NUEVO EN NETFLIX: “EL CIUDADANO ILUSTRE” (Gastón Duprat, Mariano Cohn, 2016)

NUEVO EN NETFLIX: “EL CIUDADANO ILUSTRE” (Gastón Duprat, Mariano Cohn, 2016)

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“El Ciudadano Ilustre” (Martínez) rodeado de su pueblo.

“El Ciudadano Ilustre” es la película argentina con más proyección internacional en años recientes, o al menos, desde que “Relatos Salvajes” (Damián Szifrón, 2014) conquistó una nominación al Óscar. El filme ganó los premios Goya y Ariel a Mejor Película Extranjera. En el Festival de Cine de Venecia, los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat compartieron el premio Vittorio Venetto a Mejor Filme, y el protagonista, Óscar Martínez, se llevó el premio al Mejor Actor. La resaca del kirchnerismo ha hecho maravillas a la hora de abonar el humor negro en ese país. Si Michael Haneke alguna vez hiciera una comedia, se parecería mucho a esta.

En la guarida del genio

Daniel Mantovani (Martínez) es un notable escritor argentino, radicado en España desde hace décadas. La película lo introduce momentos antes de recibir el premio Nobel. Pero en vez de resaltar la pompa de la situación, lo vemos sentado en una silla, en un pasillo banal, aledaño al escenario donde se posan los reyes de Bélgica y otros tantos notables. Es la primera de muchas pretensiones sociales que serán desmontadas con ferocidad. El agresivo discurso del laureado, prácticamente regañando a los suecos por premiarlo, lo pinta en un escenario de crisis: solo escribe cuando se inspira. Y tienen años de no escribir. No se que le han hecho los arquitectos a los cineastas, pero la marca de los pesados y los psicópatas es habitar en una casa de estilo modernista, como la hermosa mansión en Barcelona, donde el protagonista repasa con su secretaria, Nuria (Nora Navas), la lluvia de peticiones que todo laureado debe soportar.

Por eso, Mantovani acepta la invitación de la Alcaldía de Salas, el pueblo del cual salió más 40 años atrás, al cual no ha regresado ni para enterrar a su padre. El villorrio en el sur de Argentina lo recibe para cuatro días de eventos sociales y culturales, que servirán como escenario de incisiva sátira social. El escritor no oculta cuán superior se siente con respecto a los aldeanos. Poco a poco, queda en evidencia el motivo real de su visita: toda su obra se basa en su experiencia de vida en Salas, y necesita más material. “Yo salí de Salas, pero mis personajes nunca pudieron hacerlo” – dice el autor con amarga resignación. Más que ver su ego masajeado por sus coterráneos, necesita inspiración. La visita está definida por el interés. No faltan personajes que lo inspiren: Irene (Andrea Frigeiro), la novia que dejó atrás; Antonio (Dady Brieva), el mejor amigo que terminó casándose con ella;  Cacho (Manuel Vicente), el sufrido alcalde del pueblo; y Julia (Belén Chavanne), una groupie adolescente.

El autor del libro (y la película)

La película asume el punto de vista del protagonista, adecuando el estilo visual al temperamento de Mantovani. Observa el lugar y los personajes con distanciamiento frío. La fastidiosa composición geométrica de las imágenes infunde una cualidad clínica. Aunque el filme es específicamente argentino, la cultura que satiriza es eminentemente latina. Desde la reina de belleza hasta el intelectual local, celoso del éxito internacional del otro, podemos encontrar equivalentes a la vuelta de la esquina. Tome nota de como la entrevista en el canal de TV local se convierte en un infomercial de bebida gaseosa, al mejor estilo de la televisión abierta en todos los países, víctima de la migración de los presupuestos publicitarios hacia los verdes campos del internet. En sus mejores momentos, “El Ciudadano…” socava la misma pretensión del escritor, un intelectual que no puede evitar ver por encima del hombro a los demás. Entre las múltiples actividades en la agenda de Mantovani, debe hacer las veces de juez en un concurso de pintura. Los cuadros son francamente amateur, y no puede ocultar su desdén. Entre los rechazados, se encuentra un lamentable bodegón de Florencio Romero (Marcelo D’Andrea), un pseudo intelectual local que asume vengativamente la tarea de desenmascarar al ciudadano ilustre, llamando la atención sobre como en sus obras, el pueblo y sus habitantes son objeto escarnio.

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Mantovani (Martínez): retrato de autor como gruñón irredento

Martínez no es extraño a la idea de explorar el privilegio asediado por la realidad. En “Relatos Salvajes” interpretaba al burgués que trata de convencer a su chofer de asumir la culpa de su hijo, causante de un mortal accidente de tráfico. Aquí, ofrece una actuación brillante, reflejando los efectos de la fricción entre la pretendida superioridad intelectual de su personaje y la humildad de sus orígenes. El guion plantea circunstancias a las cuales debe reaccionar salvaguardando su orgullo: las tres conferencias que brinda, cada vez ante menos público; el escarmiento que ofrece a un fan demasiado entusiasmado con la idea de invitarlo a comer a su casa; los duelos verbales con un intelectual de pueblo ofendido porque han rechazado su cuadro en un concurso de pintura. Al activar bombas cómicas como el video biográfico que el canal local de TV ha realizado, nos pone en los zapatos de Mantovani. Su mortificación es nuestra también.

Influencias cinéfilas

Además de la influencia de Michael Haneke, en estilo y actitud, algunas escenas nocturnas invocan el tono amenazante de la oscuridad, según David Lynch. Cuando Antonio lleva a Mantovani a “El Volcán”, un bar-prostíbulo en las afueras del pueblo, pareciera que estamos viendo una sátira de “Blue Velvet” (Lynch, 1986). Otros momentos funcionan como comedia en clave popular, como la resolución de la subtramas de la admiradora sexualmente agresiva. Aquí, se delata el uso de video digital, pero la precariedad de la imagen puede ser otro guiño irónico. “El hotel parece de película rumana” – le dicen Mantovani a su asistente, en un chiste que sólo funciona  plenamente si ha visto películas como “4 Meses, 3 Semanas, 2 Dias” (Cristian Mungiu, 2007).

La mayoría de los habitantes se presentan como caricaturas grotescas, pero los realizadores guardan una reserva de empatía para algunas figuras que se mueven en los márgenes: la azorada secretaria cultural de la Alcaldía, o la pareja de ancianos que comparte un mate cuando Mantovani, derrotado, se derrumba en un banco fuera de su casa. Mientras menos tiempo en cámara tiene alguien, más humano es el tratamiento. El joven dependiente de hotel donde se aloja comparte tímidamente sus propios cuentos con el gran escritor. Para ese punto, la película nos ha preparado para esperar que Mantovani trate a las personas con desdén, pero se ve a sí mismo en él. Los lee, hace tersas recomendaciones, y promete publicar uno en una antología. La escena no sólo suaviza la aspereza del protagonista. Confirma que el escritor hace bien en escapar del pueblo, y su principal falla, es depender de este lugar para poder crear. El castigo simbólico al que se ve sometido es bien merecido.

El último nivel de la ficción

“El Ciudadano…” pertenece a la tradición contemporánea de la comedia negra, explotando las cualidades cómicas de la incomodidad y la mortificación. La fórmula es conocida: el hijo pródigo descubre que realmente nunca puedes volver a tu hogar. Se suele invocar en clave inspiradora, pero aquí se ejecuta como pura misantropía. Al menos hasta que unos inesperados giros de la trama matizan el discurso de los realizadores. La relación del sujeto con el arte, y la banalidad de la celebridad, dan paso a las trampas de la ficción. Quizás Mantovani no solo se estaba burlando de sus coterráneos campechanos.

  • “EL CIUDADANO ILUSTRE” (The Distinguished Citizen) está disponible en Netflix

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