“Lions for Lambs” (Robert Redford, 2007) y “In the Valley of Elah” (Paul Haggis, 2007)

“Lions for Lambs” (Robert Redford, 2007) y “In the Valley of Elah” (Paul Haggis, 2007)

El 2007 fue el año en que Hollywood se pronunció sobre Irak. Parecía que cada semana se estrenaba una película de ficción o un documental sobre la guerra, ante la sorpresiva indiferencia del público norteamericano. Ahora, las dos producciones mas amables para el mercado internacional llegan a nuestras pantallas: Paul Haggis, el oscarizado director de “Crash” (2004), ofrece “In the Valley of Elah” . Robert Redford dirige y protagoniza “Lions for Lambs”, a la par del taquillero Tom Cruise y la laureada Meryl Streep. ¿Cómo es posible que talento de este calibre caiga en el combate por “los corazones y las mentes” de la audiencia?

La guerra llega a casa: Sarandon y  Jones en “In The Valley of Elah”

Del racismo al stress post-traumático

Si antes Haggis exploraba la plaga del racismo en una historia plural, ahora concentra el drama de la guerra en la tragedia de una familia: Hank Deerfield (Tommy Lee Jones) es un militar retirado que recibe una inesperada llamada telefónica. Su hijo, un soldado que creía movilizado en Irak, esta en suelo nacional. Ha regresado ileso, pero se le reporta perdido de una base militar. Ninguno de sus compañeros de barracas puede dar razón de su paradero. Hank deja a su esposa (Susan Sarandon) en casa y se lanza a su búsqueda. La fatalidad se materializa cuando la policía encuentra restos humanos calcinados en un páramo desértico. Con la ayuda de una tenaz detective de policía (Charlize Theron), Hank no descansa hasta descubrir exactamente que sucedió con su hijo.

La trama se inscribe firmemente en el formato del drama procedimental televisivo, género que Haggis exploró en los inicios de su carrera. De ahí viene, quizás, la sub-trama de Theron luchando por su espacio profesional en un ambiente de trabajo hostil y misógino. Las escenas funcionan porque ella es una excelente actriz, sin embargo, resulta curiosamente anacrónica si tomamos en cuenta que hay mujeres en el frente de guerra, – y también hubo mujeres actuando en los vergonzosos episodios de Abu Ghraib. Sin embargo, la guerra de Haggis es cosa de hombres. Los soldados que regresan a casa traen el espíritu corroído por la experiencia. Cuando Hank recibe videos digitales tomados por su hijo, rescatados de un teléfono celular, son como mensajes enviados por un alma en pena que no sabe aún que está en el limbo. La fotografía de Roger Deakins trata los modestos ambientes sureños con implacable luz blanquecina. Irak o Estados Unidos, es el mismo desierto. Y el mismo infierno.

Theron lucha por su lugar en la fuerza…y echarle una mano a Jones.

Haggis sigue siendo transparente en su sentimentalismo, y poco imaginativo a la hora de comprometer a sus historias en matrices de agobiante simetría. Sin embargo, tiene buena mano con los actores. James Franco y Frances Fisher brillan en apariciones fugaces. Y sus tres protagonistas elevan la película a un plano superior. Jones hace un equilibrio admirable entre estoicismo y emotividad, sin bajar la guardia jamás. Cuando se derrumba quedamente ante una monstruosa confesión, el golpe emocional tiene una fuerza innegable. Theron es su equivalente femenino en un papel mas esquemático. Sarandon es brillante en sus breves escenas. Cuando ella mira tras una ventana lo queda de su hijo, todas las manipulaciones dramáticas y las consideraciones ideológicas caen a un lado.

Un lamento para los leones

Si algo tienen en común los filmes sobre Irak, es su deferencia por los soldados. Aún cuando se presentan capaces de atrocidades, los realizadores se cuidan de no vilificar a los individuos y asignar la culpa al clima de violencia y amoralidad de la guerra. Quizás para compensar por su fama de izquierdoso, Robert Redford idealiza al máximo a sus tropas. Los “leones” del títulos son dos reclutas voluntarios. Un afro-americano (Derek Luke) y un latino (Michael Peña). Ambos son pobres, valientes e idealistas. Son hermanos en zozobra, hasta las últimas consecuencias, cuando quedan heridos y varados en un pico nevado, después de un infructuoso asalto que estaba supuesto a iniciar una escalada victoriosa en Afganistán. Los “corderos” son los políticos que iniciaron el conflicto, pero también pueden identificarse como tales a los demás personajes: un senador republicano (Tom Cruise) tratando de plantar una historia en la agenda de una periodista (Meryl Streep), un profesor de ciencias políticas (Redford) confrontando a un estudiante desmotivado (Todd Hayes). Mientras los dos soldados se ven cercados por enemigos, los “corderos” hablan sobre los dilemas éticos y políticos que han llevado a los Estados Unidos a esta situación.

Streep entrevista a Cruise,  ambos corderos en “Lions for Lambs”

Hay algo valiente en el verboso compromiso del guión de Matthew Carnahan. Los duelos orales de sus personajes están plagados de ideas inquietantes. Por ejemplo, el flirteo entre el político y la periodista, como un toma y daca entre el poder y los medios que al final le cuesta caro a ambas partes. O el cuestionamiento que el profesor hace a la complaciente apatía del estudiante, que se aleja asqueado de la política, protegido con la popular cantinela de que “todos los políticos son corruptos” y “nada que yo haga puede cambiar las cosas”. Estos no son dilemas exclusivos del contexto actual de los EE.UU. Mientras los cuestionamientos se erigen como espadas en el aire, la película chispea confrontativamente. Los actores brillan en difíciles caracterizaciones, limitadas en tiempo y espacio. Pero a medida que avanza la película, la necesidad de asumir conclusiones y desenlaces dramáticos da paso a un didacticismo de mano pesada, que poco a poco extingue su inquietante espíritu inquisitivo. Menos que un debate estimulante, termina formulándose como el regaño del viejo profesor que todo el mundo se cambia de acera para evitar. Puede estar de acuerdo con lo que dice, pero eso no lo hace menos cargante. Si así se siente en Nicaragua, imagínese como sería para un norteamericano promedio, con todo el bagaje ideológico y emocional que lleva consigo. Con razón prefieren que la realidad no se mezcle con su entretenimiento.

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