. El espectador tiene que descodificar las pistas. Sabes que es verdadero y que no. O hacerlo realmente no importa. Para Ana, lo imaginario es tan tangible como lo real. En una escena sorpresiva, un simple movimiento horizontal de cámara nos hace pasar de Ana niña, recuperan su lata de bicarbonato, a Ana adulta (también interpretada por Chaplin), meditando sobre el pasado. Ve directamente al lente, efectivamente rompiendo la cuarta pared que separa al espectador de los actores. Pero sus reflexiones son difusas e inconclusivas. Más que aclarar lo que sucede, aporta otra capa de incertidumbre, y menoscaba cualquier impulso por idealizar a la niñez.

Tome nota de como la madre aparece en casi todas sus escenas con el mismo vestido. Es, probablemente, el vestido que más le gustaba a la niña, aunque nunca nadie remarca eso verbalmente. Sólo en las fotografias aparece con otros ropajes – registrar la imagen limita su maleabilidad -, y en la escena en la cual la madre agoniza. Ana entra al cuarto y confronta a la mujer, retorciéndose de dolor en la cama. No sabemos que enfermedad la extinguió, pero trapos empapados de sangre se posan ominosamente en una palangana. La mujer alucina y comparte su desesperación:

“Todo es mentira. ¡No hay nada! ¡No hay nada! Me han engañado. Tengo miedo. No quiero morir…”

Esto no debe haberle caído en gracia a los católicos conservadores que conforman la base franquista. La ausencia del vestido insignia delata este episodio como un recuerdo. Cuando Ana comanda la presencia del fantasma de la madre, ésta siempre lleva la prenda insignia, e interactua con ella de manera juguetona. Aquí, la moribunda le habla como a una extraña. La escena resulta chocante también porque la sensibilidad contemporánea nos motiva a “proteger” a los niños de un conocimiento tan descarnado con la muerte.

Ana esta convencida de que tiene poder sobre la vida y la muerte. Le desea la muerte a la tía que inevitablemente debe suplantar a la madre ausente. En la secuencia más desgarradora, Ana fantasea que la madre la acurruca en la cama contándole el cuento de “Almendrita”. Poco después, la tía Paulina trata de hacer lo mismo, con el mismo cuento. El esfuerzo de la tía, y su infectividad, quedan manifiestos.

Durante un paseo, Ana “ejecuta” a sus hermanas al perder en un juego de escondidas, sólo para revivirlas mediante la oración del Ángel de la Guarda. Guarda una lata de bicarbonato que la madre le ordeno botar. En broma, le dijo que era un veneno poderoso. Incapaz de decodificar el tono irónico, Ana toma la información literalmente. El “veneno” también alimenta una de las secuencias más divertidas de la película. Al notar el desconcierto de su abuela senil, Ana le ofrece eutanasia piadosa.

EN EL NIDO DE LA MUJER

Las tres niñas se enfrentan a referentes de feminidad que pertenecen al pasado: la madre muerta, destruida por la insatisfacción de su rol tradicional. La tía Paulina, que por su condició de soltería, debe asumir el cuido de la madre anciana y las sobrinas huérfanas. La abuela, incapaz de comunicarse y moverse. Rosa, la criada, es definido como un personaje entrañable. Es la única adulta que le habla a Ana con desenfado sobre la vida, la muerte y el sexo. Su actitud contrasta con la actitud dominante de Paulina. Pero todas ellas son inadecuadas como modelos para la nueva generación.

Ternura infantil: "¿Te quieres morir?"

Ternura infantil: “¿Te quieres morir?”

Tome nota de como la abuela y Rosa comparten el motivo musical de la canción tradicional “Maricruz”. Rosa la canturrea mientras trabaja. A la abuela se la recetan en un disco que contiene una versión interpretada por Imperio Argentina, la actriz y cantante de ferviente afiliación franquista. El compartir esta clave musical las marca como pertenecientes a la vieja generación, mas conectadas con el pasado que con el futuro.

En contraste, la otra clave musical importante es “¿Por Qué Te Vás?”, una balada pop moderna (para 1975) compuesta por Jose Luís Perales e interpretada por la cantante británica Jeanette, quien tuvo una inusual carrera cantando en español. La canción tiene un ritmo hipnótico y repetitivo. Es el tipo de composición que un niño escucharía hasta la saciedad, y es eso lo que hace Ana, reproduciendo un disco de 45rpm en su tocadiscos portátil. La voz aniñada de la cantante casi anula el caracter romántico de su lamento ante un amante que la ha abandonado. Para Ana, esta es una balada fúnebre que invoca su sensación de abandono ante la desaparición de la madre. Es peligrosamente pegajosa. Denle play, y se les quedará metida en la cabeza por un mes.

La Tía Paulina es un personaje fascinante. En una entrevista brindada por Geraldine Chaplin para incluirse como extra la edición de la película en la Colección Criterion de EEUU, la actriz confiesa haberse equivocado al escoger el papel de la madre y no el de Paulina. Es fácil etiquetarla como un personaje negativo, pero en realidad, complementa la historia de la madre a la hora de poner en perspectiva la factura que el franquismo le pasaba a la mujer.

La suerte de la soltera: Tia Paulina también sufre.

La suerte de la soltera: Tia Paulina también sufre.

Sin marido, Paulina no puede hacer nada más que cuidar de los demás. Son obligaciones impuestas por los roles de género de la época. Con razón es infeliz, y cree encontrar un refugio en un furtivo romance con Nicolás (Germán Cobos), el esposo de Amelia (Mirta Miller).

Amelia es la misma mujer que estaba en la cama con el padre de Ana al momento de su muerte. Descubrimos este dato temprano, durante la secuencia del velorio. Ana se resiste a besar el cadáver, posado en su ataud y rodeado de militares. Amelia entra en el cuarto, y un zoom hacia ella cierra la escena con un signo de exclamación. Películas menores equipararían su sensualidad con la villanía, pero en el universo de “Cría Cuervos” es simplemente otra mujer buscando inútilmente la felicidad. Una segunda aparición de Ana adulta la exime de culpa, y la compara positivamente con la madre muerta. Ana adulta, al menos, entiende como su padre pudo caer en la tentación.

Dos matrimonios y una solterona, cruzándose entre la vida y la muerte. El pentágono romántico que une a Anselmo, María, Nicolas, Amelia e Irene, podría funcionar para una comedia griega o una tragedia. Aquí, es el resultado de la represión emocional que emana de un régimen comprometido con una anquilosada estructura social. Y aunque los adultos se disfracen de uniforme, se aprendan sus líneas y cumplan los rituales domésticos, terminan por satisfacer sus deseos.

DE PADRES (Y MADRES) A HIJOS

Ana es la más preocupada en lídiar con la herencia de sus padres Una conversación con Rosa nos aclara que ambos se extinguen en menos de un año. Sin embargo, para Ana no se han ido. Entran y salen de su realidad, en la casa y fuera de ella. Nunca nadie los identfica como fantasmas. Algunos episodios tienen la impronta del recuerdo. Cuando Rosa le cuenta sobre la lascivia de su padre, el “presente” se convierte en “pasado” cuando el hombre entra en escena y procede a acariciar el pecho de Rosa a través del cristal que esta limpia. Fuera de cámara, Ana va a traer a su madre para que atestigue el momento. La actitud de Rosa, que pasa del resquemor a la correspondencia, matiza su personaje. El lenguaje corporal de Anselmo, pasando de la lascivia al arrepentimiento vergonzante, es un inesperado repunte cómico.

Idilio doméstico: Anselmo y Rosa mezclan trabajo y placer.

Idilio doméstico: Anselmo y Rosa mezclan trabajo y placer.

La herencia funesta de la generación anterior tiene su manifestación más gráfica en un par de escenas que pueden interpretarse como el climax de la película. Rosa y las niñas limpian la oficina del padre muerto, y cada una de ellas reclama propiedad sobre algunos artículos. Ana toma una pistola Luger, mientras que Irena confirma la especie, declarando suyo un rifle guardado en una vitrina, y Mayte la bandera de la Legión. Ana, buscando validación, invade la sala de estar donde la Tía Paulina recibe la visita de su pretendiente. Después de la sorpresa inicial, una tensa negociación tiene lugar entre Antonio y Ana. Nicolás (German Cobos) finalmente recupera el arma, confirmando que estaba cargada. La bofetada que Paulina propina a Ana es tan cochante como un balazo.

Amantes en la mira: Ana apunta.

Amantes en la mira: Ana apunta.

Este episodio termina de convencer a Ana de la necesidad de “envenenar” a su tía. Un vaso de leche cargado de bicarbonato tendría que bastar. Ana se lo presenta solicita a Paulina, quien lo bebe sin reparo. En la noche, Ana visita el cuarto e interpreta el sueño de la mujer como la muerte. Su sonrisa satisfecha es hilarante. Tomando el vaso de la mesa de noche, Ana repite el ritual del principio, lavando el vaso y confundiéndolo en la bandeja con los demás.

Calcio y algo más: la suerte esta echada para Tía Paulina

Calcio y algo más: la suerte esta echada para Tía Paulina

Así, podemos concluir que ella piensa que ha matado a su padre, sin ningún sentido de culpabilidad. La coincidencia del infarto la ha convencido de que tiene el poder de matar. A la mañana siguiente, su desencanto es patente cuando confirma que Paulina ha sobrevivido. La pérdida de la inocencia jamás había sido retratada de manera más siniestra.

EPILOGO: TRES SON MULTITUD

Mientras las niñas desayunan, Irene relata una pesadilla que confirma el desamparo emocional de las niñas. Unos bandidos la han secuestrado, y son incapaces de contactar a los padres. Justo cuando van a matarla, despierta. Para esta generación, los adultos son incapaces e incalcanzables.

Somos legión: Ana, Irene y Mayte marchan al futuro

Somos legión: Ana, Irene y Mayte marchan al futuro

Finalmente, las niñas salen de la casa hacia la escuela, solas y libres por la calle. El ritmo marcial de “¿Por qué te vas?” marca su paso. Al acercarse a la escuela, se confunden con las demás niñas. La cámara se detiene en una escalera, y Ana camina fuera del encuadre. Las siluetas oscurecidas de otras niñas cruzan la pantalla. Es la manera de sugerir que cada una de ellas tiene una historia similar. Ana, Irene y Mayte, fundidas en la nueva generación, avanzan sin mirar atrás hacia un futuro incierto.

“Cría Cuervos” ganó el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes, 1976. En EEUU, fue nominada al Globo de Oro en la categoría de Mejor Película Extranjera, 1978.
Disponible en video en una edición de la Colección Criterion.