«TRANSFORMERS» (Michael Bay, 2007)

«TRANSFORMERS» (Michael Bay, 2007)

Mucho código de computadora en forma de robot causa destrucción en «Transformers».

La razón de ser de “Transformers” queda bien clara en el arranque. Después de los emblemas de Paramount y Dreamworks,  en la pantalla aparece el nombre de la compañía Hasbro. Menos que una película, estamos ante un extenso comercial. La estrategia ya funcionó en el pasado. En los 80s, Hasbro produjo una serie de dibujos animados para promover en el mercado norteamericano una línea de juguetes japoneses. Ahora regresan a la pantalla grande, en un esfuerzo cuidadosamente coordinado en el tiempo para atrapar a en plena independencia económica – y mejor aún, con hijos propios – a la generación que en su momento,  obligó a sus padres a comprar los muñecos de robots que se transforman en carros. O carros que se transforman en robots. El concepto es genial. Lástima que no estamos criticando al juguete.

En Quatar, un comando de soldados norteamericanos (incluyendo a Josh Duhamel y Tyrese Gibson) enfrenta el ataque de un helicóptero que se transforma en una máquina completamente distinta. En Washington, el Secretario de Defensa (John Voight) trata de repeler el robo de datos de un pirata cibernético. Mientras tanto, en California, Sam Witwicky (Shia LaBeouf) enfrenta una típica crisis adolescente. No tiene carro propio y las muchachas bonitas lo ignoran. Su padre (Kevin Dunn) lo lleva al autolote de Bobby Bolivia (Bernie Mac), donde adquieren un desvencijado Camaro amarillo con mente propia. Poco a poco, Sam descubre que también puede transformarse en un robot.

En el arranque, el énfasis en los personajes humanos puede hacerle creer que “Transformers” funcionará como una aceptable comedia de acción. Es especialmente prometedor el desempeño de Shia LaBeouf, y la química cómica que genera con cualquier actor que tiene la suerte de compartir la pantalla con él. Pero el factor humano se esfuma a medida que el conflicto robot domina la trama. Robots buenos (Autobots) y robots malos (Decepticons) pelean por un cubo que contiene “la chispa vital”. Han destruido su planeta en el proceso, y ahora la pelea se ha trasladado al planeta tierra. O es que quieren dominar el planeta? A medida que incrementan las aparatosas secuencias de acción, el hilo narrativo se enreda y se pierde. Al final, los humanos son descartados como baterías gastadas, mientras Optimus Prime y Megatron, líderes robots de ambos bandos, luchan a muerte en las calles de la ciudad.

Las secuencias de acción son ruidosas, oscuras y confusas. Para duplicar la experiencia en casa, meta su cabeza en una olla sopera y golpéela con un cucharón. La película  niega el factor de éxito del juguete. No hay interactividad. El niño – o el adulto – es agente de la transformación al cambiar al robot en auto, o viceversa. Ser testigo de la transformación es una actividad pasiva. El equivalente de interactividad en el cine viene en el proceso de estimulación intelectual que captura la imaginación del espectador con una historia resonante, o una conexión emocional con los personajes. Este película explota la nostalgia  y no ofrece nada a cambio, excepto oportunidades de promoción comercial. Todos los transformers buenos se convierten en carros de la última línea de General Motors. No faltan oportunidades para promover al Burger King, las memorias flash Panasonic, etc, etc, etc…

Supongo que no podemos esperar otra cosa de una historia que simplemente nació como un comercial. A lo mas que puede aspirar es a ser otro esperpento taquillero que empieza bien, termina mal, dura demasiado, y promete regresar. Su niño interno estará mejor servido sacando su vieja caja de juguetes de la bodega.

  • Publicada originalmente en julio, 2007.

 

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