“300” (Zack Snyder, 2007)

“300” (Zack Snyder, 2007)

Solo parece un anuncio de calzoncillos de cuero: Butler comanda a los espartanos en “300”.

La trama viene del pasado: una recreación de la Batalla de las Thermopilas, donde un pequeño ejército de guerreros espartanos, bajo las órdenes del Rey Leónidas, se enfrentó en franca desventaja ante las huestes de Xerxes, enfrascado en extender su imperio e invadir Grecia en el año 480 A.C. La fuente de inspiración no es la crónica de Herodoto, sino la contemporánea novela gráfica de Frank Miller. La tecnología empleada para filmar se publicita como el futuro del cine. Actores de carne hueso son filmados frente a una pantalla azul. Paisajes, vistas, edificios y demás artículos que conforman la realidad concreta que los rodea son generados por computadora y sobrepuestos sobre el fondo monocromático.  La película que resulta, “300”, es definitivamente un producto del presente.

Un inquietante prólogo nos introduce al modo de vida de los espartanos, siguiendo la iniciación de Leónidas, el jóven que será rey. Ya adulto, Leónidas (Gerard Butler) recibe a un emisario del Rey Xerxes, quien le sugiere rendirse. Leónidas lo lanza a un pozo con todos sus acompañantes, no sin antes aclararle que “¡ESTO ES ESPARTA!”. Uso mayúsculas porque Leónidas grita. Casi cada línea de diálogo es una consigna, voceada a pleno pulmón. Los consejales, cobardes políticos encabezados por el intrigante Therón (Dominic West), no apoyan la idea de enfrentarse a Xerxes. Los decadentes sacerdotes, inspirados por una oráculo voluptuosa, tampoco quieren que la guerra impida un festival sagrado. Ante las medias tintas, el machísimo Leónidas, con el apoyo incondicional de su bella reina Gorgo (Lena Headley), reúne a 300 valientes y se lanza a su misión suicida.

No podemos debatir el rigor histórico de “300”. No viene al caso. Estamos ante un producto de entretenimiento que toma un episodio milenario como excusa para crear una película de acción con la sensibilidad del producto taquillero actual. Es decir, sin sensibilidad alguna. Al igual que la reciente “Apocalypto”, la película de Zack Snyder aprovecha cada ocasión para bajar el estandar de permisividad en cuanto a retratar los efectos de la violencia. De hecho, supera la belicosidad de Gibson. La sangre chorrea la pantalla en cámara lenta. Ruedan cabezas por los aires, girando con lentitud y en el ángulo necesario para apreciar los huesos del cuello cercenado. No dudo que cosas peores se deben haber visto en el campo de batalla, pero es imposible aceptar el morboso espectáculo como algo mas que amarillismo comercial.

El vistozo trabajo de artesanía digital supone un problema que agudiza la superficialidad de la película. Hay una estampa de belleza inusitada – la oráculo que baila como si estuviera flotando en el agua, por ejemplo. Algunas imágenes parecen cuadros negros de Goya en tres dimensiones – vease el árbol forrado de cadáveres. Pero en general, la paleta de colores ocres y el acabado plastificado de todo lo que aparece en la pantalla sirve para darle un matiz remoto e irreal a las imágenes. Hasta los actores se ven artificiales. El estilo visual remata las pobres caracterizaciones del guión. No estamos viendo a seres humanos en circunstancias extraordinarias. Estamos viendo muñecos de plástico en un juego de guerra sanguinario. Compárela con “Sin City” (Robert Rodriguez, 2005), otra adaptación de una novela gráfica de Miller filmada con tecnología similar. En aquella apropiación del film noir, al menos algunos actores trascendían al arquetipo y la tecnología con su humanidad intacta.

En Estados Unidos, algunos crónistas le han concedido a “300” el status de alegoría sobre la guerra en Irak. Los de derecha dicen que Bush es Leónidas, luchando valientemente y en desventaja  contra los infieles, defendiendo la libertad. Los de izquierda dicen que Bush es Xerxes, un megalómano empecinado en librar una guerra absurda. Para mí,  la película es tan superficial, que cualquier persona desesperada por justificar la pérdida de dos horas de vida puede proyectar sobre ella cualquier significado que estime pertinente. A pesar de todo el movimiento, el sonido y la furia invocada,  este es un artefacto inerte y estéril.

Lo que si hay en “300” es un subtexto revelador sobre la política de tratamiento a la orientación sexual en la industria del cine. Sin un atisbo de ironía, la película asume en principio una pose homofóbica.  Leónidas desprecia las aptitudes bélicas de los griegos calificándolos de “amantes de muchachos”. Xerxes es un gigante maquillado y depilado, vestido solo con joyería  corporal. La voz original del actor brasileño Rodrigo Santoro es alterada para sonar mas gruesa, terminando de caricaturizar al personaje. Aparece como una drag queen en una carroza del desfile del día del orgullo gay. Para mas señas, sus cámaras personales son recreadas como un decadente night-club, con varias lesbo-strippers de rostros cicatrizados y miembros amputados. Mientras tanto, Leónidas se despide de su bella reina con una acrobática sesión de vigoroso sexo heterosexual.

El masivo público masculino y adolescente, necesario para generar un monstruoso éxito económico,  no debe sentirse incómodo por pasar dos horas viendo hombres musculosos, que improbablemente acuden a la guerra vistiendo solo una capa y un bikini de cuero. Pero ninguna película con este empeñó en glorificar la fisonomía masculina es totalmente inocente de buscar al público de la otra persuación. ¿Es esto una contradicción? No. Es una maravilla del mercadeo. A los contadores no les importa la orientación y los prejuicios del que deposita su dinero en la taquilla.

  • Publicada originalmente en marzo, 2007.

 

 

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