«THE BALLAD OF BUSTER SCRUGGS» (Joel & Ethan Coen, 2018)

«THE BALLAD OF BUSTER SCRUGGS» (Joel & Ethan Coen, 2018)

Tim Blake Nelson es el pistolero cantor de «La Balada de Buster Scruggs»

La noticia de que los hermanos Joel y Ethan Coen habían firmado con Netflix para producir una serie antológica fue un pequeño terremoto en círculos cinéfilos. Con el tiempo, el proyecto se reconfiguró como una sola película. “La Balada de Buster Scruggs” ya está disponible en todos los territorios donde el servicio de streaming opera. Es tan buena, que no importa que nunca la veamos en la pantalla gigante del cine. Es una de las mejores películas del año. Y quizás sea más poderosa por llegarnos en la intimidad de nuestros hogares.

“La Balada de Buster Scruggs” es la primera parte. Tim Blake Nelson es un pistolero cantor, a punto de descubrir a un contrincante digno de su puntería. En “Cerca de Algodones”, un ladrón de bancos (James Franco) enfrenta complicaciones inesperadas en su último golpe. En “Vale de Comida”, un empresario artístico (Liam Neeson) y su estrella (Harry Meling) buscan una solución a su popularidad menguante. En “Un Cañón de Puro Oro”, un buscador de oro (Tom Waits) busca la veta de su vida en un paraiso natural. En “La Niña que se puso nerviosa”, una joven soltera (Zoe Kazan) encuentra amor y tragedia en una caravana camino a Oregon. “Los Restos Mortales” nos encierra en una diligencia donde un tahúr francés (Saul Rubinek), una piadosa mujer (Tyne Daly) y un cazador furtivo (Chelcie Ross) entablan una siniestra conversación con dos hombres (Jonjo O’Neil y Brendan Gleeson), que llevan el cuerpo sin vida de un forajido entre su equipaje.

James Franco tiene una cita con el destino «Cerca de Algodones».

Duelo a muerte entre película y serie

La ambición por pasar más tiempo en el universo creativo de los Coen me hace lamentar la ausencia de una serie de TV, pero “La Balada…” es un brillante ejercicio narrativo, cuyo poder depende, precisamente, de presentar sus seis cuentos como un conjunto. La muerte es el gran tema unificador, pero la variaciones de tono y estilo dialogan entre sí, con una elocuencia que se perdería en el impredecible flujo de consumo de una serie episódica. El cine es un arte que dispone del tiempo como si fuera una de sus materias primas, y los deliberados contrastes en ritmo también juegan parte en esta sinfonía fúnebre. La primera historia es una abrupta comedia musical. La segunda, una aventura picaresca de fina ironía. La tercera historia supone un cambio de registro importante, desplegando una profunda meditación sobre el ejercicio del arte, el comercio, y como los afecta los vaivenes de la popularidad. La cuarta historia es lenta y contemplativa. La quinta, tiene profundidad novelesca, tan rica, que en menos de media hora se expande ante nuestros ojos como si fuera un largometraje. La historia final va a fondo con su cualidad alegórica.

El manejo de varias historias, temáticamente conectadas pero narrativamente independientes, le permite a los Coen explotar uno de sus talentos más especiales: crear personajes memorables. Sus protagonistas – Marge Gunderson (Frances McDormand), la policía embarazada de “Fargo”; Jeffrey Lebowski (Jeff Bridges), el hombre más perezoso del mundo en “The Big Lebowski”; y el músico fracasado Llewyn Davis (Oscar Issacs) en “Inside Llewyn Davies” – siempre vienen rodeados de un pequeño ejército de caracteres excéntricos, que en una o dos escenas, dejan una marca indeleble. Aquí, virtualmente todos los personajes pertenecen a ese exclusivo club. No sé porqué tomó tanto tiempo que Clancy Brown apareciera en un filme de los Coen, pero esa omisión es rápidamente rectificada. Y Chelcie Ross es memorable, aunque pasé toda su escena pensando que era Ed Harris. Es difícil desarrollar más las ideas sin revelar los giros de la trama, y creo que las sorpresas, cuando se materializan, son parte importante de la experiencia de ver la película. Siga leyendo bajo su propio riesgo, aunque trataré de no anticipar los giros sorpresivos.

Un irreconocible Liam Neeson contempla a su «vale de comida» (Melling)

Arte versus entretenimiento: el poeta versus la gallina

“Vale de Comida”, además de ser un relato conmovedor, comenta sobre la obsolescencia de las manifestaciones artísticas frente al veleidoso interés del público – y por ende el despiadado valor económico de la actividad -.  El elocuente orador (Harry Melling) no puede competir con la gallina que sabe sumar. Pero también, ¿cuantas veces pueden los aldeanos escuchar “Ozymandias”, por muy expresiva que sea la voz del muchacho? Es eterno debate entre el arte con mayúscula, y el entretenimiento. La solución está en películas como esta, donde estos aparentes polos opuestos, coexisten y se funden en un todo. Podríamos extender el tema más allá, extendiéndonos hasta el problema de la preservación y el acceso al piezas de arte/entretenimiento. Recientemente, en EE.UU. se levantó un gran debate cuando Warner Brothers anuncio el cierre del servicio de streaming «Filmstruck», dedicado al cine clásico y filmes artísticos de todo el mundo, vía la Criterion Collection. Imagine que el personaje de Liam Neeson es las Warner Brothers, y que el artista que simplemente no convoca multitudes es el cine arte. Claro, el servicio nunca estuvo disponible en Latinoamérica, pero eso nos introduce en el problema de quien tiene acceso a la cultura. La pertinencia y el valor del arte, así como los implacables cálculos empresariales, se traducen en carne y hueso en «Vale de Comida».

Tom Waits es un guirisero de lujo en «Un Cañón de Puro Oro»

El oro de los tontos

Tome nota de como “Un Cañón de Puro Oro” es articulado como una historia circular. Los peces del riachuelo, el venado y las mariposas, escapan cuando escuchan llegar al guirisero. Nos identificamos con él porque es el único ser humano a la vista – y porque es Tom Waits -; pero ha medida que empieza a excavar agujeros en busca de oro, mancillando el hermoso paisaje virgen, no podemos hacer más que lamentar su emprendimiento. Pronto descubrirá que el hombre es el peor enemigo del hombre, y la naturaleza se regenera, indiferente a nuestros ires y venires. Al final, los peces, el venado y las mariposas vuelven a casa, en una inversión perfecta de la primera toma.

La película utiliza un personaje como elemento unificador. En la primera historia, entre los jugadores del fatídico salón donde entra Buster se encuentra un tahúr francés, interpretado por David Krumholtz. El mismo personaje reaparece entre los pasajeros de la diligencia, en el cuento final. En esta ocasión, lo encarna Saul Rubinek, un veterano considerablemente mayor que Krumholtz. El detalle puede pasar desapercibido. Los Coen han dicho en entrevistas que el uso de dos actores fue una decisión forzada por problemas de agenda durante la filmación. Sin embargo, el contraste opera armoniosamente con los temas de la películas. El espectador que registre la dos apariciones notará los estragos que el tiempo ha causado en el hombre, como si las historias intermedias ocurrieran durante las décadas de vida que separan a los dos actores. Después de todo, el tiempo es el infaltable compañero de la muerte.

Zoe Kazan es «La Chica que se Asustó», y el corazón de la película.

 

En la tierra del mito

Algunos críticos han lamentado que no hay personajes importantes nativo-americanos. Los vemos solo como antagonistas en “La Chica que se Asusto”, sin nombre ni mayor individualidad. Son catalizadores de la tragedia. Creo que es un debate sin salida. Los Coen no están construyendo un documento que revalúe la historia americana y reivindique a los invisibilizados. Ni siguieren están criticando o reintentando el género del western. Yo diría que están utilizando sus elementos de estilo para meditar sobre el problema universal de la mortalidad, y la actitud del ser humano ante la muerte. Críticas sobre el exiguo protagonismo de la mujer quedan desactivadas con el hermoso trabajo de Zoe Kazan, como personaje principal de “La Chica que se Asustó”. La veterana Tyne Daly, como uno de los pasajeros de la diligencia, ofrece un picante retrato de devoción agresiva y auto complaciente.

No hay ironía en la invocación del placer de la creación y el consumo de la narrativa. La película se introduce, literalmente, como un libre de historias, empastado en cuero y con letras doradas. Este recurso solía señalar a las películas como adaptaciones literarias, infundiéndoles prestigio y cachet artístico. Claro, los Coen han escrito el guion, y estas historias solo existen como guiones y ahora, películas. Pero ya antes han jugado con la denominación de origen de sus filmes. “Fargo” arrancaba con la leyenda de que estaba “basada en hechos reales”, aunque este era solo el primer chiste de esa magistral comedia negra. Cada historia inicia con una evocativa ilustración, del tipo que señalaban volúmenes de lujo, de esos que nuestros abuelos – o bisabuelos – compraban como símbolos de estatus.

Rubinek, Daly y Ross viajan en una diligencia con «Los Restos Mortales».

Los Coen saben que se están insertando en la rica tradición del western. No en balde la primera escena nos presenta a Buster (Tim Blake Nelson) cantando en Monument Valley, legendario escenario natural que John Ford insertó en la mitología del oeste, al filmar ahí películas como “The Searchers” (1956). Al escoger la diligencia como escenario para la historia final, conectamos con otro de sus clásicos, “Stagecoach” (John Ford, 1939). Los hermanos ya incursionaron directamente en este género con su magnifica reinvención de “True Grit” (2010); y podría argumentarse que “No Country for Old Men”, su oscarizada adaptación de la novela de Cormac McCarthy, es un western contemporáneo.

La fotografía digital supone una reunión con Bruno Delbonel, suplente del infaltable Roger Deakins en “Inside Llewyn Davis” (2013). Las imágenes adquieren un brillo hiperrealista, que contrasta con el carácter mítico del viejo oeste y sus paisajes evocativos. Todo se ve…presente. En la última historia, pasamos del atardecer a lo más oscuro de la noche, sin más indicio que la luz reflejada en los rostros de los personajes. Todo se ve nuevo y brillante. Es una manifestación visual de que bajo sus ropajes de época, los directores logran que el wester se sienta nuevo otra vez. Diría vital, pero considerando su fascinación con la muerte, el adjetivo se vuelve inapropiado.

  • «The Ballad of Buster Scruggs» (The Ballad of Buster Scruggs) está disponible en Netflix.

 

 

 

 

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