“THE DA VINCI CODE” (Ron Howard, 2006)

“THE DA VINCI CODE” (Ron Howard, 2006)

El ser humano vive hambriento de historias. Imponemos estructuras narrativas sobre la vida, el pensamiento y las ideas. Principios, nudos y desenlaces. Testamento al poder de la narrativa es la Biblia misma. Sus celosos guardianes clericales claman que esta siendo atacada por la amenaza del novelista norteamericano Dan Brown. Su libro, “El Código Da Vinci”, ya había sido denunciado en su momento, pero el estreno de la adaptación cinematográfica sube la parada: mas gente va al cine que a la librería. No soy estudioso de la religión, pero si creo que en el escándalo esta el pecado. Como en la mayoría de los fenómenos culturales, la controversia es mas interesante que el producto que la origina.

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“Quédense quietos y sonrían como la Monalisa”: Has y Tautou en “El Código Da Vinci”

Hollywood reclutó a sus mejores hijos para la tarea de crear una película digna del best-seller que vendió 60 millones de copias desde su publicación en el 2003. El director es Ron Howard y el guionista Akiva Goldsman (ganadores del Oscar por “A Beautiful Mind”). Los actores prometen taquilla: Tom Hanks, el mas amable de los prototipos norteamericanos después de Jimmy Stewart, es el intrépido profesor Robert Langdon. Audrey Tautou, la actriz francesa más reconocible del momento gracias a “Amelié” (Jean-Pierre Jeunet, 2001), es la criptóloga Sophie Neveau. Ian McKellen, el héroe/villano de rigor después de anclar las trilogías de “El Señor de los Anillos” y “X Men”, es Leigh Teabing, un intelectual británico experto en la historia del Santo Grial. Todos ellos se ven unidos por el asesinato de un curador del Museo Louvre, perpetrado por un misterioso monje albino llamado Silas (Paul Bettany). 

Los realizadores tratan el texto original con reverencia litúrgica, y por eso condena a la película al fracaso.La novela de Brown, a pesar de su popularidad, es un esquemático ejercicio narrativo, verboso y repetitivo. Su estructura implacable alterna momentos de acción y violencia con conversaciones donde los personajes oportunamente revelan conceptos e informaciones que van hilvanando la trama. Los capítulos son breves – como sincronizados para un viaje promedio en bus…o un viaje al baño – . Cada uno termina en una nota de suspenso fácil, al tenor de “apuntó la pistola y puso el dedo sobre el gatillo”. Brown no deja truco sin usar para obligarlo a seguir moviendo las páginas. Pero la clave del éxito del libro no está en su prosa prosaica, sino en la zalamería con que congratula al lector. Su desfile de datos pseudo-históricos y artefactos culturales crean la ilusión de ser parte de un sofisticado ejercicio intelectual. ¡Da Vinci! ¡El Louvre! ¡La vida secreta de Jesucristo! ¡Este libro apesta a cultura! Pero Brown es en realidad el hermano tonto de Umberto Ecco. Su libro es artesanía queriendo pasar por arte. 

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“Mamá quería un hijo cura, pero sólo puedo ser monje asesino”: Bettany es el piscópata Silas

En lugar de comprometerse con la naturaleza escapista del material, los realizadores embalsaman la trama en su perniciosa verborrea original. Imagine una película donde todos los personajes tienen la enfermedad del villano hablador…y hablan todo el tiempo. También se ven paralizados por la posibilidad de ofender. Los supuestos villanos son, digamos, expiados de sus pecados. Pero igual, Howard y Goldman no quedan bien con nadie. Ni la iglesia ni el Opus Dei les agradecen la deferencia. Los mejores momentos de la película suceden cuando se separan de la línea de Brown, o cuando abrazan la ridiculez innata al material. Un giro final relativo a los posibles descendientes de Jesús le da un choque vital en la recta final. En una escena fugaz, Bettany le deja ir a su Silas un gesto inspirado en el mismísimo Frankenstein de Boris Karloff. Es casi imperceptible, pero alivia por segundos la pesada sensación de importancia de la película…y no creo que los monjes albinos homicidas del mundo se ofendan. McKellen se divierte como el excéntrico Leigh Teibing, Tatou ejecuta el milagro de infundir una caracterización completa en un virtual peón de la historia. Hanks hace lo que puede, pero no logra infundirle personalidad a su héroe por accidente. 

En el balance final, la iglesia católica debería sentirse halagada. La popularidad de “El Código Da Vinci” – libro y película, ambas piezas de entretenimiento desechable – es testimonio del lugar privilegiado que la ideología cristiana ocupa en la mentalidad del ser humano de principios de siglo XXI. Recomiendo al cinéfilo comprometido desviarse de las multitudes hacia “Secreto en la Montaña” (Brokeback Mountain), estrenada sin fanfárria en apenas tres pantallas frente a las doce que monopoliza “El Código…”. El devastador drama dirigido por Ang Lee, sobre dos vaqueros enamorados, es un verdadero fenómeno cultural que no esta gobernado por el dinero. 

* Texto original publicado en mayo 2006.

*  La trilogía inspirada por los libros de Dan Brown, incluyendo “El Código Da Vinci”, está disponible en video casero en este enlace.

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