“Asesinato en el Expreso de Oriente” (Kenneth Branagh, 2017)

Todos son sospechosos: “un gran reparto lleno de rutilantes estrellas” a bordo del “…Expreso de Oriente”

Confesión de parte: traigo mucho equipaje a la hora de abordar “Asesinato en el Oriente Express”, la nueva adaptación de la novela de Agatha Christie dirigida y protagonizada por el británico Kenneth Branagh. En mi infancia, tuve una racha obsesiva con las novelas de la autora británica, leyendo frenéticamente cuanto volumen encontraba en mi casa y en la biblioteca del colegio. Eran libros de bolsillo de la Editorial Molino, que se caracterizan por hermosas portadas ilustradas que reproducían provocativamente pistas de la narrativa (¡alguien debería hacer un blog de diseño gráfico recopilando las portadas!). La edición de “El Asesinato en el Expreso de Oriente” que leí había sido lanzada alrededor del estreno de la primera versión fílmica, bajo dirección de Sidney Lumet (1974). Decepcionantemente, carecía del evocativo montaje de pistas. Tenía a Albert Finney caracterizado como el detective Hercule Poirot, frente a una siniestra locomotora. En la contraportada, un mosaico con las fotos del resto del elenco. La película se presentó en Nicaragua en la inauguración del Cine Dorado de Managua. En aquella época no permitían bebés en los cines, así que tuve que conformarme con ver la película al filo de los 2000, cuando fue editada en DVD

Puedo decir orgullosamente que en tres ocasiones descubrí al asesino antes de llegar a las páginas finales – “Némesis”, “Testigo Mudo” y “En el Hotel Beltram”, ¡si tienen que saberlo!-. Eventualmente, agoté los libros disponibles y gravité hacia otras lecturas. No puedo emitir juicios de valor sobre la obra de Christie, pero los críticos aseguran que “Asesinato en el Oriente Express” es uno de sus mejores trabajos. Sus numerosas adaptaciones, a traves de diferentes medios – cine, TV, radio, teatro – hacen imposible declarar con autoridad cual es la mejor, o la más auténtica.

Mi problema con el nuevo “Asesinato en el Expreso de Oriente” es que recuerdo todo. Muy bien. Sé quien, donde, como y porqué se cometió el misterio central de la película. Pero no importa. En alguna medida, el filme no esta hecho para mí, sino para nuevas audiencias que no necesariamente conocen a Christie, ya no digamos, haber sus libros. Es una pieza de nostalgia que usa el texto como excusa para revivir un ejercicio cinematográfico anticuado: el glamuroso filme de entretenimiento para adultos, “¡estelarizado por un gran reparto de rutilantes estrellas!”. Ese anticuado lema publicitario es perfecto para describir un proyecto que enlista a veteranas de lujo como Michelle Pfeiffer y Judi Dench, actores excéntricos y sustanciales como Willem Dafoe, estrellas entrando a una madurez problemática como Johnny Depp, y nuevos talentos como Josh Gad, Leslie Odom Jr. (revelación en el fenómeno teatral “Hamilton”) y Daisy Ridley (la nueva heroína de la franquicia “Star Wars”).

La película también se adapta al progreso de los tiempos, neutralizando el clasismo que matiza la obra de Christie. Sus novelas reforzaban la supremacía de la más rancia aristocracia. No pocas veces, hacía gala del exotismo colonialista. Podemos imaginarnos a la escritora desmayándose en un diván ante la inclusión de un romance interracial. La nacionalidad de algunos personajes se cambia para ofrecer un panorama más inclusivo: tenemos a una misionera española (Penélope Cruz), un comerciante de autos de origen hispano (Manuel García-Rulfo). En un destello de progresismo, el hijo del dueño del tren, el disipado Bouc (Tom Bateman) convence a Poirot de tomar el caso manifestando que al llegar a la próxima estación, las autoridades asumirían que el negro o el mexicano serían automáticamente culpables sólo por el color de su piel. A pesar del cadáver desangrado en una cabina, el Orient Express se presenta como una especie de utopía donde todas las razas y clases sociales coexisten armoniosamente, bajo la sombra de la sospecha. El único personaje cripto-facista se revela como un consumado actor.

El Dr. Frankenstein no tiene ética…ni camisas. Branagh en “Mary Shelley’s Frankenstein” (1994)

No es el único devorando el escenario. Branagh dirige para lucirse. De la misma manera en que en “Mary Shelley’s Frankenstein” (1994) convirtió la clásica novela de Mary Shelley en un escaparate para sus abdominales, aquí convierte al seco y remoto Poirot en un manojo de sentimientos nobles: tiene una novia  perdida y contempla lloroso su retrato, las circunstancias del crimen sacuden sus convicciones sobre el bien y el mal, al extremo de empujarlo al borde de una crisis de fé. Peor aún, los convierten en una especie de hombre de acción, presto a utilizar su bastón como una de esas armas multi-propósito de Batman o James Bond. Poirot apareció en 33 novelas y al menos cincuenta cuentos de Christie. Más de 20 actores han acometido la tarea de darle visa y cada generación tiene el suyo. El mío es Peter Ustinov, gracias a “Muerte en el Nilo” (John Guillermin, 1978) y “Maldad bajo el Sol” (Guy Hamilton, 1982). Otros favorecen a David Suchet, gracias a sus múltiples encarnaciones en la serie de ITV.

Un Poirot para mi solo: Peter Ustinov en “Muerte en el Nilo” (John Guillermin, 1978)

Es imposible asegurar que Branagh sea el peor, pero lo construye como un héroe más convencional. Tomando mucha licencia creativa, el guión de Michael Greene asume la forma de una especie de “historia de origen”, que introduce al personaje de Hercule Poirot como protagonista de una nueva franquicia. Un extenso prólogo dramatiza su fastidiosa naturaleza, y ofrece la resolución de un misterio que no estaría fuera de lugar en una sátira de película de Agatha Christie. Supone que un rabino, un cura y un imán son sospechosos del robo de una reliquia. La convicción de que la audiencia necesita “identificarse” con el héroe los empuja por el azaroso proyecto de “humanizar” al remoto y seco personaje. Casi todo el mundo sobreactua, pero este tipo de película lo pide a gritos. El efecto es delicioso, cuando se trata de actores como Pfeiffer, Cruz, Dafoe y Gad. El peor despliegue corre por cuenta de Sergei Polunin, como el príncipe Andreyi, presto a lidiar con los paparazzi con un par de patadas balletísticas.

La novela es una cadena de tensas conversaciones e interrogatorios, escenificados en los confines claustrofóbicos de un lujoso tren detenido en un paso de montaña por una avalancha de nieve. Branagh hace hasta lo imposible por “abrir” visualmente su película. Hay un extenso prólogo en un Estabul de recreado por artesanía de estudio y computadora – en línea, muchos dicen en son de burla que Estambul parece Naboo -. Cada vez que pueden, sacan a los personajes a del vagón, sea para una persecución por un puente, o un encuentro climático en la boca de un tunel.

Mi cuota de suspenso residía en si Branagh cambiaría el desenlace del libro original. Sabiamente, no lo hizo. Pero a lo largo del camino, hay ciertas libertades con el texto original: personajes compuestos, persecuciones, pistas nuevas y una cuchillada propinada al abrigo de la oscuridad. No son grandes transgresiones. Cada generación tiene el Poirot que amerita su época. Por eso, este tiene escenarios generados por computadora , heroes emotivos y lágrimas fáciles. También secuelas. La película cierra virtualmente anunciando que la próxima aventura será “Muerte en el Nilo”. Solo puedo lamentar que no hayan escogido otro libro, alguno que no haya leído o visto en cine. Sé quien cometió el crimen, como y porqué. ¡Mala suerte!

Para leer después de ver “DUNKIRK” (Christopher Nolan, 2017)

Soldado sin nombre: el estoicismo heróico impera en “Dunkirk”

El director Christopher Nolan cultiva sus ambiciones artísticas con este espartano filme bélico que reproduce el asedio de las tropas aliadas en la bahía de Dunkerque en Francia, uno de los episodios más desconcertantes de la II Guerra Mundial. Tras una malograda ofesiva en la Francia ocupada, 400 mil ingleses y franceses se replegaron a la playa, esperando ser evacuados por una marina británica diezmada, mientras las tropas fascistas los cercaban.

“Dunkirk” inicia in media res. Tommy (Fionn Whitehead) es un soldado raso que recorre con un puñado de compañeros las calles del fantasmagórico pueblo abandonado. Las balas alemanas reducen al grupo. Solo él llega a la playa. Ahí, miles de soldados obsevan el horizonte. Pocos botes llegan. La evacuación puede tomar días. Un silencioso entendimiento con otro recluta (Anaeurin Bonnard) los convierte en cómplices en la difícil misión de sobrevivir. Asumen la posición de camilleros de un herido inconsciente para colarse en un navío a punto de zarpar, pero son expulsados sin mucha ceremonia. Se ocultan en las bases del muelle, pero las bombas hunden el barco. Salvan de una muerte segura a Alex (Harry Styles), quien se les une en sus desesperados intentos por huir. Sobre el muelle, el Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango, espera como cualquier otro soldado. No puede hacer más.

La playa es el escenario de “The Mole”, uno de tres capítulos que corren paralelos, repartiéndose el breve y eficiente metraje de apenas una hora y 42 minutos. Los otros son “The Sea”, protagonizado por los tripulantes de uno de cientos de botes civiles, requisados por el ejército para colaborar en la evacuación: el Sr. Dawson (Mark Rylance) dispone hacer él mismo el viaje, en lugar de simplemente entregar el barco a oficiales de la marina. Le acompañan su hijo adolescente, Peter (Tom Glynn-Carney), y un amigo de la escuela, George (Barry Keoghan). “The Air” sigue a los pilotos de tres aviones Spitfire, encomendados con la tarea de proteger a los hombres en tierra del fuego enemigo. Tom Hardy es un galante piloto, pero su cara permanece cubierta durante la mayor parte de su tiempo en pantalla, con una máscara que recuerda a Bane, el archivillano de “The Dark Night Rises” (Nolan, 2012). El poder de estrella se maneja al mínimo. La voz de Michael Caine (el mayordomo Alfred in su trilogía de “El Caballero de la Noche”) guía a los aviadores. Con eso tendrán que conformarse los fans de Batman.

Créanme, ¡debajo de esta máscara está Tom Hardy!

La carnicería se mantiene fuera de cámara. No verá el morboso fetichismo de la carne mancillada de “Hasta el Último Hombre” (Mel Gibson, 2016), donde la violencia se explota para reafirmar el sacrificio de los protagonistas. El estoicismo de los personajes se traduce a la puesta en escena. El director asume el carácter del británico flemático. Quieren acelerar tu pulso como si estuvieras a la par de los hombres, luchando por sobrevivir, a la par de ellos, pero sin convertir la experiencia en un espectáculo vulgar. Compare como se presenta el mismo episodio histórico en “Atonement” (Joe Wright, 2007). La novela original de Ian McEwan dedica un capítulo entero al paso del protagonista, el soldado Robbie Turner, a través del dantesco escenario. En la película de Wright, la dramatización del capítulo tiene como corazón una vistosa secuencia de una sola toma, con la cámara serpenteando a través de una multitud de actores y extras ejecutando una intrincada coreografía. Hay algo de exhibicionismo en su virtuosismo. “Dunkirk”puede verse como una refutación estilística a estas decisiones creativas. No verá tampoco el celo documental que Steven Spielberg desplegó en su dramatización del desembarco de Normandía en el inicio de “Saving Private Ryan” (1998).

Solo los veteranos de guerra pueden testiguar sobre la fidelidad de la visión a la experiencia real. Para todos los demás espectadores, nuestro referente son otras películas. Esa suerte de “realismo” suele ser mas apreciado que la estilización. Aquí, Nolan retrata la muerte como una especie de extinción cósmica. Una bomba cae sobre el muelle atestado de soldados. No vemos miembros cercenados, no escuchamos gritos. Simplemente, los hombres, y el pedazo de madero sobre el cual estaban, quedó borrado de la faz de la tierra. ¿Por qué la ausencia de sangre es rechazada? Puede encontrar en redes a muchas personas decepcionadas con este tratamiento. Quizás esperaban la cámara hiper kinética de los filmes de super héroes, aunada a violencia gráfica. Este es un caso claro de espectadores insatisfechos porque un artista decide desafiar las expectativas del público.

Harry Styles, en su estado natural, cantando con One Direction

Tome nota del uso que Nolan hace de Harry Styles. Si usted no sigue el mundo de la música pop contemporánea, tiene que saber que es miembro del grupo musical One Direction. Entre el 2010 y el 2016, fueron uno de los actos más populares alrededor del mundo, principalmente con el público adolescente. El casting de uno de sus miembros más carismáticos, en su debut como actor dramático, es visto como un golpe de suerte comercial. Sin embargo, Nolan se resiste a convertir su aparición en un evento. No hay floridos movimientos de cámaras en su introducción, ningún guiño estilístico que reconozca su status de celebridad. Con el pelo teñido de color oscuro, bien puede ser irreconocible incluso para sus fans más acerrimos. Es, simplemente, un soldado más.

Harry Styles, estilo soldado de “Dunkirk”.

El tratamiento va de la mano con la presentación de Tom Hardy, casi siempre cubierto con la máscara de aviador. Su único close-up glamoroso se presenta al final de la película. Es, incidentalmente, un momento triunfal con matices de derrota. Ha logrado aterrizar su avión sin gasolina. Siguiendo las reglas, lo quema para que el enemigo no lo recupere. Las llamas doradas, como un sol cenital, sirven de fondo cuando los alemanes – fuera de cámara – lo toman prisionero. La derrota jamás se había visto más gloriosa.

Estoy casi seguro que nunca vemos el rostro de un soldado alemán. En cada escena, el punto de vista se concentra insistentemente en los ingleses. En las escenas de combate aéreo, no cortamos al alemán en la cabina contrincante. El antagonista de “Dunkirk” es el héroe mismo. El miedo, y el afán de sobrevivir a cualquier precio, echa a pelear a los soldados del mismo bando. Tome nota de como los aliados se atrincheran en su nacionalidad si eso les da una ventaja. Soldados británicos le niegan espacio en los botes británicos a los franceses. Un sobreviviente traumatizado provoca un accidente fatal. Además de comprometerse con el momento histórico, Nolan logra insertar en este retrato coral sus preocupaciones éticas, que ya han figurado en otras películas. Cuando los soldados atrapados en un barco que debe liberar peso muerto debaten a quien tirar por la borda, la escena recuerda el diabólico desafío que el Guasón (Heath Ledger) impone sobre los pasajeros de un ferry en “The Dark Knight” (Nolan, 2008). Los desafíos éticos de la sobrevivencia nos conducen por el lado oscuro de una gesta heroica.

Nolan siempre ha gustado de alterar el tiempo lineal. El desconcierto es una arma más en su arsenal. El truco que activa en “Dunkirk” es modesto en comparación a la disrupción onírica de “Inception” (2010), la prestidigitación dramática de “The Prestige” (2006), y las narrativas invertidas de “Memento” (2000). Aquí, nos damos cuenta que “The Mole”, “The Sea” y “The Air” no son una narración paralela tradicional, cuando el soldado sin nombre interpretado por Cillian Murphy aparece por segunda vez. La primera vez, es rescatado por el Sr. Dawson cuando lo encuentran flotando sobre los restos de un naufragio. Unas escenas después, está a bordo de ese mismo bote, a millas de distancia, en la costa de Dunkerque. Queda claro que si el rescate de Dawson es “el presente”, la escena en la cual le niega a Tommy y sus amigos espacio en el bote, es “el pasado”. El episodio de aviación corre su propio cauce, y la misión habría iniciado apenas horas antes del desenlace. El asedio de Dunkeque duró casi una semana. La acción de la película puede desarrollarse en un par de días.

El truco puede justificarse como un intento por duplicar en el espectador el estado de desconcierto de los soldados traumatizados. En términos utilitarios, alínea el momentum de las historias y sus puntos de climax. Pero también tiene un efecto negativo: pone en evidencia el artificio detrás de una película que se precia por su pretendido “realismo” e inmediatez. Y puede ser una distracción que lo saque del espacio mental “usted esta aquí”. La experiencia pasa de visceral a cerebral. Armar el rompecabezas puede tener un efecto alienante de la acción en el teatro de operaciones.

Nolan: “OK, Ken…recita todos los números mirando para allá”

Así como no vemos alemanes, tampoco vemos a Churchill debatiendo el curso a seguir en Londres. El Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango en el lugar, representa al poder. Y está reducido a esperar como cualquier otro soldado. No puede hacer más. Su situación subraya el desempoderamiento de la tropa, pero también es el flanco más débil de la película. Peor aún, es el Basil Exposition – según la taxonomía de “Austin Powers”, es un personaje secundario convertido en herramienta para transmitir información de contexto que el espectador puede necesitar para entender que pasa, y porqué -. En el otro extremo tenemos a otra estrella del teatro inglés, Mark Rylance. Sus películas con Steven Spielberg – incluyendo “Puente de Espías” (2015), por la cual ganó un Óscar a Mejor Actor de reparto – lo han catapultado al reconocimiento internacional, mas allá del mundillo teatral. Su actuación es parca y concisa. No verá grandes despliegues emocionales, pero va al corazón de la agenda de Nolan: tomar medida del sacrificio, y seguir adelante.

Estrategia civil: Rylance comanda su bote rumbo a “Dunkirk”

“Dunkirk” no es un filme bélico tradicional, especialmente por la manera deliberada en que le baja el perfil al triunfalismo, o más bien, a la luz de la derrota, nos obliga a reformularlo. Los mismos soldados del bando aliado pueden matarse entre ellos, o privar a un colega de la oportunidad de sobrevivir. Los que llegan con vida al final de la película, van seguros de que serán recibidos como parias. El climax de la película, su modesta versión de final feliz, se presenta cuando dos de ellos caen en la cuenta que los civiles que golpean las ventanas de su tren no quieren insultarlos. Les pasan botellas de cerveza y les felicitan. La mera sobrevivencia es, por el momento, el único triunfo que necesitan. No verá las ceremonias de imposición de medallas de “Hasta el Último Hombre”; o la visita de sobrevivientes a la tumba de hombre que les salvo en “Saving Private Ryan”. No habrán grandes desfiles. No aún, por lo menos. Es puro estoicismo británico: sobrevivimos, la guerra sigue. Nos nos felicitemos mucho, todavía.

En espíritu y forma, “Dunkirk” tiene una deuda con “Overlord” (Stuart Cooper, 1975), película que seguía a un soldado en su rutina normal, en los días previos al desembarco en Normandía. La diferencia está en que Nolan no introduce material de archivo en su película, y concluye en esa nota celebratoria que lo acerca a los despligues emotivos de Spielberg en la conclusión de su “Saving Private Ryan” (1998). La guerra es un infierno, pero si sobrevives, quizás alguien agradezca tu sacrifico con una cerveza bien helada.

Episodio por episodio, la película funciona como una cadena de piezas de suspenso, apoyada en la adrenalina pura de la música de Hans Zimmer. Tenía buen rato de no quedarme en el borde del asiento, como en la secuencia temprana en la que Tommy y su colega tratan de usar al herido como su pasaporte a casa.

Nolan filmó “Dunkirk” en el antiguo formato de 65 mm, y cabildea por la proyección de copias en celuloide expandidas a 70 mm. De esta manera, se alínea con otros directores de alto calibre que en reacción a la digitalización, usan su capital para trabajar en el formato que Hollywood desechó. A este club exclusivo pertenecen también Quentin Tarantino con “The Hateful Eight” (2015), y Paul Thomas Anderson con “The Master” (2012). Es un poco tarde para ello. Los grandes estudios han triunfado en sus esfuerzos por imponer la trasición digital. “Dunkirk” se proyecta en los teatros que aún cuentan con los proyectores adecuados. Son pocos, y existen solo en ciudades grandes del mundo desarrollando. Lo que la resistencia del celuloide ha creado es un sistema de castas. Un puñado de ciudadanos del primer mundo tiene acceso a cines que proyectan en 70 mm. Mas abajo en el escalafón están los que tienen acceso a proyecciones en formato IMAX. Las masas – y los nicaragüenses – tendrán que conformarse con el estándar de proyección digital en DCP (digital cinema package). Quisiera atrincherarme con los puristas, pero los hombres de negocios han decidido por nosotros. Como los sobrevivientes de “Dunkirk”, fueron derrotados pero siguen peleando.