ESTRENO: “EL CÍRCULO” (The Circle)

Boyega y Watson, encerrados en “El Círculo”

El escritor Dave Eggers saltó a la fama con “A Heartbreaking Work of Staggering Genius” (Una historia conmovedora, asombrosa y genial). Publicada en el año 2000, es una memoria brutalmente honesta sobre un capítulo traumático de su vida: el declive físico de su madre ante un cáncer fulminante, apenas un año después de la muerte de su padre, y las dificultades implícitas en convertirse en el guardián de su hermano menor, siendo él mismo un joven aún en formación. Su éxito crítico y económico lo consagró como un talento emergente. Fundó la revista literaria McSweeney, que eventualmente desarrolló un brazo editorial. Quizás su trabajo en el periódico Cups y la revista satírica Might esconden las raíces de esta novela, poco merecedora de sus talentos.

Portada de “The Circle”

“The Circle”, publicada en el 2013, es una historia aleccionadora que ve con suspicacia el nuevo orden de la sociedad virtual. La acción se desarrolla en el campus de la compañía homónima, que sintetiza las características de Facebook, Google, Apple y Microsoft. Dios sabe que el culto alrededor de Silicon Valley merece ser objeto de burla, pero “The Circle” toma el camino mas corto hacia su moraleja. Lo único sorpresivo es que haya tardado cuatro años en llegar al cine. Esta escrita con la ligereza de un thriller de John Grisham. Fue hecha para que la filmaran. Sus debilidades se vuelven evidentes en la película dirigida por James Ponsoldt. En lugar de explorar la conducta humana en este nuevo orden, vilifica la tecnología con el celo de un ludita.

“Vos dale ‘me gusta’ a todo”: Hanks y Oswalt le bajan la línea a Watson.

Mae (Emma Watson) es una joven que apenas paga sus cuentas con trabajos temporales. Al menos, hasta que su amiga Annie (Karen Gillan) le consigue un trabajo en “El Círculo”, empresa que ha desarrollado una comunidad alrededor de un software que integra todos los aspectos de la vida. Los detalles son confusos, pero imagine una amalgama de redes sociales y Gran Hermano. El lugar es genial. Parece el campus de la universidad más moderna del mundo. Sus compañeros de trabajo se compartan como súbditos de un culto, pero los directores de la empresa – los únicos adultos de verdad en este mundo particular – son amistosos y geniales. No en balde Bailey, el CEO, y Stenton, el brazo legal, son interpretados por Tom Hanks y Patton Oswalt. ¿Que podría salir mal con estos buenazos? Pues, muchas cosas. La compañía se insinua en todos los aspectos de la vida de Mae, en formas que parecen benignas, pero dan paso a invasiones cada vez más siniestras.

Por ejemplo, el padre de Mae, Vinnie (Bill Paxton) padece de esclerosis múltiple. Su tratamiento consume buena parte de los ingresos de la familia. Al menos, hasta que “El Círculo” lo incluye en el seguro de Mae. Pero nada es gratis en esta vida. Cuando Mae es reclutada para transmitir todos los eventos de su vida, en vivo por internet, se espera que Vinnie y Bonnie (Glenne Headley) participen como buenos soldados. Esto da pie a un repunte de comedia mortificante, cuando una llamada en video los revela en la cama, manipulando los instrumentos que les permiten tener relaciones.

Sus amorosos padres dejan de contestar su llamadas. Pero es demasiado tarde para Mae. Ha bebido el kool-aid de la empresa, y se siente embriagada por su cercanía al poder. Eso despierta la suspicacia de Ty (John Boyega), un gigante manso y evasivo que entabla amistad con ella. En giro (in)esperado, resulta ser el genuino inventor de El Círculo, que mira con desaprobación como Bailey y Stenton extienden las capacidades del software para invadir la privacidad del individuo y hasta el funcionamiento del sistema político.

El problema de “El Círculo”, en papel y en pantalla, es que no tiene una curiosidad genuina por la tecnología, y como su aplicación afecta el tejido de la vida. Es el tipo de advertencia que emana de un adulto alienado por el desarrollo que no entiende. Solo ofrece una condena generalizada. ¡La sociedad sería mejor si nadie tuviera teléfonos celulares!

Me temo que no es ese el caso. El problema no son las herramientas, sino la naturaleza humana. La tecnología sirve para exacerbar lo mejor y lo peor del hombre, lo que ya está ahí, desde antes que descubrieramos el fuego. Bajo su apariencia moderna, “El Círculo” esconde una filosofía regresiva y reaccionaria. La trama, un mecánico ejercicio de corrupción y redención, usa la pretendida intriga para simplificar interesantes dilemas éticos. Es un thriller para los abuelitos que extrañan el teléfono de disco.

El mejor momento de la película recuerda a un producto mas afortunado a la hora de explorar la frontera entre hombre y máquina. Una vez a la semana, los líderes del Círculo montan una presentación en un gigantesco teatro. Que el evento recuerde los lanzamientos de Apple en la era de Steve Jobs no es coincidencia. Mae presenta un software que recluta las cámaras y las voluntades de todos sus usuarios alrededor del mundo para ubicar a cualquier persona en cuestión de minutos. El programa se presenta como una herramienta para detectar criminales y fugitivos. Pero a la hora de probarlo, la multitud obliga a Mae a utilizarlo para encontrar a Mercer (Eldar Coltrane), amigo de infancia que se ha distanciado de ella después de que las redes sociales lo convirtieran en un paria. El episodio no termina bien.

Black Mirror: fábula tecnológica superior.

La escena me recueda a “The Entire History of You”, el tercer episodio de la primera temporada de la serie “Black Mirror”. Esa magistral pieza de ciencia ficción especulativa imagina un futuro cercano en el cual todos los seres humanos pueden implantarse un chip que con la ayuda de una cámara ocular, graba todo lo que sus ojos ven durante el día, en tiempo real. El golpe maestro está en insertar la tecnología en el seno de una historia de escala íntima y personal: el ocaso de una pareja carcomida por los celos y la infidelidad. Su tiempo estará mejor servido consumiendo esa serie, disponible en Netflix.

Las chicas malas van a todas partes: Watson brilla en “The Bling Ring”.

El guión no sirve bien los talentos de Emma Watson. Si quiere verla haciendo bien el papel de chica mala, tendrá que buscar “The Bling Ring” (Sofia Coppola, 2014). Eldar Coltrane, el improvisador milagroso de “Boyhood” (Richard Linklater, 2015), lucha contra las esquemáticas líneas de su diálogo. Hanks y Oswalt pueden interpretar villanos amables en sus sueños, y pareciera que eso es lo que están haciendo aquí. Lo único que le da razón de ser al círculo es meramente accidental. La película es la última película que el actor Bill Paxton completó antes de su repentina muerte el 25 de febrero de este año. Este genial actor merecía una mejor salida de escena.

Chet para siempre: R.I.P. Bill Paxton (1955-2017)

 

Para leer después de ver “DUNKIRK” (Christopher Nolan, 2017)

Soldado sin nombre: el estoicismo heróico impera en “Dunkirk”

El director Christopher Nolan cultiva sus ambiciones artísticas con este espartano filme bélico que reproduce el asedio de las tropas aliadas en la bahía de Dunkerque en Francia, uno de los episodios más desconcertantes de la II Guerra Mundial. Tras una malograda ofesiva en la Francia ocupada, 400 mil ingleses y franceses se replegaron a la playa, esperando ser evacuados por una marina británica diezmada, mientras las tropas fascistas los cercaban.

“Dunkirk” inicia in media res. Tommy (Fionn Whitehead) es un soldado raso que recorre con un puñado de compañeros las calles del fantasmagórico pueblo abandonado. Las balas alemanas reducen al grupo. Solo él llega a la playa. Ahí, miles de soldados obsevan el horizonte. Pocos botes llegan. La evacuación puede tomar días. Un silencioso entendimiento con otro recluta (Anaeurin Bonnard) los convierte en cómplices en la difícil misión de sobrevivir. Asumen la posición de camilleros de un herido inconsciente para colarse en un navío a punto de zarpar, pero son expulsados sin mucha ceremonia. Se ocultan en las bases del muelle, pero las bombas hunden el barco. Salvan de una muerte segura a Alex (Harry Styles), quien se les une en sus desesperados intentos por huir. Sobre el muelle, el Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango, espera como cualquier otro soldado. No puede hacer más.

La playa es el escenario de “The Mole”, uno de tres capítulos que corren paralelos, repartiéndose el breve y eficiente metraje de apenas una hora y 42 minutos. Los otros son “The Sea”, protagonizado por los tripulantes de uno de cientos de botes civiles, requisados por el ejército para colaborar en la evacuación: el Sr. Dawson (Mark Rylance) dispone hacer él mismo el viaje, en lugar de simplemente entregar el barco a oficiales de la marina. Le acompañan su hijo adolescente, Peter (Tom Glynn-Carney), y un amigo de la escuela, George (Barry Keoghan). “The Air” sigue a los pilotos de tres aviones Spitfire, encomendados con la tarea de proteger a los hombres en tierra del fuego enemigo. Tom Hardy es un galante piloto, pero su cara permanece cubierta durante la mayor parte de su tiempo en pantalla, con una máscara que recuerda a Bane, el archivillano de “The Dark Night Rises” (Nolan, 2012). El poder de estrella se maneja al mínimo. La voz de Michael Caine (el mayordomo Alfred in su trilogía de “El Caballero de la Noche”) guía a los aviadores. Con eso tendrán que conformarse los fans de Batman.

Créanme, ¡debajo de esta máscara está Tom Hardy!

La carnicería se mantiene fuera de cámara. No verá el morboso fetichismo de la carne mancillada de “Hasta el Último Hombre” (Mel Gibson, 2016), donde la violencia se explota para reafirmar el sacrificio de los protagonistas. El estoicismo de los personajes se traduce a la puesta en escena. El director asume el carácter del británico flemático. Quieren acelerar tu pulso como si estuvieras a la par de los hombres, luchando por sobrevivir, a la par de ellos, pero sin convertir la experiencia en un espectáculo vulgar. Compare como se presenta el mismo episodio histórico en “Atonement” (Joe Wright, 2007). La novela original de Ian McEwan dedica un capítulo entero al paso del protagonista, el soldado Robbie Turner, a través del dantesco escenario. En la película de Wright, la dramatización del capítulo tiene como corazón una vistosa secuencia de una sola toma, con la cámara serpenteando a través de una multitud de actores y extras ejecutando una intrincada coreografía. Hay algo de exhibicionismo en su virtuosismo. “Dunkirk”puede verse como una refutación estilística a estas decisiones creativas. No verá tampoco el celo documental que Steven Spielberg desplegó en su dramatización del desembarco de Normandía en el inicio de “Saving Private Ryan” (1998).

Solo los veteranos de guerra pueden testiguar sobre la fidelidad de la visión a la experiencia real. Para todos los demás espectadores, nuestro referente son otras películas. Esa suerte de “realismo” suele ser mas apreciado que la estilización. Aquí, Nolan retrata la muerte como una especie de extinción cósmica. Una bomba cae sobre el muelle atestado de soldados. No vemos miembros cercenados, no escuchamos gritos. Simplemente, los hombres, y el pedazo de madero sobre el cual estaban, quedó borrado de la faz de la tierra. ¿Por qué la ausencia de sangre es rechazada? Puede encontrar en redes a muchas personas decepcionadas con este tratamiento. Quizás esperaban la cámara hiper kinética de los filmes de super héroes, aunada a violencia gráfica. Este es un caso claro de espectadores insatisfechos porque un artista decide desafiar las expectativas del público.

Harry Styles, en su estado natural, cantando con One Direction

Tome nota del uso que Nolan hace de Harry Styles. Si usted no sigue el mundo de la música pop contemporánea, tiene que saber que es miembro del grupo musical One Direction. Entre el 2010 y el 2016, fueron uno de los actos más populares alrededor del mundo, principalmente con el público adolescente. El casting de uno de sus miembros más carismáticos, en su debut como actor dramático, es visto como un golpe de suerte comercial. Sin embargo, Nolan se resiste a convertir su aparición en un evento. No hay floridos movimientos de cámaras en su introducción, ningún guiño estilístico que reconozca su status de celebridad. Con el pelo teñido de color oscuro, bien puede ser irreconocible incluso para sus fans más acerrimos. Es, simplemente, un soldado más.

Harry Styles, estilo soldado de “Dunkirk”.

El tratamiento va de la mano con la presentación de Tom Hardy, casi siempre cubierto con la máscara de aviador. Su único close-up glamoroso se presenta al final de la película. Es, incidentalmente, un momento triunfal con matices de derrota. Ha logrado aterrizar su avión sin gasolina. Siguiendo las reglas, lo quema para que el enemigo no lo recupere. Las llamas doradas, como un sol cenital, sirven de fondo cuando los alemanes – fuera de cámara – lo toman prisionero. La derrota jamás se había visto más gloriosa.

Estoy casi seguro que nunca vemos el rostro de un soldado alemán. En cada escena, el punto de vista se concentra insistentemente en los ingleses. En las escenas de combate aéreo, no cortamos al alemán en la cabina contrincante. El antagonista de “Dunkirk” es el héroe mismo. El miedo, y el afán de sobrevivir a cualquier precio, echa a pelear a los soldados del mismo bando. Tome nota de como los aliados se atrincheran en su nacionalidad si eso les da una ventaja. Soldados británicos le niegan espacio en los botes británicos a los franceses. Un sobreviviente traumatizado provoca un accidente fatal. Además de comprometerse con el momento histórico, Nolan logra insertar en este retrato coral sus preocupaciones éticas, que ya han figurado en otras películas. Cuando los soldados atrapados en un barco que debe liberar peso muerto debaten a quien tirar por la borda, la escena recuerda el diabólico desafío que el Guasón (Heath Ledger) impone sobre los pasajeros de un ferry en “The Dark Knight” (Nolan, 2008). Los desafíos éticos de la sobrevivencia nos conducen por el lado oscuro de una gesta heroica.

Nolan siempre ha gustado de alterar el tiempo lineal. El desconcierto es una arma más en su arsenal. El truco que activa en “Dunkirk” es modesto en comparación a la disrupción onírica de “Inception” (2010), la prestidigitación dramática de “The Prestige” (2006), y las narrativas invertidas de “Memento” (2000). Aquí, nos damos cuenta que “The Mole”, “The Sea” y “The Air” no son una narración paralela tradicional, cuando el soldado sin nombre interpretado por Cillian Murphy aparece por segunda vez. La primera vez, es rescatado por el Sr. Dawson cuando lo encuentran flotando sobre los restos de un naufragio. Unas escenas después, está a bordo de ese mismo bote, a millas de distancia, en la costa de Dunkerque. Queda claro que si el rescate de Dawson es “el presente”, la escena en la cual le niega a Tommy y sus amigos espacio en el bote, es “el pasado”. El episodio de aviación corre su propio cauce, y la misión habría iniciado apenas horas antes del desenlace. El asedio de Dunkeque duró casi una semana. La acción de la película puede desarrollarse en un par de días.

El truco puede justificarse como un intento por duplicar en el espectador el estado de desconcierto de los soldados traumatizados. En términos utilitarios, alínea el momentum de las historias y sus puntos de climax. Pero también tiene un efecto negativo: pone en evidencia el artificio detrás de una película que se precia por su pretendido “realismo” e inmediatez. Y puede ser una distracción que lo saque del espacio mental “usted esta aquí”. La experiencia pasa de visceral a cerebral. Armar el rompecabezas puede tener un efecto alienante de la acción en el teatro de operaciones.

Nolan: “OK, Ken…recita todos los números mirando para allá”

Así como no vemos alemanes, tampoco vemos a Churchill debatiendo el curso a seguir en Londres. El Comandante Bolton (Kenneth Branagh), oficial de mayor rango en el lugar, representa al poder. Y está reducido a esperar como cualquier otro soldado. No puede hacer más. Su situación subraya el desempoderamiento de la tropa, pero también es el flanco más débil de la película. Peor aún, es el Basil Exposition – según la taxonomía de “Austin Powers”, es un personaje secundario convertido en herramienta para transmitir información de contexto que el espectador puede necesitar para entender que pasa, y porqué -. En el otro extremo tenemos a otra estrella del teatro inglés, Mark Rylance. Sus películas con Steven Spielberg – incluyendo “Puente de Espías” (2015), por la cual ganó un Óscar a Mejor Actor de reparto – lo han catapultado al reconocimiento internacional, mas allá del mundillo teatral. Su actuación es parca y concisa. No verá grandes despliegues emocionales, pero va al corazón de la agenda de Nolan: tomar medida del sacrificio, y seguir adelante.

Estrategia civil: Rylance comanda su bote rumbo a “Dunkirk”

“Dunkirk” no es un filme bélico tradicional, especialmente por la manera deliberada en que le baja el perfil al triunfalismo, o más bien, a la luz de la derrota, nos obliga a reformularlo. Los mismos soldados del bando aliado pueden matarse entre ellos, o privar a un colega de la oportunidad de sobrevivir. Los que llegan con vida al final de la película, van seguros de que serán recibidos como parias. El climax de la película, su modesta versión de final feliz, se presenta cuando dos de ellos caen en la cuenta que los civiles que golpean las ventanas de su tren no quieren insultarlos. Les pasan botellas de cerveza y les felicitan. La mera sobrevivencia es, por el momento, el único triunfo que necesitan. No verá las ceremonias de imposición de medallas de “Hasta el Último Hombre”; o la visita de sobrevivientes a la tumba de hombre que les salvo en “Saving Private Ryan”. No habrán grandes desfiles. No aún, por lo menos. Es puro estoicismo británico: sobrevivimos, la guerra sigue. Nos nos felicitemos mucho, todavía.

En espíritu y forma, “Dunkirk” tiene una deuda con “Overlord” (Stuart Cooper, 1975), película que seguía a un soldado en su rutina normal, en los días previos al desembarco en Normandía. La diferencia está en que Nolan no introduce material de archivo en su película, y concluye en esa nota celebratoria que lo acerca a los despligues emotivos de Spielberg en la conclusión de su “Saving Private Ryan” (1998). La guerra es un infierno, pero si sobrevives, quizás alguien agradezca tu sacrifico con una cerveza bien helada.

Episodio por episodio, la película funciona como una cadena de piezas de suspenso, apoyada en la adrenalina pura de la música de Hans Zimmer. Tenía buen rato de no quedarme en el borde del asiento, como en la secuencia temprana en la que Tommy y su colega tratan de usar al herido como su pasaporte a casa.

Nolan filmó “Dunkirk” en el antiguo formato de 65 mm, y cabildea por la proyección de copias en celuloide expandidas a 70 mm. De esta manera, se alínea con otros directores de alto calibre que en reacción a la digitalización, usan su capital para trabajar en el formato que Hollywood desechó. A este club exclusivo pertenecen también Quentin Tarantino con “The Hateful Eight” (2015), y Paul Thomas Anderson con “The Master” (2012). Es un poco tarde para ello. Los grandes estudios han triunfado en sus esfuerzos por imponer la trasición digital. “Dunkirk” se proyecta en los teatros que aún cuentan con los proyectores adecuados. Son pocos, y existen solo en ciudades grandes del mundo desarrollando. Lo que la resistencia del celuloide ha creado es un sistema de castas. Un puñado de ciudadanos del primer mundo tiene acceso a cines que proyectan en 70 mm. Mas abajo en el escalafón están los que tienen acceso a proyecciones en formato IMAX. Las masas – y los nicaragüenses – tendrán que conformarse con el estándar de proyección digital en DCP (digital cinema package). Quisiera atrincherarme con los puristas, pero los hombres de negocios han decidido por nosotros. Como los sobrevivientes de “Dunkirk”, fueron derrotados pero siguen peleando.