“OCEAN’S 13” (Steven Soderbergh, 2007)

“OCEAN’S 13” (Steven Soderbergh, 2007)

Juntos para un último golpe: Damon, Clooney y Pitt en “Ocean’s 13”

Alguien describe a Danny Ocean (George Clooney) y su compinche Rusty (Brad Pitt) como “jugadores análogos en un mundo digital”. Lo mismo puede decirse del director Steven Soderbergh, que por una tercera, gratuita vez, trata de revivir el pasado usando las herramientas del presente. En el 2006, se ciñó a las restricciónes técnicas de los estudios de Hollywood en su era dorada para crear “The Good German”, un homenaje a “Casablanca” (1942) recibido con indiferencia.  Su otro ejercicios de nostalgia, centrado en el personaje de Danny Ocean e inspirado por una vieja película de Frank Sinatra, ha sido mas afortunado. Por eso se ha convertido en una serie que comercialmente amerita una tercera entrega.

“Ahora son 13”  reune a la pandilla de Danny Ocean para escarmentar a Willie Bank (Al Pacino), un millonario que los ha ofendido al estafar a Rueben (Elliot Gould) en la construcción de un casino. El agravio lo deja en la cama, al borde de la muerte. Durante dos horas que pasan volando, los bribones ejecutan una complicada trama concebida para hacer quebrar a Bank en la mismísima noche que inaugurará su casino.

La película es una distracción superficial, y es en la superficie donde están sus placeres. La pantalla dividida en varios fotogramas nos lleva de regreso a “The Thomas Crown Affair” (Norman Jewison, 1968). La música viene de los tempranos 70s. La secuencia de créditos animada, estilizada y minimalista, parece rescatada de la bóveda de Saul Bass. Soderbergh esta incluso nostálgico por sus propios ejercicios revisionistas. En una discreta escena, Clooney y Pitt conversan de día, frente a la fuente del casino Bellagio. En el fondo se escuchan quedamente los acordes de “Clair de Lune”, de Debussy, en una versión de bajo perfil. Tiene que esforzarse por oirla. Contraste eso con el momento culminante de “Ocean’s 11”: después de ejecutar su original gran estafa, la pandilla se reune silenciosamente en ese mismo lugar, de noche. En el fondo se escucha una versión sinfónica de “Clair de Lune”. Uno a una se van, sin decir palabra. La música se extingue cuando el último estafador abandonaba la fuente, al momento que la imágen se desvanecía a negro. Todavía se me pone la carne de gallina al recordar la escena. Y todavía me hierve la sangre al recordar como Soderbergh saboteó esa pequeña joya del escapismo cinematográfico al no terminar la película en esa nota sublime, pegostreando a continuación un epílogo que solo servía para justificar una secuela. O dos. La nueva escena diurna tiene un efecto agridulce. Se puede visitar los mismos lugares, con la misma gente, pero no se puede regresar el reloj y volver a ser lo que se fue antes.

Esa vena melancólica, y la chispeante camaradería del reparto, la salvan de ser un vacío ejercicio estilístico. Quisiera que Al Pacino hubiera tenido mas oportunidades de explotar su caricatura de Donald Trump con bronceado falso. Que Ellen Barkin hubiera tenido la oportunidad de lucirse como digna rival de estos patanes, sin quedar reducida al papel de accesorio sexy. Al menos, “Ocean’s 13” no cae en la insular caricatura de celebridad de su antecesora inmediata. Soderberg reconoce que sólo puede ser un eco del pasado. Cálido, pero pálido en comparación a la primera vez.

  • Publicada originalmente en junio, 2007.

 

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