Para leer después de ver “DUNKIRK” (Christopher Nolan, 2017)

Soldado sin nombre: el estoicismo heróico impera en “Dunkirk”

El director Christopher Nolan cultiva sus ambiciones artísticas con este espartano filme bélico que reproduce el asedio de las tropas aliadas en la bahía de Dunkerque en Francia, uno de los episodios más desconcertantes de la II Guerra Mundial. Tras una malograda ofesiva en la Francia ocupada, 400 mil ingleses y franceses se replegaron a la playa, esperando ser evacuados por una marina británica diezmada, mientras las tropas fascistas los cercaban.

“Dunkirk” inicia in media res. Tommy (Fionn Whitehead) es un soldado raso que recorre con un puñado de compañeros las calles del fantasmagórico pueblo abandonado. Las balas alemanas reducen al grupo. Solo él llega a la playa. Ahí, miles de soldados obsevan el horizonte. Pocos botes llegan. La evacuación puede tomar días. Un silencioso entendimiento con otro recluta (Anaeurin Bonnard) los convierte en cómplices en la difícil misión de sobrevivir. Asumen la posición de camilleros de un herido inconsciente para colarse en un navío a punto de zarpar, pero son expulsados sin mucha ceremonia. Se ocultan en las bases del muelle, pero las bombas hunden el barco. Salvan de una muerte segura a Alex (Harry Styles), quien se les une en sus desesperados intentos por huir. Sobre el muelle, el Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango, espera como cualquier otro soldado. No puede hacer más.

La playa es el escenario de “The Mole”, uno de tres capítulos que corren paralelos, repartiéndose el breve y eficiente metraje de apenas una hora y 42 minutos. Los otros son “The Sea”, protagonizado por los tripulantes de uno de cientos de botes civiles, requisados por el ejército para colaborar en la evacuación: el Sr. Dawson (Mark Rylance) dispone hacer él mismo el viaje, en lugar de simplemente entregar el barco a oficiales de la marina. Le acompañan su hijo adolescente, Peter (Tom Glynn-Carney), y un amigo de la escuela, George (Barry Keoghan). “The Air” sigue a los pilotos de tres aviones Spitfire, encomendados con la tarea de proteger a los hombres en tierra del fuego enemigo. Tom Hardy es un galante piloto, pero su cara permanece cubierta durante la mayor parte de su tiempo en pantalla, con una máscara que recuerda a Bane, el archivillano de “The Dark Night Rises” (Nolan, 2012). El poder de estrella se maneja al mínimo. La voz de Michael Caine (el mayordomo Alfred in su trilogía de “El Caballero de la Noche”) guía a los aviadores. Con eso tendrán que conformarse los fans de Batman.

Créanme, ¡debajo de esta máscara está Tom Hardy!

La carnicería se mantiene fuera de cámara. No verá el morboso fetichismo de la carne mancillada de “Hasta el Último Hombre” (Mel Gibson, 2016), donde la violencia se explota para reafirmar el sacrificio de los protagonistas. El estoicismo de los personajes se traduce a la puesta en escena. El director asume el carácter del británico flemático. Quieren acelerar tu pulso como si estuvieras a la par de los hombres, luchando por sobrevivir, a la par de ellos, pero sin convertir la experiencia en un espectáculo vulgar. Compare como se presenta el mismo episodio histórico en “Atonement” (Joe Wright, 2007). La novela original de Ian McEwan dedica un capítulo entero al paso del protagonista, el soldado Robbie Turner, a través del dantesco escenario. En la película de Wright, la dramatización del capítulo tiene como corazón una vistosa secuencia de una sola toma, con la cámara serpenteando a través de una multitud de actores y extras ejecutando una intrincada coreografía. Hay algo de exhibicionismo en su virtuosismo. “Dunkirk”puede verse como una refutación estilística a estas decisiones creativas. No verá tampoco el celo documental que Steven Spielberg desplegó en su dramatización del desembarco de Normandía en el inicio de “Saving Private Ryan” (1998).

Solo los veteranos de guerra pueden testiguar sobre la fidelidad de la visión a la experiencia real. Para todos los demás espectadores, nuestro referente son otras películas. Esa suerte de “realismo” suele ser mas apreciado que la estilización. Aquí, Nolan retrata la muerte como una especie de extinción cósmica. Una bomba cae sobre el muelle atestado de soldados. No vemos miembros cercenados, no escuchamos gritos. Simplemente, los hombres, y el pedazo de madero sobre el cual estaban, quedó borrado de la faz de la tierra. ¿Por qué la ausencia de sangre es rechazada? Puede encontrar en redes a muchas personas decepcionadas con este tratamiento. Quizás esperaban la cámara hiper kinética de los filmes de super héroes, aunada a violencia gráfica. Este es un caso claro de espectadores insatisfechos porque un artista decide desafiar las expectativas del público.

Harry Styles, en su estado natural, cantando con One Direction

Tome nota del uso que Nolan hace de Harry Styles. Si usted no sigue el mundo de la música pop contemporánea, tiene que saber que es miembro del grupo musical One Direction. Entre el 2010 y el 2016, fueron uno de los actos más populares alrededor del mundo, principalmente con el público adolescente. El casting de uno de sus miembros más carismáticos, en su debut como actor dramático, es visto como un golpe de suerte comercial. Sin embargo, Nolan se resiste a convertir su aparición en un evento. No hay floridos movimientos de cámaras en su introducción, ningún guiño estilístico que reconozca su status de celebridad. Con el pelo teñido de color oscuro, bien puede ser irreconocible incluso para sus fans más acerrimos. Es, simplemente, un soldado más.

Harry Styles, estilo soldado de “Dunkirk”.

El tratamiento va de la mano con la presentación de Tom Hardy, casi siempre cubierto con la máscara de aviador. Su único close-up glamoroso se presenta al final de la película. Es, incidentalmente, un momento triunfal con matices de derrota. Ha logrado aterrizar su avión sin gasolina. Siguiendo las reglas, lo quema para que el enemigo no lo recupere. Las llamas doradas, como un sol cenital, sirven de fondo cuando los alemanes – fuera de cámara – lo toman prisionero. La derrota jamás se había visto más gloriosa.

Estoy casi seguro que nunca vemos el rostro de un soldado alemán. En cada escena, el punto de vista se concentra insistentemente en los ingleses. En las escenas de combate aéreo, no cortamos al alemán en la cabina contrincante. El antagonista de “Dunkirk” es el héroe mismo. El miedo, y el afán de sobrevivir a cualquier precio, echa a pelear a los soldados del mismo bando. Tome nota de como los aliados se atrincheran en su nacionalidad si eso les da una ventaja. Soldados británicos le niegan espacio en los botes británicos a los franceses. Un sobreviviente traumatizado provoca un accidente fatal. Además de comprometerse con el momento histórico, Nolan logra insertar en este retrato coral sus preocupaciones éticas, que ya han figurado en otras películas. Cuando los soldados atrapados en un barco que debe liberar peso muerto debaten a quien tirar por la borda, la escena recuerda el diabólico desafío que el Guasón (Heath Ledger) impone sobre los pasajeros de un ferry en “The Dark Knight” (Nolan, 2008). Los desafíos éticos de la sobrevivencia nos conducen por el lado oscuro de una gesta heroica.

Nolan siempre ha gustado de alterar el tiempo lineal. El desconcierto es una arma más en su arsenal. El truco que activa en “Dunkirk” es modesto en comparación a la disrupción onírica de “Inception” (2010), la prestidigitación dramática de “The Prestige” (2006), y las narrativas invertidas de “Memento” (2000). Aquí, nos damos cuenta que “The Mole”, “The Sea” y “The Air” no son una narración paralela tradicional, cuando el soldado sin nombre interpretado por Cillian Murphy aparece por segunda vez. La primera vez, es rescatado por el Sr. Dawson cuando lo encuentran flotando sobre los restos de un naufragio. Unas escenas después, está a bordo de ese mismo bote, a millas de distancia, en la costa de Dunkerque. Queda claro que si el rescate de Dawson es “el presente”, la escena en la cual le niega a Tommy y sus amigos espacio en el bote, es “el pasado”. El episodio de aviación corre su propio cauce, y la misión habría iniciado apenas horas antes del desenlace. El asedio de Dunkeque duró casi una semana. La acción de la película puede desarrollarse en un par de días.

El truco puede justificarse como un intento por duplicar en el espectador el estado de desconcierto de los soldados traumatizados. En términos utilitarios, alínea el momentum de las historias y sus puntos de climax. Pero también tiene un efecto negativo: pone en evidencia el artificio detrás de una película que se precia por su pretendido “realismo” e inmediatez. Y puede ser una distracción que lo saque del espacio mental “usted esta aquí”. La experiencia pasa de visceral a cerebral. Armar el rompecabezas puede tener un efecto alienante de la acción en el teatro de operaciones.

Nolan: “OK, Ken…recita todos los números mirando para allá”

Así como no vemos alemanes, tampoco vemos a Churchill debatiendo el curso a seguir en Londres. El Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango en el lugar, representa al poder. Y está reducido a esperar como cualquier otro soldado. No puede hacer más. Su situación subraya el desempoderamiento de la tropa, pero también es el flanco más débil de la película. Peor aún, es el Basil Exposition – según la taxonomía de “Austin Powers”, es un personaje secundario convertido en herramienta para transmitir información de contexto que el espectador puede necesitar para entender que pasa, y porqué -. En el otro extremo tenemos a otra estrella del teatro inglés, Mark Rylance. Sus películas con Steven Spielberg – incluyendo “Puente de Espías” (2015), por la cual ganó un Óscar a Mejor Actor de reparto – lo han catapultado al reconocimiento internacional, mas allá del mundillo teatral. Su actuación es parca y concisa. No verá grandes despliegues emocionales, pero va al corazón de la agenda de Nolan: tomar medida del sacrificio, y seguir adelante.

Estrategia civil: Rylance comanda su bote rumbo a “Dunkirk”

“Dunkirk” no es un filme bélico tradicional, especialmente por la manera deliberada en que le baja el perfil al triunfalismo, o más bien, a la luz de la derrota, nos obliga a reformularlo. Los mismos soldados del bando aliado pueden matarse entre ellos, o privar a un colega de la oportunidad de sobrevivir. Los que llegan con vida al final de la película, van seguros de que serán recibidos como parias. El climax de la película, su modesta versión de final feliz, se presenta cuando dos de ellos caen en la cuenta que los civiles que golpean las ventanas de su tren no quieren insultarlos. Les pasan botellas de cerveza y les felicitan. La mera sobrevivencia es, por el momento, el único triunfo que necesitan. No verá las ceremonias de imposición de medallas de “Hasta el Último Hombre”; o la visita de sobrevivientes a la tumba de hombre que les salvo en “Saving Private Ryan”. No habrán grandes desfiles. No aún, por lo menos. Es puro estoicismo británico: sobrevivimos, la guerra sigue. Nos nos felicitemos mucho, todavía.

En espíritu y forma, “Dunkirk” tiene una deuda con “Overlord” (Stuart Cooper, 1975), película que seguía a un soldado en su rutina normal, en los días previos al desembarco en Normandía. La diferencia está en que Nolan no introduce material de archivo en su película, y concluye en esa nota celebratoria que lo acerca a los despligues emotivos de Spielberg en la conclusión de su “Saving Private Ryan” (1998). La guerra es un infierno, pero si sobrevives, quizás alguien agradezca tu sacrifico con una cerveza bien helada.

Episodio por episodio, la película funciona como una cadena de piezas de suspenso, apoyada en la adrenalina pura de la música de Hans Zimmer. Tenía buen rato de no quedarme en el borde del asiento, como en la secuencia temprana en la que Tommy y su colega tratan de usar al herido como su pasaporte a casa.

Nolan filmó “Dunkirk” en el antiguo formato de 65 mm, y cabildea por la proyección de copias en celuloide expandidas a 70 mm. De esta manera, se alínea con otros directores de alto calibre que en reacción a la digitalización, usan su capital para trabajar en el formato que Hollywood desechó. A este club exclusivo pertenecen también Quentin Tarantino con “The Hateful Eight” (2015), y Paul Thomas Anderson con “The Master” (2012). Es un poco tarde para ello. Los grandes estudios han triunfado en sus esfuerzos por imponer la trasición digital. “Dunkirk” se proyecta en los teatros que aún cuentan con los proyectores adecuados. Son pocos, y existen solo en ciudades grandes del mundo desarrollando. Lo que la resistencia del celuloide ha creado es un sistema de castas. Un puñado de ciudadanos del primer mundo tiene acceso a cines que proyectan en 70 mm. Mas abajo en el escalafón están los que tienen acceso a proyecciones en formato IMAX. Las masas – y los nicaragüenses – tendrán que conformarse con el estándar de proyección digital en DCP (digital cinema package). Quisiera atrincherarme con los puristas, pero los hombres de negocios han decidido por nosotros. Como los sobrevivientes de “Dunkirk”, fueron derrotados pero siguen peleando.

CINE FORO: “EL ÁNGEL EXTERMINADOR” (Luis Buñuel, 1962)

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Es imposible sintetizar la carrera de Luis Buñuel en un puñado de películas. Pero el tiempo y las leyes nos obligan a hacerlo. Con el ciclo “Las Edades de Buñuel”, pretendemos repasar las diferentes etapas de su carrera. Los cortometrajes nos permitieron encajar décadas de experiencia en una sola jornada. Con “El Perro Andaluz” (1929) y “Las Hurdes” (1933) tocamos base en sus inicios. La inconclusa “Simón del Desierto” (1965) es atípica de su etapa mexicana, pero fue la mejor opción para completar la primera noche de este breve festival.

La proyección de “El Ángel Exterminador” (1962) tuvo que ser retrasada una semana por la alerta sísmica que mantuvo en vilo a toda Nicaragua. Casualidad harto apropiada para esta comedia surrealista que 52 años después de su estreno, sigue siendo tan válida como en la noche de su estreno. La premisa es francamente perversa: un grupo de elegantes burgueses se reúnen para cenar, pero al terminar la velada, no pueden abandonar el elegante salón de su anfitrión. No hay ningún impedimento físico, simplemente…no pueden salir.

Poco a poco, el estupor da paso a la irascibilidad y el salvajismo. La máscara de la civilidad cae, y los cautivos se convierten en fieras prestas a devorarse entre si. Buñuel no solo satiriza la hipocresía burguesa, también juega con el espectador y sus expectativas sobre como deben armarse y consumirse una película. Nos reta a aceptar las reglas de juego que el impone. Lanza símbolos al azar sabiendo que estamos desesperados por construir significado y progresión narrativa. Hay un método en su locura, pero no es el que estamos acostumbrados a aceptar como satisfactorio. Su lógica es la de los sueños, o más bien la de las pesadillas. Sociedad, familia, matrimonio, iglesia, clases sociales…todas las instituciones que sirven de base a la civilización reciben su dosis de sorna. Esta es una película coral en el sentido más estricto de la palabra. Silvia Pinal es la estrella más reconocible, pero todos y cada uno de los actores tiene su momento. Dentro de sus confines físicos, la película es densa en eventos y ocurrencias. Una sola línea de diálogo, que puede pasar desapercibida, ilumina un prejuicio. Cuando la Valkiria (Pinal) lanza un cenicero contra una ventana, un hombre justifica ruido del cristal roto culpando por la fechoría a “algún judío que pasaba por ahí”. Dos elegantes caballero son presentados en tres ocasiones seguidas, y son demasiado educados como para romper la charada de aceptación social. Una elegante dama guarda plumas y patas de gallo en su cartera, pero eso no la inhibe de alucinar con el Papa cuando el hambre aprieta.

¿Y que significa todo esto? Pues, lo que usted decida que significa. Buñuel ha creado una especie de test Rorscharch fílmico. Un espejo quebrado en el cual nos reflejamos con monstruosa multiplicidad. Pero nada que yo pueda escribir le hace justicia al negro sentido del humor de la película, y su juguetón ingenio. “El Ángel Exterminador” es el tipo de película que recompensa múltiples visitas, en diferentes etapas de la vida.

En una entrevista reciente, Silvia Pinal aseguró que con esta película, Buñuel habría vaticinado la cultura del reality show, y la idea tiene perfecto sentido. Los personajes se someten a un confinamiento voluntario, exhibiendo sus peores instintos en una brutal lucha por sobrevivir, todo para el entretenimiento de un espectador cómplice. Ese espectador cómplice somos todos nosotros. Acaso también vaticinó otro sub-género popular hoy día: el filme-acertijo, que nos reta paso a paso para encontrar el sentido de un rompecabezas, sólo para obligarnos a re evaluar todo lo que creemos saber a la luz de un inesperado y sorpresivo giro final. Piense en “The Usual Suspects” (Bryan Singer, 1995), “The Sixth Senses” (M. Night Shyamalan, 1999), “Memento” (Christopher Nolan, 1999) o “Inception” (Nolan, 2010). Pero a diferencia de estos directores contemporáneos, Buñuel no quiere complacernos con un final reconfortante. Mantiene el suelo moviéndose bajo nuestro pies. Su giro final tuerce la trama para que esta serpiente se trague su propia cola. “El Ángel Exterminador” nunca termina su trabajo.

En su autobiografía “Mi Último Suspiro”, Buñuel reveló que la película había sido concebida para filmarse en Inglaterra. México no poseía la rancia burguesía que el quería torturar. Sin embargo, las realidades económicas de la industria del cine lo obligaron a trabajar en su tierra adoptiva. La incongruencia social se convierte en otra estocada hacia la ilusión auto-complaciente de los privilegiados. “El Ángel Exterminador” es un genuino clásico de la cinematografía mundial. Ni siquiera Buñuel pudo escapar de él, filmando una especie de secuela espiritual en “El Discreto Encanto de la Burguesía” (1972). En ella, un grupo de burgueses desean reunirse para comer, y nunca pueden hacerlo. Es el otro lado de esta moneda. “El Ángel Exterminador” anticipa los juegos narrativos que distinguen a la tercera etapa de su carrera, escenificada en Europa. También ocupa un lugar especial en el imaginario cinéfilo. En la reciente “Midnight in Paris” (Woody Allen, 2011), un guionista contemporáneo viaja mágicamente en el tiempo al París de los años 20s. Vagabundeando en la bohemia de la época, se encuentra con Dalí y Buñuel en un café. Se atreve a sugerirle la trama de la película: un grupo de gente se reúne para cenar, y al final, nadie puede irse a su casa. “¿Por que no pueden irse? ¡No entiendo!”, dice el joven Buñuel. Buen chiste, Woody.

* “El Ángel Exterminador” se presenta este lunes 28 de abril en el Cine Foro del Centro Cultural de España en Nicaragua. Managua, de la 1ra. Entrada de Las Colinas, 7 cuadras al sur. Entrada completamente gratuita.