“3:10 to Yuma” (James Mangold, 2007)

“3:10 to Yuma” (James Mangold, 2007)

Chistian Bale viaja al viejo oeste en el “3:10 to Yuma”.

Hay suficientes indicios de calidad en esta regresión al viejo oeste como para hacerle creer que esta viendo algo sustancial. Esta basada en una historia de Elmore Leonard, que ya fue llevada a la pantalla por Delmer Daves en 1957. Para empezar, los protagonistas brindan actuaciones ricas en emotividad y carácter. Christian Bale es Dan Evans, un empobrecido veterano de la guerra civil que encuentra una necesaria oportunidad de hacer dinero al escoltar a un peligroso forajido al tren que parte a las 3:10 pm hacia la prisión de Yuma (de ahí, el título de la película). Russell Crowe es Ben Wade, el malandrín en cuestión, un carismático psicópata que cuestiona el sistema de valores de Dan, cuando no esta asesinando a sus captores con un tenedor. El conflicto real de la película esta encarnado en el hijo de Dan (Logan Lerman). El muchacho esta en el punto de la adolescencia en que la figura paternal se desmitifica en toda su falible humanidad. Dan, en bancarrota y con una pierna de palo, no supone un rol masculino a seguir en la ruda frontera. En el peor momento posible, el pobre ranchero se ve eclipsado por la poderosa sombra del bandido. Mientras el convoy avanza por la pradera, apaches renegados merodean en los alrededores, y la banda de Wade les pisa los talones con la intención de liberar a su jefe. En la banda sonora, la música de Marco Beltrami ofrece un infeccioso homenaje al spaguetti western.

Apunta bien: Crowe es modelo de masculinidad para el oeste.

“3:10 to Yuma” calcula a cada paso su potencial y escoge decididamente el camino menos retador. La cámara del director James Mangold es agresivamente pedestre. Esta anclada en la acción, divorciada de cualquier contexto. A Mangold le vendría bien repasar los westerns de John Ford y Howard Hawks. Favorece planos cerrados, escenas rápidas, y acción volátil. Su estilo tiene mas que ver con la televisión que con el cine. Estamos en una historia simplista, de buenos bien buenos, y malos que pueden ser buenos. Lo que Mangold quiere es entretener al espectador ávido de acción, cerrando con el broche de oro de una redención poco convincente. Es sintomático que las mujeres se ven incómodas en sus papeles de remoto objeto de deseo (Vinessa Shaw, como la salonera) o foco de reproche doméstico (Gretchen Moll, como la esposa abnegada). Si no toman una pistola en sus manos, a Mangold no le interesa. Es testamento al trabajo de los actores y la efectividad de la historia original de Elmore Leonard – llevada a la pantalla ya por segunda vez – que lleguemos al final del tiroteo con algo de interés en su desenlace.

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