“SNAKES ON A PLANE” (David R. Ellis, 2006)

“SNAKES ON A PLANE” (David R. Ellis, 2006)

                                                                    Cine por comité, vía web: Jackson versus “Snakes on a Plane”

Si. Estoy escribiendo sobre “Serpientes a Bordo”. No se trata de una maniobra desesperada por seguir publicando este espacio a pesar de la esterilidad de la cartelera. La película es el último capítulo de un curioso fenómeno popular que ahora llega a su anticlimático desenlace. Un poco de historia: hace algunos meses, se publicó que el estudio New Line producía una comedia de horror con el descriptivo título “Snakes on a Plane”. Jóvenes cinéfilos en el ciberespacio aplaudieron la noticia con júbilo satírico. Componían canciones ensalzandola, vendian camisetas con logos inventados, anticipaban la ridiculez de su nombre profético.

La película se convirtió en supuesto objeto de culto aún antes de existir. Este es un fenómeno eminentemente norteamericano: una pieza de entretenimiento popular, de modestísimas ambiciones, encuentra por accidente un grupo de personas que responden a ella con inesperado entusiasmo. Algo en el producto conecta con el zeitgeist, el estado anímico o mental de sus fanáticos. Toman la película – el libro, el disco, o el cantante – y lo hacen propio. Lo celebran con celo y evangelizan a los ignorantes. Quizás el único equivalente que podemos encontrar en Nicaragua es el de la trilogía original de la Guerra de las Galaxias. Los cultos mas genuinos surgen alrededor de filmes marginales. Vease el musical “The Rocky Horror Picture Show”(Jim Sharman, 1975). Este fracaso taquillero todavía  se proyecta todos los fines de semanas en ciudades universitarias a lo largo y ancho de los Estados Unidos, en funciones de media noche. Sus seguidores acuden vestidos como los personajes, recitan las líneas de diálogo y bailan durante los números musicales.

La gracia de los cultos reside en su espontáneidad,  su carácter colectivo e impredecible. Nadie los ve venir, ni siquera los creadores del objeto. La calidad no viene al caso. Pueden ser brillantes ejercicios cinematográficos demasiado separados del status quo, pero con igual frecuencia son películas malas, celebradas porque “son tan malas que son buenas”. No es ese el caso de “Serpientes a Bordo”. Como dice Enid (Thora Birch), la adolescente misantrópica del brillante filme de culto “Ghost World” (Terry Zwigoff, 2001), “es tan mala que paso por buena y se regreso a mala de vuelta”.  Aquí, el culto surge sobre algo inexistente y la dinámica social espontánea es secuestrada por un aparato comercial.

Un motorista (Nathan Phillips) observa el brutal asesinato de un fiscal a manos de un mafioso hawaiano. Después de escapar con vida, el FBI lo recluta para testificar contra el criminal. Su escolta en el viaje a la corte en Los Angeles es un rudo agente del FBI protagonizado por el intenso Samuel L. Jackson. Las autoridades lo escamotean en un vuelo comercial, pero los malos tienen un plan contingente: ocultan en el avión un cargamento de serpientes venenosas, alborotadas por feromonas para generar mayor agresividad. En la cabina viajan los arquetipos inventados por el cine desastre: la azafata a punto de retirarse, una pareja en luna de miel, los niños que vuelan solos por primera vez, una bruja rica, una estrella caprichosa…solo falta una monja. Todos ellos se vuelven presa fácil cuando un dispositivo electrónico libera la carga mortal.

           Samuel L. Jackson y yo, estamos hartos de las $#*&! ¨Snakes on a Plane”

No podemos cuestionar la lógica de la trama. La película misma no se toma en serio, pero lo hace con la actitud cínica de un mercader que sabe que le vende productos defectuosos a sus clientes. Consiste en un desfile de estampas grotescas cargadas de inuendo y violencia. Los primeron en morir: una pareja fornicando en el baño. Hay penes mordidos, pezones masacrados, serpientes que se insinuan en el calzón de una mujer obesa y borracha…no hay orificio fuera de límites, ni grosería sin explotarse. En este medio, eso no es necesariamente reprochable. Muchos filmes de culto coquetean con el amarillismo, la transgresión y el mal gusto. Vea el feminismo lunático de “Faster, Pussycat! Kill! Kill!” (Russ Meyer, 1965), con las empoderadas vedettes de pecho prominente vengandose de la violencia masculina con la misma moneda. O “The Night of the Living Dead” (George Romero, 1968), una poderosa alegoría sobre el conformismo. Pero “Serpientes a Bordo” solo refleja la ambición desmedida de un estudio que trata de fabricar un fenómeno cultural, y su incapacidad de responder al entusiasmo gratuito del público con un producto original. Puede asustarse ocasionalmente cuando una serpiente salta inesperadamente, o anticipar lo peor si una se escurre por los pies del protagonista, pero eso no tiene ningún mérito. No podemos aplaudirla por manipular reflejos e instintos con la sutileza de una casa de sustos de feria.

“Snakes on a Plane” se parece a las películas de acción de bajo presupuesto de principios de los ochentas, que usualmente enrolaban a Chuck Norris, Fred Dryer o un Arnold Schwarzenegger pre-estrellato. Es como los pobrísimos filmes serie B de fines del siglo XX. Lo peor es que esta basura se ha convertido ahora en la atracción principal. Se estrena mundialmente apenas una semana después de su salida en los EEUU, donde la taquilla fue menor a las expectativas del estudio. Quizás los espectadores se están avispando. Yo solo puedo parafrasear al atribulado Sr. Jackson: estoy harto de las *X#$%+* películas en el #$%&* cine.

  • Publicada originalmente en agosto, 2006

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