“JULY 22” (Paul Greengrass, 2018)

“JULY 22” (Paul Greengrass, 2018)

Hermanos bajo fuego: Bakli Arlen y Strand Gravli esquivan balas en “July 22”

El británico Paul Greengrass es un director que habita un espacio muy particular en el ecosistema del cine comercial. Es capaz de darle pulso vital a la fantasía de acción más estrambótica – véase su trabajo en la franquicia de Jason Bourne -; y también convierte tragedias de la vida en real en sólidas piezas de ficción/no ficción -. Esto supone un problema ético a la hora de enfrentarnos a ellas como espectadores. Estamos supuestos a entretenernos con ellas? Seria aberrante pensar en “United 93” (2006), su reconstrucción del vuelo final de un avión secuestrado por una célula terrorista de Al-Quaeda, parte del complot del 11 de septiembre, como una simple distracción. Que son, entonces, estas películas? Y como debemos procesarlas? Digamos que son testimonios dramatizados, y debemos procesarlas como ejercicios de catarsis. 

El origen del terror

Estas preguntas toman preponderancia ante “July 22”, la película que ha estrenado mundialmente durante el mes de octubre en Netflix. El título hace referencia a la fecha del peor atentado terrorista en la historia de Noruega.  En ese fatídico día, en el año 2011, el extremista de derecha Anders Behring Breivik hizo explotar un coche bomba en las afueras de un edificio de gobierno. Mientras las autoridades se distraían lidiando con las consecuencias, invadió la pequeña isla de Utoya, donde masacró los adolescentes que participaban en un campamento sobre liderazgo juvenil. El saldo mortal de la jornada fue de 76 muertos y al menos 319 heridos. Tanto dolor, causado por un solo hombre.

Para contener la tragedia, el director y guionista concentra el foco de atención en un puñado de personajes. Seguimos en tiempo presente al letal “lobo solitario”, Behring (Anders Danielsen Lie), mientras inicia los preparativos finales de su crimen. Mientras tanto, Viljar (Jonas Strand Gravli), hijo de la alcaldesa de un pequeño pueblo, llega al campamento con su hermano menor y sus dos mejores amigos. Greengrass nos lanza al caos del momento sin mucho preámbulo. La explosión en Oslo, en una calle casi desierta del centro, contrasta con la multitud aterrada en Utoya. La masacre es una secuencia intensa y brutal, pero Greengrass no la utiliza como el clímax de la película. Su estructura narrativa se asienta en una terapéutica búsqueda de la justicia en el hilo de la trama. Su interés reside en descubrir como es posible vivir después de confrontar la capacidad destructiva del hombre. Las complicaciones éticas de ese proceso se cristalizan en una subtrama centrada en Geir Lippestad (Jon Øigarden), el abogado que debe acometer la ingrata tarea de defender al terrorista. A pesar de la magnitud de su crimen, el terrorista tiene derecho a la defensa. El proceso legal abre camino a una confrontación entre Viljar y Behring, que se convierte en el punto culminante de la película: como seguir viviendo, sin traicionar los principios y el dolor, se vuelve la preocupación principal de “July 22”.

La agonía del deber cumplido: Øigarden y Danielsen Lie frente a la justicia

El generoso metraje de la película – casi dos horas y media – pasa volando, aunque algunos hilos narrativos funcionen mejor que otros. Las escenas centradas en el Primer Ministro Jens Stoltenberg (Ola G. Furuseth) revelan como se vivió la crisis en las altas esferas del poder, pero en el balance final, son eminentemente prescindibles. En contraste, el drama doméstico que vive la familia del Viljar demanda más tiempo. Las tersas apariciones de Lara (Seda Witt), joven inmigrante, sobreviviente de la masacre, operan como una refutación al discurso extremista del terrorista. Pero el mejor momento de la película reside en un intercambio fugaz, que podría pasar desapercibido. Lippestad visita a la madre de Behring, para convencerla de declarar a favor de su hijo. La mujer se niega a presentarse públicamente, anticipando la condena social – “¡Todo el mundo sabrá quien soy!, dice -. Pero se despide con una declaración escalofriante: “Él tiene algo de razón, no le parece? La forma en que el país esta…no es como solía ser”. Cualquier parecido con el discurso trasnochado de los activistas del racismo en EEUU, pretendiendo volver a una “America” blanca que nunca existió, no es mera coincidencia. Es aterrador confrontar la resiliencia de los prejuicios personales, aún frente a la peor expresión de violencia que pueden generar. Esto contrasta con la manera en que un ideólogo de la “derecha alternativa”, que Behring invoca como testigo amistoso, se desentiende de aprobar sus actos ante la corte. 

El esperanto de la ficción

La película tiene una resonancia particular en el mundo desarrollado, donde posiciones políticas radicales en contra de la migración y la globalización, han infectado el discurso público. Los nicaragüense, atrapados en otra especie de situación límite, podemos encontrar una especie de hoja de ruta para rescatar nuestra fe en la humanidad, después de confrontar la capacidad destructiva de nuestros propios hermanos. No es fácil, pero es la única salida.

Algunos críticos norteamericanos se han quejado porque Greengrass tomó la decisión de filmar la película en inglés, especialmente porque este mismo año, se estrenó una producción 100% noruega sobre el mismo episodio, “Utoya – July 22”, del director Erik Poppe. Aún no he tenido chance de verla, pero la coincidencia cristaliza un problema del fondo para la cinefilia contemporánea. El acceso a películas que no pertenezcan al sistema de distribución monopolizado por Hollywood y sus pares es muy limitado. Netflix, para bien y para mal, es una fuente alternativa, que amplía la oferta en mercados limitados como el nuestro, pero que no contiene todo lo que quisiéramos ver. Apuntando a conseguir el público más amplio posible, no es extraño que Greengrass se decidiera por tratar con el gigante del stremaing.

Quizás el asunto del lenguaje sea un problema menor para los hispanohablantes, acostumbrados como estamos a una dieta casi exclusiva de series y películas de manufactura norteamericana e inglesa. El problema de la autenticidad se amortigua un poco con el uso de actores noruegos, poco conocidos por nosotros. Por lo menos, no hay un doblaje alienante. Escuchamos las voces vivas de los actores, hablando, para mi odios de estudiante de inglés como segunda lengua, como virtuales nativos de EEUU o Inglaterra.

Novatos eclipsan estrellas

El director ha resistido la tentación de desplegar todos sus poderes comerciales, y no le da a la tragedia el tratamiento Hollywood. Es una decisión consciente. La procedencia de los actores es un elemento más entre sus estrategias creativas. En “Green Zone” (2010), recluta a su agente Bourne en persona, Matt Damon, para que encarne a un militar que debe confrontar la falacia de las “armas de destrucción masiva” que justificaron la guerra de Irak. El poder de estrella se despliega en un amplio reparto que incluye a Amy Ryan, Jason Issacs y Greg Kinnear. En “United 93” prescindió de actores profesionales y reclutó a personas comunes y corrientes, sin experiencia actoral. La mayoría de las películas necesitan figuras reconocibles para enganchar emocionalmente al espectador. Algunas pocas, se benefician de la falta de familiaridad, e incluso de cierta crudeza en el desempeño dramático. Greengrass es un genio para las secuencias de acción, pero me atrevería a decir que es un excelente director de actores, capaz de trabajar con similar pericia con novatos y profesionales. Incluso, puede armonizar diferentes grados de experiencia, para que puedan interactuar en un plano de igualdad. Véase la magnífica “Captain Phillips” (2013), donde Tom Hanks ofrece sólido trabajo como el capitán de un barco mercante secuestrado por piratas somalíes, pero la mejor actuación del filme la ofrece Barkhad Abdi, en su primera película – llevándose una merecida nominación al Óscar.

El novato del año: Strand Gravli brilla bajo las órdenes de Greengrass

“July 22” ofrece una similar mezcla de profesionales y neófitos. Danielsen Lie, “Behring”, actúa profesionalmente desde los 11 años. Strand Gravil, “Viljar”, apenas tiene 4 años de experiencia, con algunos capítulos de dos series de TV. Sin embargo, ambos se reparten el protagonismo como iguales. Son los dos polos de un debate mundial, mutando de diferentes maneras en diferentes países. En los países desarrollados, se materializa entre sectores ultraconservadores, atrincherados en el racismo, pretendiendo despojarse del sentido de solidaridad y revertir el progreso social. La crisis de los migrantes provocadas por las asimetrías económicas – y el  brutal conflicto de Siria – lleva el debate al punto límite. El problema repunta ahora en Centro América, con una caravana de miles de migrantes que buscan seguridad en números, siguiendo lentamente el camino hacia Estados Unidos.

Greengrass no explota la tragedia de Utoya. Sabe que es una terrible expresión de violencia. En vez de explotar sus circunstancias en nombre del entretenimiento, la escenifica con claridad, pero con compasión. Igual que Gus Van Sant en “Elephant” (2003), su lamento cinematográfico sobre la masacre de Columbine, aparta la mirada para concederle a las víctimas una muerte privada. Si vemos sangre, es cuando es absolutamente necesario para soportar el duelo de voluntades que consiste el climax de la película. Vemos como las balas hieren a Viljar porque lo acompañaremos en todo su viaje, desde el límite de la muerte hasta su enfrentamiento con la banalidad del mal, pasando por un tortuoso proceso de recuperación física y psicológica. Cuando en el climax de la película da testimonio en la corte, frente a su verdugo, reclama su humanidad y refuta las pretensiones retrogradas y nihilistas de Behring. Esas odiosas manifestaciones del pasado se resisten a morir, patalean, causan mucho daño y dolor. Pero van de salida. El futuro no se detiene.

* “July 22” está disponible en Netflix.

 

    

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