“PERFUME: STORY OF A MURDERER” (Tom Tykwer, 2006)

“PERFUME: STORY OF A MURDERER” (Tom Tykwer, 2006)

Agarrando el mundo por la nariz: Whishaw olisquea a Herfurth en “El Perfume”.

Por un breve momento en la segunda mitad de los 80s, “El Perfume” era la novela que todos debian leer. Como suele suceder con los best-sellers, una adaptación al cine se suponía inevitable. Sin embargo, su autor, Patrick Suskind, resistió por años el asedio de los productores. Según él, la novela era imposible de traducirse satisfactoriamente al lenguaje cinematográfico. Veinte años mas tarde, Suskind rindió el rey ante el director alemán Tom Tykwer (Lola Rennt, 1998).

La trama es fiel al libro, hasta el punto de ceder las riendas narrativas a un narrador omnipresente. La sonora voz del actor inglés John Hurt nos relata la historia de Jean-Baptiste Grenouille (Ben Whishaw), un huérfano desamparado que nace entre la inmundicia del Paris del siglo XVI, con una única cualidad extraordinaria: un privilegiado sentido del olfato. Grenouille crece entre múltiples vicisitudes hasta tomar conciencia de su talento. Mientras estudia como aprendiz con el maestro perfumero Baldini (Dustin Hoffman), nace la obsesión personal que definirá su vida: capturar para siempre el perfume natural de todo. Las circunstancias lo conducen a concentrarse en las mujeres.  La tarea se vuelve difícil porque las mujeres huyen de él, espantadas instintivamente por su ausencia total de aroma. En un giro de suprema ironía, Grenouille no tiene, él mismo, olor alguno. Ante la falta de cooperación, el opaco protagonista no tiene mas opción que matar para poder someter a los cuerpos al tequioso proceso de extracción del aroma.

El problema de “Perfume”no esta en la supuesta dificultad de duplicar con imágenes la gratificación sensorial de olfatear. Después de todo, el libro no venía  con tarjetas rasca-y-huele. La prosa es tan adecuada para describir como las imágenes. El problema está en que Tykwer no puede restringir la trama a un todo coherente, en términos narrativos y de estilo.

La película arranca como un expresivo drama de época, con un apetitoso humor negro. Con close up extremos y cortes rápidos, Tykwer establece la habilidad de su protagonista y el ambiente que habita. Es la mejor parte de la película. El actor norteamericano Dustin Hoffman brilla como el perfumero venido a menos. Ni siquiera se molesta en disimular su inglés gringo, pero la fina comicidad que imprime a su personaje lo eleva a un plano superior. Cuando Hoffman sale de escena, hace falta. Eventualmente también desaparece el narrador. La sonora voz del parecía  una muletilla, pero en su ausencia se revela como el corazón de la película. Con un protagonista necesariamente opaco, la sonora voz de John Hurt, irónica y expresiva, aportaba la humanidad ausente en Grenouille.

Y así, el “Perfume” se convierte en una película de suspenso, sobre un asesino en serie sin personalidad, cazando víctimas  casi anónimas. Con nervio sensacionalista y sin un ápice de humor, Tykwer saca todos los trucos digitales de su arsenal, para mover su cámara freneticamente sobre la presa ideal, la bella hija pelirroja de un noble francés (el británico Alan Rickman). El tono vuelve a cambiar cuando en el capítulo final, Grenouille enfrenta las consecuencias de sus actos, en un desenlace demasiado fiel al libro. Lo que en la página era provocativo, en la pantalla se ve ridículo. El narrador vuelve, pero no puede salvar el desenlace de esta vistoza super-producción que se extiende mas allá de lo necesario.  En el fondo, Grenouille es una figura trágica. Su historia es una parábola aleccionadora sobre el ejercicio del arte sin atender a las consecuencias morales. O el dilema del artísta que aspira a ensalzar a la humanidad sin poder realmente conectar con ella.  La película de Tykwer aporta demasiadas distracciones visuales que enturbian en lugar de iluminar esa idea. Quizás Suskind tenía razón. “El Perfume” se deja ver, pero no se siente.

  • Publicada originalmente en octubre, 2007.

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