“LA FORMA DEL AGUA” (Guillermo del Toro, 2017)

“LA FORMA DEL AGUA” (Guillermo del Toro, 2017)

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El hombre pez que me amó: Hawkins y Jones en “La Forma del Agua”

El mexicano Guillermo del Toro pertenece a una casta particular, la de los directores cinéfilos que se inspiran en el pasado para informar sus visiones particulares. El enciclopédico Martin Scorsese es el santo patrón de este selecto grupo que incluye a Quentin Tarantino, eterno enamorado del amarillismo marginal. La especialidad de Del Toro es el filme de horror, en todas sus variantes posibles. Basta darle un vistazo a su filmografía para encontrar conexiones. “Cronos” (1993) lleva el vampirismo a las calles del Distrito Federal. “Mimic” (1997) es su versión del filme de monstruos. “El Espinazo del Diablo” (2001) se desarrolla en un orfanato asolado por fantasmas. “El Laberinto del Fauno” (2006) explora el lado oscuro de la fantasía en el contexto de la Guerra Civil española, con faunos que ofrecen tratos mefistofélicos y monstruos devoradores de niños. Ninguno es más aterrador que un sádico militar fascista. Esta película se convirtió en su primer éxito comercial en EE.UU. Recibió 6 nominaciones al Óscar y logró llevarse 3 estatuillas.

Esa referencia condujo a su proyecto menos personal y mas taquillero. “Pacific Rim” (2013) esta informado por el kaiju japonés. Le fue bien en taquilla, pero Del Toro decidió ceder la secuela a Steven S. DeKnight. La reciente “Cumbre Escarlata” es un fantasmal thriller informado por siniestros romances góticos como “Rebecca” (Alfred Hitchcock, 1940). Su nueva película, “La Forma del Agua” también tiene raíces en el pasado. La criatura que captura el corazón de Eliza, la afanadora muda interpretada por Sally Hawkins, parece un descendiente de “La Criatura de la Laguna Negra” (Jack Arnold, 1954). “¡Los nativos lo adoraban como si fuera un dios!”, dice incrédulo el sádico agente Strickland (Michael Shannon), quien lo lleva a un laboratorio secreto donde será sujeto a violentos experimentos.

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Jenkins: el mejor amigo gay que toda chica quisiera a su lado

La acción se desarrolla en los EEUU de los tempranos 60. La atmósfera sugiere un cuento de hadas, pero la realidad histórica se cuelan por la radio y la televisión. En el sur, la lucha por los derechos civiles es reprimida con violencia. La crisis de los misiles invoca la amenaza de aniquilación nuclear. El resquemor ante el poder destructivo de la tecnología es conocido en este género: las hormigas gigantes de “Them!” (Gordon Douglas, 1954) por ejemplo, era mutaciones producto de una prueba atómica en el desierto de Nuevo México. Al otro lado del atlántico, en Japón, emerge “Godzilla” (Ishihiro Honda, 1954), el decano de los monstruos vengativos. En “La Forma del Agua”, la amenaza nuclear es solo uno de tantos horrores que reverberan debajo de la hermosa superficie de un pasado idealizado, al menos en lo que respecta a edificios y decoración. Un interludio romántico en una cafetería es descarrilado por un ejercicio de racismo institucional y homofobia. Además de los flagelos sociales, los personajes buenos son trágicamente solitarios: la mudez de Eliza la convierte en paria. Su mejor amigo y vecino, Giles (Richard Jenkins), es un artista gráfico gay, sin empleo ni pareja, y de remate, al borde de la vejez. Su compañera de trabajo, Zelda (Octavia Spencer) tiene un esposo de años que pasa el día viendo TV sin decir palabra.

Poco a poco, Eliza descubre que la criatura tiene personalidad y consciencia, y se enamora de él, a pesar de su apariencia. “No sabe que soy muda, y me ve como soy”, dice ante el escepticismo de Zelda. En sus horas de almuerzo, Eliza se cuela en la bóveda sellada que lo alberga, para ofrecerle el bálsamo de su compañía. Comparten su almuerzo, reproduce discos de Benny Goodman y Glenn Miller que escamotea junto con un tocadiscos, y más importante aún, le enseña a hablar por señas. El idilio se rompe cuando Strickland y el ejército deciden ejecutar una vivisección para aprender “como funciona”. Eliza urde un plan para rescatarlo, y recluta la ayuda de Giles y Zelda. Tendrá que suspender la incredulidad para creer que estos tres adorables perdedores pueden enfrentarse al complejo belicista de Estados Unidos. Y eso que ellos no saben que también una cuadrilla de espías rusos quiere secuestrar al noble monstruo.

“La Forma del Agua” delata sus preocupaciones adultas al reconocer con relativa franqueza la dimensión carnal del romance. En el montaje que introduce a Eliza, vemos como la masturbación es parte de su ritual cotidiano. La visualización es sutil, sucede fuera de cámara, pero clara. No hay morbo, y remarca su soledad personal. Mas adelante, durante una conversación con Zelda, ella explica con gestos como consuma fisicamente su relación con el “hombre pez”. En algunos resquicios de las redes sociales, detractores del filme han encontrado mucha hilaridad en este eje narrativo, refiriéndose despectivamente a la película como “el filme del pescado que coge”. El ridículo es un riesgo asumido en el género fantástico, pero creo que hay algo de incomodidad ante la representación del deseo femenino. La criatura, interpretada por un viejo colaborador de Del Toro, el actor y acróbata Doug Jones, tiene un cuerpo musculoso e imponente, pero es vulnerable en tierra, y depende de la mujer para sobrevivir. Después de consumar su relación, la vemos vistiendo el abrigo más rojo del mundo.

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Shannon: agente con misión de venganza.

Si la película falla en algo, es en simplificar al personaje de Shannon. Menos que un personaje, es un símbolo del estatus quo. Derrocha privilegio masculino en su interacción con todas las mujeres del filme, incluyendo a su esposa. Para más señas, se está pudriendo ante nuestros ojos, literalmente. En un episodio fuera de cámara, la criatura le cercena dos dedos de la mano izquierda, que lo médicos proceden a coser nuevamente en el muñón, en un infructuoso intento por salvarlos. La película sería mas rica si admitiera en algún nivel la humanidad del monstruo con apariencia de hombre. Sin embargo, el villano sin redención es también un arquetipo del género que Del Toro invoca. La resolución del filme se experimenta como una declaración de principios ante el repunte ultraconservador de EE.UU.: una mujer blanca, una mujer negra, un homosexual y un científico conspiran para revertir los designios malignos de un hombre blanco privilegiado.

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Jacinto (Eduardo Noriega), el jardinero del mal en “El Espinazo del Diablo”

El villano de una sola nota no suele ser un error. Es una característica del género. Ya Del Toro no ha brindado ejemplos, como el jardinero Jacinto (Eduardo Noriega) en “El Espinazo del Diablo” (2001). En “El Laberinto del Fauno” (2006), el capitán Vidal (Sergi López), un brutal militar franquista, ciertamente abraza su villanía. Uno de los momentos más chocantes del filme muestra como mata a un hombre al romperle la cara con una botella – literalmente -. El momento tiene un eco en “La Forma del Agua”, cuando un espía ruso recibe un balazo en la cara, y Strickland procede a meter uno de sus dedos en la herida a manera de tortura. Tanto la violencia – como el sexo – retan nuestra concepción de lo que un filme de fantasía puede ser. El problema que tenemos en “La Forma del Agua” es que las caapcidades de Shannon son demasiado conocidas. Como sabemos que es un excelente actor, esperamos que en el personaje encuentre notas que vayan más allá de la maldad. Pero eso nunca pasa.

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El cine como escenario: Hawkins y Jones interrumpen “La Historia de Ruth”

Como los grandes directores cinéfilos, Del Toro llena su película de las cosas que ama. No es una casualidad que Eliza y Giles viven en un par de apartamentos en el piso superior de un majestuoso teatro, donde se proyecta “La Historia de Ruth” (Henry Koster, 1960) una épica bíblica de segunda línea. Para los jóvenes que han crecido con los multicines de centro comercial, el lugar será tan foráneo como la guarida de un monstruo. En el pasillo que separa los departamentos, hay viejas latas de película contra la pared. Y los zapatos rojos de Eliza puede funcionar como guiño a “El Mago de Oz”.

Del Toro es un fetichista en el mejor sentido de la palabra. Es conocido como un gran coleccionista de memorabilia cinematográfica – desde hace un par de años, una muestra de sus piezas está de gira en los principales museos del mundo con el título “En casa con los monstruos”-. Ese amor por los objetos materiales se traduce en una película donde hasta el menor detalle ha sido diseñado para transmitirnos información y contribuir al espíritu de la historia. No es casualidad que la película tenga nominaciones en todas las categorías artesanales. Es simplemente hermosa a la vista, y merece verse en la pantalla más grande que encuentre. El agua impone una paleta de colores. Desde antes de que el hombre pez entre en su vida, el apartamento de Eliza parece sumergido en agua.

Los personajes son tan vívidos, y la película es tan finamente acabada, que puede experimentarse como pequeñez el resentir el desarrollo de la trama. La casualidad toma un rol protagónico una vez que la conjura del escape se activa. Las leyes de la física también quedan en entredicho, cuando en una escena romántica, Eliza abre todas las llaves de su cuarto de baño para convertirlo en un estanque. No podía dejar de pensar en los problemas de la aritmética Baldor, y como se apropiaría de la situación para desconcertar al estudiante. En momentos como este, “La Forma del Agua” depende de la voluntad del espectador para suspender su incredulidad.

2 comentarios sobre ““LA FORMA DEL AGUA” (Guillermo del Toro, 2017)

  1. Es tan fina y bella la película que no tuve la menor aprensión para aceptar la incredulidad y pasé dos días luego de verla soñando con ese valse y esa canción You´ll never know just how much… todo era un todo para llevarnos a soñar en medio del horror del mundo y olvidar por un momento que realmente existe la maldad.

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