“A GOOD YEAR” (Ridley Scott, 2006)

“A GOOD YEAR” (Ridley Scott, 2006)

Crowe deja atrás el desenfreno capitalista para vivir “Un Buen Año”

Quizás aún bajo los efectos del despecho por la indiferente recepción a “Kingdom of Heaven” (2005), el director Ridley Scott decidió volver detrás de las cámaras con “A Good Year”, una de esas comedias que se auto-definen como tónicos para el alma. Ya las ha visto antes. En ellas, un personaje abrumado por la modernidad aprende a disfrutar los pequeños placeres de la vida en una locación pintoresca, con la ayuda de los excéntricos lugareños. Diane Lane siguió esa ruta en “Under the Tuscany Sun” (Audrey Wells, 2003).

Ahora le toca a Russell Crowe. El excelente actor australiano adopta un flojo acento británico para encarnar a Max Skinner, un corredor de bolsa en clave de bastardo avaricioso. En medio de un truculento negocio, Max hereda una hacienda vinícola en el corazón de Provence. Con plenas intenciones de venderla, abandona su frio y estilizado Londres para trasladarse a la soleada campiña francesa y deshacerse de la propiedad en un par de dias. Por supuesto que las cosas no salen como él planea. Los recuerdos del querido tío que lo crió (Albert Finney), la animosa amistad con el cuidador de los viñedos (Didier Bourdon) y la promesa de romance con una volátil belleza (Marion Cotillard) terminan por sembrar en el desalmado la sombra de la duda. Quizás su destino no es hacer hacer una fortuna millonaria en el distrito financiero, sino producir vino imbebible en una hermosa finca ruinosa.

Aparentemente, el director resultó tan embobado por la belleza del lugar como su protagonista. La película esta dirigida sin ningún impulso narrativo. Es una mezcla amorfa de episodios pseudo-cómicos y flashbacks nostálgicos. La aparición de una pariente perdida (Abbie Cornish) que puede descarrilar la herencia de Max promete un poco de necesaria tensión. Y el origen de unas misteriosas botellas de excelente vino suponen algún misterio. Pero estas dos subtramas rápidamente siguen la pauta del resto de la película y se convierte en débiles distracciónes.

Un par de destellos de comedia física y un chiste marginal con un pequeño auto acelerado artificialmente apunta a la inocencia de las viejas comedias europeas. Escenas de las películas de Jacques Tati aparecen de fondo en una romántica cena al aire libre, y su nombre bautiza a un perrito beligerante. Pero hacer reir y trascender al mismo tiempo implica mucho trabajo. Scott prefiere admirar el paisaje.

  • Publicada originalmente en enero, 2007.

 

 

 

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