“Los Oscuros Secretos del Pentágono” (The Post) – Steven Spielberg, 2017.

“Los Oscuros Secretos del Pentágono” (The Post) – Steven Spielberg, 2017.

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Streep le sostiene la mirada a Hanks en la odisea periodística de “The Post”

Sería fácil reducir la nueva película de Steven Spielberg a un elogio al periodismo. Recreando el episodio que precipitó el fin de la guerra de Vietnam – un duelo entre los periódicos más poderosos de EEUU y la administración de Richard Nixon -, el director construye uno de los más minuciosos y fascinantes retratos del ejercicio de esta profesión. Sin embargo, “The Post” va más allá, explorando el machismo de la sociedad moderna, y la lucha de las mujeres para superarlo. No todos los días aparece un thriller ético que defiende la libertad de expresión y reivindica la igualdad entre géneros.

El personaje principal es Katherine Graham (Meryl Streep) – Kay, para los amigos -, la directora del Washington Post. En 1972, el periódico enfrenta una crisis económicas, al mismo tiempo que la filtración de unos documentos secretos socava la credibilidad del gobierno y sus justificaciones para mantener su involucramiento bélico en Vietnam. El detonante de la trama, los “papeles del Pentágono” del título en español, son una serie de reportes históricos que el secretario de defensa, Robert McNamara (Bruce Greenwood) ha comisionado para la posteridad. No cuenta con que un miembro de su staff, el analista Daniel Ellsberg (Matthew Rhys), los filtrará al New York Times, en un intento desesperado por influenciar a la opinión pública. Los reportes revelan que los tres presidentes que han gobernando durante la guerra – John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y el mismísimo Nixon – sabían que la guerra era causa perdida, y mantenían el conflicto vivo por conveniencias políticas. Cuando el New York Times pública la primicia, Nixon demanda al periódico.

Su posición de liderazgo al frente de una influyente empresa periodística es un accidente, una extensión del infortunio. Su padre, Eugene Meyer, al morir, le había heredado la empresa a su yerno, Phil. Pero el hombre se suicida, dejando la institución en manos de su esposa. El diario es visto como un periódico provinciano, siempre a la zaga de su rival del norte. Mientras Kay trata de navegar las truculentas aguas de una venta pública de acciones, su editor, Ben Bradlee (Tom Hanks), persigue la historia con constancia de un sabueso. El sueño se convierte en pesadilla, cuando publicar la noticia pone en peligro la supervivencia misma del periódico.

Kay habita una especie de “tierra de nadie” entre los roles tradicionales. Los hombres toleran su presencia en las salas de reunión y juntas directivas, pero uno puede ver el lenguaje físico de Streep, tratando de desaparecer. Sabe que no está “en su lugar”. En su vida social, podemos ver como se plega con facilidad a su papel de mujer de sociedad. Durante una cena en casa, después de la comida, los esposos se quedan en el comedor para fumar puros y hablar de política. Kay se retira al salón con las mujeres, para hablar de modas, no solo por ser la anfitriona, sino también porque está convencida que es ahí donde pertenece.

Puede ser que ella ostente el poder, pero eso no la exime de la obligación social de ser deferente ante los hombres. Arthur Parsons (Bradley Whitford), abogado miembro de su junta directiva, no oculta su desdén. Cada vez que puede, trata de “ponerla en su lugar” y decirle que hacer. Resiente tener que tratar con una mujer. Es lo más cerca que tenemos a un villano – exceptuando a la silueta de Nixon, que vemos ocasionalmente a través de una ventana del despacho oval. Spielberg utiliza el audio original de las conversaciones telefónicas entre Nixon y Henry Kissinger. Incluso el iluminado Ben Bradlee (Tom Hanks), editor del periódico y subalterno, es en ocasiones condescendiente e irrespetuoso. Puede endilgarle su actitud a su afán por proteger sus principios de periodista ante los intereses patronales, pero en realidad, es también una expresión de poder masculino.

Kay no es una heroína tradicional. Estaría más cómoda concentrada en las labores domésticas y sociales de una matrona de la alta sociedad. Ella ha internalizado los condicionamientos, transmitidos por su padre, su esposo y la sociedad entera. Las circunstancias la han empujado a una posición de poder, pero eso no quiere decir que ella quiera ejercerlo, o siquiera que se imagine digna de hacerlo. Para sí misma, Kay es una especie de impostora. El arco narrativo principal de la película tiene que ver con el paulatino desmantelamiento de esa identidad. Gradualmente, toma consciencia las posibilidades que su posición acarrea, y se despoja del lastre cultural que la frena. La transformación culmina en una escena cargada de simbolismo: el duelo político la saca de una fiesta donde es la anfitriona, para atender un apremiante asunto de trabajo. Un pequeño ejército de hombres invaden su elegante casa, apartándola de sus “deberes” femenino. Ella debe decidir si el Post publicará una historia basada en los “papeles del Pentágono”, desafiando la prohibición de un juez. Los hombres, todos vestidos de traje oscuro, rodean a la mujer sentada en la cabecera de un comedor. Ella viste un luminoso caftan de color crema, contrastando con el uniforme masculino. Spielberg y su as de la cinematografía, Janusz Kaminski, componen la estampa como si fuera producto maestros de la pintura holandesa. La respuesta de Kay definirá el curso de la historia.

De alguna manera, el guión de Liz Hannah y Josh Singer funciona como una reflexión sobre la inconveniencia de hacer lo correcto. Fuera de los conflictos de género, el dilema de Kay tiene eco en los conflictos de consciencia que encarnan personajes secundarios. Daniel Ellsberg (Matthew Rhys) quema puentes profesionales y arriesga su propia libertad para filtrar la información – nota curiosa: Ellsberg se convirtió en activista de la paz, y visitó Nicaragua en los 80 en solidaridad con la revolución sandinista, y para protestar contra el intervencionismo de la administración Reagan. Robert McNamara (Bruce Greenwood), a pesar de ser uno de los arquitectos de la guerra, opera en contra de sus propios intereses al comisionar los recuentos históricos que salen a la luz. Es su propia versión, trágicamente insuficiente, de hacer el bien. Greenwood da la segunda mejor actuación del filme después de Streep.

Tome nota de las maneras en que Spielberg visualiza el conflicto interno de su protagonista, y como su viaje personal inspira a otras mujeres. En los corrillos del poder, los ejecutivos la rodean, tratando de abrumarla físicamente. En espacios públicos, las mujeres se agolpan a su paso. No hay grandes discursos o exaltaciones. Kay lidera con el ejemplo. Cuando confronta a McNamara – amigo y confidente que quedará mal parado si el periódico pública los papeles – le dice tersamente, “te estoy pidiendo un consejo, no permiso”. Guante de seda, puño de hierro. La película le pertenece a Streep, quien ha conseguido su nominación #21 al Óscar de la Academia. Es poco probable que gane, porque este papel no tiene grandes despliegues histriónicos, ni implica transformaciones dramáticas. De hecho, puede ser uno de los papeles mas internalizados en la carrera de la gran actriz.

Spielberg es un maestro a la hora de infundir vida en sus películas, dejando que pequeñas historias marginales coexistan con la trama principal. Tome nota de la extensa secuencia en la que Bradlee y su equipo de periodistas trata de hacer sentido de los papeles confinados en su casa. El sentido de urgencia se trasmite gracias a la cámara que recorre el espacio en tomas largas, asumiendo su punto de vista. Mientras los periodistas luchan por armar una historia, la esposa de Bradlee, Tony (Sarah Paulson), asume su papel histórico y se encarga de alimentar a la tropa silenciosamente. Mientras tanto, su hija le vende limonada a los clientes cautivos. La secuencia inicia con la niña insegura del precio del producto. Cuando llegamos al final de la escena, la pequeña capitalista ha amasado una pequeña fortuna explotando a los clientes cautivos.

Este control del lenguaje cinematográfico permite trazar la evolución de las relaciones de poder de manera transparente. En una escena en la que Bradlee visita a Graham para explorar su anuencia a seguir la historia, a pesar de su amistad con McNamara, el director usa planos en picada para remarcar la posición incómoda en que la pregunta posiciona a Kay. Cuando el conflicto central conduce a la mujer a los corrillos de la Corte Suprema de Justicia, un expresivo travelling que la sigue mientras entra al edificio muestra paulatinamente a un grupo de mujeres que se agolpa para verla, silenciosamente proyectándose en ella. La película puede sentirse didáctica a la hora de examinar las actitudes de la época, ¿pero es esto algo necesariamente malo? Después de todo, a pesar del tiempo que ha pasado, éstas prevalecen, y en pleno siglo XXI debe ser confrontadas.

Se necesita un ejército para hacer una noticia: parte de la tropa en “The Post”

Los realizadores de “The Post” tienen la agenda de ensalzar el ejercicio del periodismo, pero su romanticismo está temperado por el reconocimiento de las dificultades de su ejercicio, y la naturaleza colectiva de la labor. La noticia es una marea que no deja de correr, arrastrando a su paso a todos. Periodistas, reporteros, fuentes, familiares, administradores, técnicos, impresores, y hasta banqueros…en la película puede ver como el sentido de urgencia corre por todos ellos como si fuera una corriente eléctrica, una marea que todo lo arrastra. Se dice que Spielberg apresuró su producción alarmado por el menoscabo a los medios de comunicación promovido por Donald Trump durante su campaña electoral. Secuencias amorosamente filmadas por reproducen el proceso artesanal de imprimir un periódico en la era predigital, pero su dramatización del proceso es más realista que idealizada. Desde la redacción hasta la gerencia, entre las fuentes y los reporteros, de la oficina a la calle…es un proceso que nunca termina. La máquina nunca se detiene.

La preocupación por retratar la naturaleza colectiva de la labor se traduce en un pequeño ejército de actores notables, que no se ven bien servidos por el modesto metraje de la película. Es admirable la cantidad de trama y detalle que logra destilar en poco menos de dos horas – imdb.com reporta la duración como 1 hora, 56 minutos -. Tracy Letts y David Cross apenas marcan en el radar, por ejemplo. Michael Sthulbarg sufre una de las peores pelucas de historia reciente al interpretar a Abe Rosenthal, director del New York Times. Pero esta es una queja menor, y uno de los riesgos asociados a los filmes de época.

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La verdadera Kay Graham con los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward en 1973.

Es un poco tonto clamar “spoiler” sobre una historia tan conocida, pero dese por advertido. Spielberg cierra la película con la invasión de la oficina del partido demócrata en el edificio Watergate. Puede comprar aquí una edición en Blu Ray y DVD de “Todos los hombres del presidente” (Alan J. Pakula, 1976) y verla como si fuera una secuela. Que la hayan invisibilizado en ese clásico de los 70 se convierte en una decepción retroactiva. Otra recomendación asociada a esta historia es “The Vietnam War”, el monumental documental producido por Ken Burns para la televisión pública norteamericana. Puede adquirirlo aquí en formato DVD y aquí en Blu-ray. Saber donde terminar una película es crucial, y Spielberg encuentra la manera de construir un cliffhanger con eventos harto conocidos, a la vez que reafirma el discurso de la película entera. El noble trabajo del periodista nunca termina.

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